Francisco de Zurbarán: vida, obra y etapas de un maestro del barroco español

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Francisco de Zurbarán (1598-1664)

Zurbarán se sintió especialmente atraído por las temáticas monacales (dominicos, franciscanos, carmelitas y cartujos). En sus cuadros trató los más variados aspectos de la religiosidad: visiones místicas, escenas bíblicas, crucifixiones, inmaculadas, santos, etc. También abordó otros géneros como los bodegones, temas históricos, mitológicos y retratos.

Nunca salió de España. Si no estuvo influido por pintores extranjeros no fue por desconocimiento, ya que pudo contemplar grabados y pinturas de las colecciones reales, sino porque no se adaptaban a su ideal de sencillez. Refleja lo cotidiano, pintando figuras aisladas, inmóviles, en composiciones reposadas y tranquilas. No hay ningún gesto descompuesto ni exagerado. Sus escenas tienen lugar en espacios cerrados, lo que le permite poner fondos neutros que simulan paredes lisas.

Es un pintor de calidades (suaves rasos, gruesos terciopelos, ricos bordados o bien objetos) y de color, especialmente del blanco con una infinidad de matices (marfil, hueso).

La primera de sus series monacales son los 21 cuadros que hizo para el Monasterio de la Merced en Sevilla. El tema era la gloria del fundador de la orden de los mercedarios, san Pedro Nolasco. Sobresalen la visión de la Jerusalén celestial y la aparición de san Pedro crucificado a san Pedro Nolasco.

Para el Salón de Reinos del Buen Retiro pintó 2 batallas y 10 trabajos de Hércules, obras que, como las de otros artistas que trabajaron en el salón (Velázquez con las Lanzas, por ejemplo), servían para que el conde-duque de Olivares alagara a su majestad Felipe IV.

La serie más importante de monjes la hizo para el Monasterio jerónimo de Guadalupe, para la capilla y para la sacristía. En la sacristía encontramos 8 cuadros con 8 monjes que vivieron en el monasterio en el siglo XV. La sacristía es una galería iluminada por 3 ventanas en un lado. En el lado sin ventanas irían 5 cuadros que recibirían la luz de esas ventanas; en cambio, los otros 3 irían en los espacios entre las ventanas, a contraluz, por lo que Zurbarán los hizo mucho más claros para que se vieran mejor en su penumbra. Estos 3 cuadros más claros, al ser los más vistosos, fueron cambiados a la pared de enfrente para que recibieran más luz y resultaran aún más espléndidos.

Zurbarán tuvo muchos encargos, pero su estilo pasó de moda y tuvo que recurrir a vender a América, muriendo empobrecido. Su antigua clientela se inclinó hacia otro pintor con más gracia y dulzura: Murillo.

Legado y evolución de su obra

Muerto, su fama en vida traspasó las fronteras y se fue acrecentando con el tiempo. De ahí da buena fe el saqueo generalizado que las tropas napoleónicas hicieron de su obra al tomar Sevilla. No hay que olvidar que Napoleón fue un gran amante de las obras de arte, y el Museo del Louvre sigue siendo testigo de sus incontables robos a los países que invadió.

Tras una etapa inicial de tenebrismo, su obra se llenó de luz y colorido. Se pueden distinguir 3 etapas: fría, cálida y vaporosa.

Sus temas son religiosos, mostrando el aspecto amable del catolicismo: vírgenes con el Niño y, sobre todo, sus delicadas, bellas y amables inmaculadas, rubias o morenas, envueltas en túnica blanca y manto azul, rodeadas de un coro de angelitos juguetones, y enmarcando todo el peso de las nubes.

Otro tema que ocupó a Murillo fue el infantil, como Los niños de la concha, bien de carácter religioso o de la vida cotidiana, con un mundo de pequeños mendigos y vagabundos. Al igual que Zurbarán, pintó series de monjes para los conventos sevillanos.

Láminas

Plaza y columnata de San Pedro del Vaticano

El magnífico conjunto urbanístico de Bernini resolvió la creación de un acceso monumental a la basílica de San Pedro del Vaticano, ya que eran varias las exigencias a las que tenía que dar respuesta:

  • Debía acoger a un gran número de peregrinos.
  • Era necesario que se pudiera ver al papa desde cualquier lugar de la plaza cuando impartiera la bendición desde el balcón de la loggia.
  • Debía convertir el obelisco, situado por Sixto V en línea con el eje de la basílica, en punto central de la plaza.

Además, debía dotar de un profundo simbolismo al conjunto. Bernini creó la primera plaza formada por 2 brazos rectos, ligeramente convergentes, que se abren configurando la gran plaza elíptica, formada por 2 arcos de círculo cuyos centros están separados por un espacio de 50 m. En cada uno de los focos se sitúan 2 fuentes que completan el conjunto. En medio de la plaza se levanta el antiguo obelisco egipcio del circo de Nerón.

La columnata está formada por 4 hileras de columnas toscanas (296 en total), coronadas por un entablamento liso y rematada por una balaustrada, decorada con 140 esculturas que representan a santos y mártires. Se nos transmite así la sensación de un espacio inabarcable, dirigido hacia el infinito, en clara ruptura con la idea de espacio finito propia del Renacimiento.

Por encima de todo, la plaza de San Pedro simboliza los brazos de la Iglesia acogiendo a todos los fieles, una Iglesia que se alzaba con fuerza frente al avance del protestantismo.

La plaza da acceso, mediante una amplia escalinata, a la basílica de San Pedro del Vaticano, cuya fachada, obra de Maderno, presenta unas gigantescas columnas de fuste liso, con capiteles corintios, que sostienen un frontón triangular con un relieve del escudo del Vaticano. Rematando la fachada aparece un cuerpo de ventanas con una balaustrada en la que se sitúan las efigies de los doce apóstoles.

La cúpula de Miguel Ángel, de 131 m de altura, obra capital del Renacimiento italiano, destaca poderosa sobre todo el conjunto.

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