Literatura Española del Siglo XVIII: Ilustración, Ensayo y Teatro Neoclásico

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La Prosa en el Siglo XVIII

Prosa Didáctica y Ensayo

La prosa didáctica fue el género más cultivado durante el siglo XVIII, tanto que se le conoce como el "siglo sin novela", aunque hubo excepciones como Diego Torres de Villarroel con su Vida y el Padre Isla con su Fray Gerundio de Campazas.

El género que mejor se ajustaba a los intereses de los ilustrados era el ensayo, un texto de carácter reflexivo en el que se expone una opinión personal. Este género estuvo muy vinculado con la prensa de la época.

Autores Destacados de la Prosa Ilustrada

Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)

Ingresó a los 12 años en la orden benedictina. Vivió en Oviedo, donde estudió en la universidad. Fue acusado por la Inquisición debido a su labor crítica. Fue un cristiano devoto, pacifista y defendió la capacidad intelectual de las mujeres. Sus obras principales son el Teatro crítico universal y las Cartas eruditas.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)

Nació en Gijón, estudió leyes y ejerció de magistrado. Fue encarcelado por orden de Godoy (no directamente por Bonaparte, aunque sí durante la ocupación francesa) y defendió el liberalismo. Compuso algunos poemas bucólicos y también cultivó la sátira (Sátiras a Ernesto). En teatro, destacan Pelayo y El delincuente honrado. En prosa, sus obras más relevantes son la Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas (1790) y la Memoria sobre educación pública (1802).

José Cadalso (1742-1782)

Cultivó todos los géneros literarios y formó parte de la tertulia de La Fonda de San Sebastián. Escribió tragedias como Soraya y Don Sancho García. En el género satírico destaca Eruditos a la Violeta. Su obra más importante es Cartas marruecas. También escribió poesía sentimental, como en Noches lúgubres.

El Teatro en el Siglo XVIII

El Teatro Posbarroco

Este teatro continuaba las fórmulas de Calderón de la Barca, pero introducía algunas innovaciones, como reducir el número de personajes y concentrar la acción en el espacio y el tiempo. Ejemplos de este periodo son El dómine Lucas, de José Cañizares, y El convidado de piedra, de Antonio Zamora.

El Teatro Neoclásico

El teatro neoclásico se oponía al teatro barroco y posbarroco. Dentro de él, se distinguen dos grandes corrientes:

Teatro Popular

Incluía comedias de magia, de santos y de tema militar. También eran populares las obras sentimentales o lacrimosas. El sainete tuvo un éxito enorme; era una pieza breve, en clave de humor, con personajes populares y pintorescos. La figura clave del sainete fue Ramón de la Cruz, autor de obras como Las castañeras picadas, la sátira El petimetre y su obra maestra, El Manolo.

Teatro Neoclásico Ilustrado

Los ilustrados consideraban el teatro como un medio fundamental para la difusión de sus ideas reformistas. Por ello, se propusieron una reforma del teatro, y figuras como el Conde de Aranda impulsaron mejoras en los locales teatrales.

Tragedia Neoclásica

Imitaba modelos franceses e italianos. El tema recurrente era la lucha por la libertad, a menudo con un fondo histórico. Un ejemplo destacado es Raquel, de Vicente García de la Huerta, que trata sobre los amores del rey Alfonso VIII y la judía Raquel.

Comedia Neoclásica

Sus reglas principales eran:

  • La imitación de la realidad (verosimilitud), buscando que el público se viera reflejado.
  • Un fin didáctico: se recomienda la virtud y se rechaza el vicio.
  • Los personajes solían ser burgueses y criados, representando la sociedad contemporánea.
  • Se respetaba rigurosamente la regla de las tres unidades (acción, tiempo y lugar).
  • Se empleaba tanto la prosa como el verso, aunque el verso solía ser sencillo y alejado de la complejidad barroca.
  • El lenguaje era sencillo y adecuado a la condición social de cada personaje (decoro).