El Destino Mortal del Hombre: Reflexiones desde la Epopeya de Gilgamesh

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La Búsqueda de la Inmortalidad de Gilgamesh

...con la misma suerte, va en busca de la inmortalidad y se dirige al encuentro de Utnapishtim, único superviviente, junto con su mujer, del diluvio provocado por los dioses. Gilgamesh no consigue la inmortalidad al no superar la prueba de no dormir durante seis días y siete noches, pero obtiene de él la planta de la eterna juventud, que le es arrebatada por una serpiente. Fracasado en su búsqueda, retorna a Uruk (Tablilla XI).

Cuatro Ideas sobre la Muerte en el Poema

De una lectura serena del Poema de Gilgamesh se pueden extraer cuatro ideas fundamentales en torno a la muerte:

  1. El temor ante lo inevitable

    La muerte provoca un profundo temor, como expresa el propio Gilgamesh:

    «¿Cuándo muera, no seré como Enkidu? ¡El miedo se ha metido en mis entrañas!».
  2. La mortalidad como destino humano

    El fracaso de Gilgamesh atestigua que el destino de la humanidad es la muerte. Ante el cadáver de Enkidu, exclama: «He conocido el destino de la humanidad». La tabernera Siduri, a quien encuentra en su viaje, también le advierte de su fracaso, pues los dioses decretaron la muerte para la humanidad, reservándose de forma arbitraria la vida para sí. Después de todo, no hay que olvidar que los dioses mesopotámicos crean al hombre como su servidor (véase también la leyenda acádica de Adapa, S. XIV a.C., p. 67). Al hombre, como dice Siduri, no le queda más que gozar de día y de noche.

  3. El inframundo como un lugar sin retorno

    Del inframundo (la «Casa de Tinieblas», la «mansión de Irkalla», la «casa donde se entra sin esperanza de salida») no se vuelve. La excepción es el regreso de Enkidu (narrado en la Tablilla XII, que originariamente no pertenecía al poema), quien va al mundo inferior en busca de unos platillos y un tambor perdidos por Gilgamesh. Su retorno, sin embargo, deja claro que es un mundo horroroso:

    «¡Nada te contaré! —dice Enkidu—. Llorarías... cuerpo devorado...».
  4. La igualdad ante la muerte y la excepción divina

    Al morir, todos los hombres son iguales, nada es imperecedero y el día de nuestra muerte está en manos de los dioses: «¿Acaso edificamos nuestras casas para siempre?... ¿Hay alguna diferencia entre el esclavo y su señor al término de su destino?». En escapar a este destino reside, precisamente, la divinidad de los dioses. Sin embargo, en la literatura mitológica hay excepciones: en el Enuma Elish se cuenta cómo algunos dioses murieron de forma violenta a manos de otros, siendo aprovechados como materia prima para otras criaturas (Apsû, Tiamat, Kingu). También existe el caso del dios de la época acádica Tammuz, una deidad de la vegetación que muere con el año y renace con la primavera. Aun así, la tópica general es entender a los dioses como inmortales y a los hombres como mortales.

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