El Legado de la Niebla: Un Relato de Destino y Resignación

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El Despertar en la Niebla

A las siete y cuarenta de la mañana, el viejo Hospital HUCA aún estaba envuelto en niebla. La humedad típica de aquella ciudad se pegaba a las paredes, a la hierba, a la piel. En un edificio destruido por los gamberros y el paso de los años, entre paredes agrietadas y ventanas rotas, él despertó sobre un colchón manchado, tirado en el suelo como un animal. No necesitaba despertador; tenía un reloj interno que le decía que ya era hora de buscarse la vida.

El Mundo Indiferente

—Odio la niebla —murmuró, escupiendo las palabras como si fueran veneno.

El aire olía a humedad podrida, a sudor viejo, a promesas incumplidas. Se sacudió la ropa, inútilmente; la miseria no se desprendía con un simple gesto. Cruzó el parque de El Truébano, donde los árboles parecían inclinarse hacia él. En la calle frente a las facultades, el mundo seguía su curso indiferente: estudiantes con mochilas relucientes, risas frescas, madres arrastrando a sus hijos hacia el colegio. A él nadie lo esperaba. Nadie lo había arrastrado jamás hacia algo similar.

La Herencia de la Sangre

Su historia estaba escrita antes de nacer. A su madre no la conoció; de su padre solo tenía las leyendas que circulaban entre los viejos del barrio donde creció: «Javi el Rata, ese sí que tenía arte para robar». Dani no había elegido el camino; lo había heredado, como se hereda una maldición.

—Los de sangre mala lo lleváis dentro —le había escupido un policía meses atrás—. No es culpa tuya, chaval. Es genética.

Y él lo había creído.

El Encuentro y el Acto

Entre la multitud, sus ojos buscaron al perfecto: un rubio de gafas, mochila North Face, rodeado de amigos que reían con el móvil colgando de la mano. Cuando sus miradas se cruzaron, el rubio esbozó una sonrisa burlona y murmuró algo a sus compañeros, sin molestarse en bajar la voz:

—Ni los que le lavan el coche a mi padre tienen tan mal aspecto.

El semáforo cambió a verde. Como una señal de salida. Dani se abalanzó, rozó al grupo y, en un movimiento rápido y silencioso, arrebató el móvil. Silencio. Nadie gritó. Nadie lo siguió. Nadie se sorprendió. Quizás lo peor no era que robara. Lo trágico era que su existencia ya no sorprendía a nadie.

El Reflejo del Destino

Al doblar por una esquina, se detuvo frente a un escaparate y se vio reflejado. Su rostro. Su expresión. La misma que había visto en una vieja foto de su padre, esposado en una redada.

Igualito a ti —le había susurrado su abuela una vez, con voz cargada de fatalismo—. La misma sangre.

Y eso era lo que más miedo le daba: que fuera verdad.

Sin Plan, Sin Esperanza

Dani no tenía un plan. No soñaba con otra vida. Desde niño le habían dicho cómo acabaría, y nadie había hecho nada por demostrarle lo contrario. Su vida era un expediente lleno de números y fechas, más largo que cualquier oportunidad que le hubieran dado.

La niebla seguía ahí, envolviéndolo todo, como si el mundo también estuviera cansado. Pero a él ya no le importaba.

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