La muerte

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Lucrecia pertenecía a una de las grandes familias romanas y estaba casada con Colatino, sobrino de Tarquino el Soberbio, el último rey de Roma. Según Tito Livio, los hijos del rey y su primo Colatino, que estaban en la guerra, decidieron volver por sorpresa a Roma para ver qué hacían sus mujeres. Solamente la virtuosa Lucrecia estaba trabajando en el hogar, las otras se divertían en ausencia sus maridos. Sexto Tarquino, heredero del rey, concibió entonces una pasión enfermiza por Lucrecia. Era algo más que el deseo sexual despertado por la belleza de la dama, era un morboso prurito de pisotear la virtud, ese donjuanismo patológico que concibe el triunfo amoroso como burla y vejación de la mujer. 
A la semana siguiente, Sexto Tarquino regresó a Roma en solitario y asaltó a Lucrecia sin circunloquios, con el empleo de la mayor violencia, a espada desnuda. No sólo la amenazó con darle muerte, sino que además le dijo que mataría a un esclavo en su habitación y explicaría que los había encontrado en flagrante adulterio. Es decir, además de la muerte, sobre Lucrecia caería el deshonor eterno. Así se consumó la violación. Pero al día siguiente, como hemos dicho, Lucrecia convocó a su padre y a su marido, les explicó lo sucedido y, en gesto típico de virtud romana, se suicidó para no vivir deshonrada. 

La poderosa familia de Lucrecia no se resignó. Aquello era una muestra del despotismo de la monarquía romana, así que encabezó la revolución que derribó el trono e implantó la república. Por tanto, la muerte de la deshonrada Luecrecia significaba también la muerte de la deshonrada monarquía. Este suicidio por honor fue la piedra fundacional de la República romana. El suceso, que Tito Livio detalla en Ab Urbe Condita y Ovidio en sus Fasti, es toda una lección política de cómo la conducta privada de los gobernadores tiene consecuencias públicas.

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