El Martillo de Nietzsche: Su Crítica a la Moral y la Metafísica

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Las críticas de Nietzsche a la moral y la metafísica

Crítica a la moral

Con independencia de cuál sea el contenido de la moral, Nietzsche criticará los fundamentos psicológicos de esta.

Habitualmente, los valores morales son vividos como si tuvieran una existencia objetiva e independiente del hombre; a esto lo denomina dogmatismo moral. Sin embargo, los mandatos morales solo son creaciones humanas.

La moral no es más que la expresión de los instintos que nos conforman, ya sean estos de vida o de muerte. En el segundo caso, la moral intentará erradicar los propios instintos y, por tanto, se convertirá en una moral que niega la vida. Que Nietzsche se oponga a la erradicación de los instintos no significa que esté proponiendo la vuelta al salvajismo moral. Su idea más bien pasa por considerar que los instintos que el cristianismo ha intentado extirpar deben ser encauzados y utilizados como lo que son: una expresión de la vida.

Nietzsche es vitalista. Esto significa que considerará que es la vida la que debe establecerse como el centro desde el que juzgar qué es realmente bueno y malo. Bueno será todo lo que favorezca la vida, la expanda, la ame, la desee y la quiera, mientras que malo se convertirá en todo aquello que la odie, la niegue, la deteste y, en definitiva, la rechace.

Crítica a la metafísica

La metafísica, especialmente la ontología, fue instaurada por Platón al hablar de ese mundo verdadero de las Ideas, inmutable y contrapuesto al mundo fenoménico del devenir, que es el mundo de las apariencias y que apenas tiene entidad ontológica, ya que recibe su ser del otro.

Ahora bien, si es cierto que solo existe un mundo —el mundo sensible que podemos ver y conocer a través de los sentidos y que se caracteriza por su continuo y perpetuo devenir—, queda la cuestión de por qué Platón, y tras él la mayor parte de los pensadores, se inventaron ese otro mundo inmutable, declarando, además, que el mundo sensible es pura apariencia.

Nietzsche considerará que el conocimiento teórico que creemos y mantenemos, del mismo modo que ocurría con la moral, no es más que la expresión de los instintos que nos constituyen.

Y así, aquellos cuyos instintos sienten vértigo ante el espectáculo de la continua mutación del mundo real, expresan su miedo ideando un mundo distinto, inmutable, al que presentan como el verdadero. Al hacer esto, inventan las categorías ontológicas (como sustancia, universal, ser, esencia, yo, alma…), que tienen en común el afirmar realidades que no cambian, que se presentan como inmóviles frente al cambio sensible del mundo y que, por ello, les proporcionan calma, reposo y tranquilidad. En realidad, odian la vida y expresan su odio negando el espectáculo real y tremendo de un mundo en perpetuo cambio. Todo eso no es más que miedo al caos real, a Dioniso.

El mundo real no tiene un ser definitivo; no consiste en ser, sino en un devenir que está continuamente siendo. Consiste en ser un puro fenómeno que se nos muestra a través de los sentidos, pero entendiendo que ese fenómeno no es la apariencia de algo que, existiendo imperceptible detrás de él (como la «cosa en sí» kantiana), constituyese el ser permanente y real del mundo. Más bien, aquello que está detrás de los fenómenos no es fijo ni permanente, sino que consiste en un continuo "ir siendo", y es a lo que Nietzsche denomina voluntad de poder.

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