La muerte de Dios y el nihilismo: Nietzsche, nihilismo activo y pasivo en la cultura occidental

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II. La muerte de Dios y el nihilismo

La muerte de Dios resume el derrumbamiento de todos los valores. Con Dios desaparece la garantía de un mundo inteligible, la garantía de "un mundo verdadero" frente al mundo tangible y visible, la garantía de todas las identidades estables. Como toda la cultura occidental se apoya en la idea de Dios, si éste cae, aquello se derrumba. Por eso Nietzsche compara este acontecimiento con una catástrofe natural: con un diluvio, un seísmo, con un eclipse de sol.

La muerte de Dios, cuyo anuncio venía produciéndose desde el Renacimiento, significa la paulatina desaparición de la conciencia religiosa en el individuo, en la cultura, en la sociedad y en la historia. Dios era el mayor peligro para la emancipación humana; por lo que su muerte va a tener una gran trascendencia para el hombre: su muerte hará posible la aparición del "superhombre".

El nihilismo es el diagnóstico nietzscheano de la enfermedad de la cultura occidental.

Este término presenta en Nietzsche una dualidad, cuando no una pluralidad de sentidos. Así, por una parte, designa la situación contemporánea en la cual los valores "supremos", absolutos, están aquejados de nulidad e inutilidad. Por otra parte, se aplica tanto al desarrollo como a la "lógica" interna de toda la historia europea desde Platón ("El nihilismo no es causa de nada, sino únicamente la lógica de la decadencia").

Ello porque el nihilismo está instalado dentro del cristianismo, de la moral transmitida y de la filosofía metafísica. Estas son tendencias vitales que quieren la "nada" (en esto cristianismo y budismo se asemejarían por su apetencia de la "nada"), aunque durante mucho tiempo han enmascarado dicha "nada" como summum ens, como Dios: Dios era la máscara de la nada. Nosotros vivimos un tiempo final porque se ha desenmascarado la vaciedad de esos conceptos fundamentales que sustentaban la metafísica y, por extensión, la cultura occidental.

El nihilismo, como experiencia del agotamiento del sentido, de todos los significados, del alejamiento y de la negación de los antiguos sentidos (morales, religiosos, metafísicos), se traduce en un gran cansancio: el "gran hastío" en el hombre y del hombre hacia sí mismo. Ya nada vale nada; todo vale lo mismo; todo se equipara. Todo es equivalente: la verdad, la falsedad, el bien, el mal. Este nihilismo pasivo es el que Nietzsche describe como el estadio del "último hombre": el heredero del asesinato de Dios, el que constata que el mundo carece de sentido, que no hay valores supremos y considera que no vale la pena vivir la vida, que nada tiene sentido.

Dos sentidos o formas del nihilismo

  • Nihilismo pasivo-reactivo: Ante la "muerte de Dios" (la ausencia de valores) surge el nihilismo pasivo/reactivo. Este nihilismo no cree en ningún valor, puesto que considera que todo valor es posible solo si Dios existe, y Dios no existe. Termina en la desesperación, la inacción, la renuncia al deseo y el suicidio. El pesimismo budista, Schopenhauer y Dostoyevski ("Si Dios no existe, todo está permitido") son representantes de este pesimismo.
  • Nihilismo activo: Ante la falta de valores (la muerte de Dios) puede existir también la actitud del nihilismo activo, que pretende adelantarse a la instauración del vacío de valores creando los suyos propios, apareciendo como una exaltación de la vida. Este nihilismo "filosofa a martillazos" para acabar con la decadencia. Lleva a cabo la crítica en todos los ámbitos de la cultura, requisito previo para la transmutación de los valores. La filosofía crítica de Nietzsche es la filosofía nihilista en este sentido: destruye los valores decadentes para instaurar valores vitales.

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