Capitán Alatriste y el Oro de Sevilla: Una Misión en el Corazón del Imperio

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Una misión en la Sevilla del Siglo de Oro

En esta entrega, la acción transcurre en Sevilla, adonde se ha desplazado el rey con toda su corte y donde, por diversos azares de las batallas, se encuentran Íñigo Balboa y Diego Alatriste. Allí, el conde de Guadalmedina, de parte del propio conde-duque de Olivares, propone una misión al Capitán. Olivares ha averiguado que el octavo conde de Medina Sidonia —el padre del que luego pactaría con Portugal la secesión de Andalucía de la Corona española— tiene tratos con los holandeses para desviar uno de los barcos cargados de oro que vienen de Indias.

La corrupción: un mal de todos los tiempos

Vamos, la historia de siempre: este pedazo de tierra no ha cambiado demasiado desde entonces. Todos intentan robar al Estado en proporción directa a la altura que ocupan; los más poderosos, más; los menos, menos. Se da la curiosa paradoja de que quien más roba en este orden, es decir, la Corona, es quien más afectado se siente por los robos de los que están por debajo de ella.

El Capitán no se engaña al respecto: sabe que va a jugársela por favorecer a un rey indolente y caprichoso, y a un valido ambicioso y soberbio. Pero, pardiez, la bolsa está llena y a nadie le amarga un dulce. Y, en todo caso, es mejor que el dinero vaya a parar a la Corona y algo termine goteando sobre las sedientas bocas de los tercios —que luchan en todo el mundo precisamente para defender la posibilidad de que siga llegando— que a las manos de un particular que lo use única y exclusivamente en su propio beneficio.

Reclutando a la tripulación: un homenaje literario

Alatriste acepta y se pone a buscar la que será su tripulación para el asalto al barco. Esta parte del libro se hace de lo más interesante, con un Alatriste recorriendo las peores tabernas de Sevilla, e incluso la Cárcel Real, para reclutar a sus hombres. Entre estos, acabará reuniendo a algunos de sus antiguos compañeros de guerra o prisiones, como su buen amigo Copons o el viejo Bartolo Cagafuego, pero también a algunos interesantes, rudos y valentones personajes que no habían aparecido hasta ahora. A ver si os suenan:

Todos lo tenían por hombre de leyes y letras amén de toledana. Era conocido como Saramago el Portugués, tenía el aire hidalgo y mesurado, y se decía de él que despachaba almas por necesidad, ahorrando como un hebreo para imprimir, a su costa, un interminable poema épico en el que trabajaba desde hacía veinte años, contando cómo la península ibérica se separaba de Europa y quedaba flotando a la deriva como una balsa en el océano, tripulada por ciegos. O algo así.

Y un jienense rubicundo, barbudo y sonriente, de cráneo afeitado y fuertes brazos, que tenía por nombre Juan Eslava, y era notorio rufián de cantoneras sevillanas —vivía de cuatro o cinco, y las cuidaba como a hijas, o casi—, lo que justificaba su apodo, ganado en buena lid: el Galán de la Alameda.

El amor fatal de Íñigo Balboa

Mientras todo esto ocurre, Íñigo Balboa vuelve a encontrarse con Angélica de Alquézar y cae de nuevo en sus brazos y en sus garras. Su amor va dejando de ser la torpe idealización del niño para convertirse en la atracción fatal del adulto. Ya no se hace demasiadas ilusiones con respecto a la bondad de Angélica, pero, pese a todo, sigue siendo incapaz de odiarla.

El asalto es inminente

La noche, el instante señalado para el abordaje, se acerca. Los hombres se aprestan a las armas. Uno casi puede sentir el leve chapoteo de las barcas acercándose al navío en las aguas tranquilas. Se han separado en dos grupos que entrarán por turnos. El primero de ellos ya casi alcanza la cubierta… Y aquí os he de dejar para no estropearos la novela.

Más allá de la acción: el retrato de un héroe complejo

Únicamente una cosa más. Aunque en una primera lectura pueda dar la impresión de que el libro es todo acción, una relectura más atenta permitirá descubrir cómo se va definiendo cada vez más el carácter del Capitán. A estas alturas, cuando llevamos siguiendo sus aventuras por varios cientos de páginas, se ha ido convirtiendo en un amigo del que conocemos muchas cosas y al que apreciamos, sin que esto signifique que debamos justificarlo en todas sus acciones.

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