Corrientes políticas e inestabilidad durante el reinado de Isabel II (1858-1868)
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Corrientes políticas surgidas tras el Bienio Progresista
A partir del Bienio Progresista, salieron a la luz otras corrientes políticas que habían sido reprimidas durante la Década Moderada:
La Unión Liberal, fundada en 1858 y liderada por O'Donnell, estuvo formada por los sectores más aperturistas de los moderados y por los más conservadores del partido progresista. Abogaba por el mantenimiento del orden público (propio de los moderados) y por las desamortizaciones (propias de los progresistas). Este partido usó la política exterior como instrumento para lograr la unidad interna y orquestó numerosos fraudes electorales para afianzarse en el poder. La Unión Liberal gobernó alternándose con los moderados y alcanzó cierta estabilidad política entre 1858 y 1863. Entre sus líderes figuraron militares como O'Donnell, Juan Prim y Serrano.
El Partido Demócrata surgió en 1849 como escisión del partido progresista y representó principalmente a las clases medias y bajas. Defendía la soberanía popular, el sufragio universal masculino, la descentralización administrativa, la ampliación de derechos y libertades, la educación pública, la abolición de las quintas y de la Milicia Nacional. Muchos de sus miembros eran partidarios de un modelo republicano, incorporando corrientes como el socialismo y el federalismo.
El Carlismo, contrario al régimen liberal, siguió siendo un movimiento absolutista que continuó representando una amenaza. Promovía partidas armadas en el ámbito rural y defendía los fueros y la Iglesia Católica como pilares de su legitimidad.
Causas de la inestabilidad en la segunda mitad del reinado
Aparte de las tensiones derivadas de la diversidad ideológica, la segunda mitad del reinado estuvo marcada por una gran inestabilidad debida a varias causas:
Atraso económico. España seguía dependiendo casi por completo de una agricultura tradicional y poco productiva. Las desamortizaciones tuvieron un claro uso fiscal y político para sostener al régimen, perdiéndose la oportunidad de iniciar una reforma agraria real: aunque debilitaron la propiedad vinculada (mayorazgos y manos muertas), la tierra se concentró en pocos compradores y en latifundios (sobre todo en el sur), lo que empeoró la situación de los campesinos y limitó las inversiones en infraestructuras, industria y en las reformas necesarias para el desarrollo económico del país.
Base político-social limitada. El restrictivo sufragio censitario hacía que la monarquía isabelina dependiera casi exclusivamente del apoyo de las élites, dejando fuera a las clases medias y bajas y a colectivos como obreros, campesinos y estudiantes. Esta exclusión generó un fuerte descontento que derivó en numerosas sublevaciones.
Descrédito de la Corona. Se sumó el descrédito de Isabel II y de su camarilla (conocida como la "Corte de los Milagros"), derivado de la corrupción y del desprestigio del sistema. La reina apoyaba a los moderados y unionistas en vez de actuar como árbitro neutral, lo que minó aún más la legitimidad del régimen.
Conclusión
Todos estos factores llevaron al estallido de la Revolución Gloriosa de 1868, que puso fin al reinado de Isabel II e inició el Sexenio Democrático.