Nietzsche: El Concepto de la Voluntad de Poder y la Repetición Incesante

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La Voluntad de Poder: Esencia de la Vida y la Realidad

La voluntad de poder es la esencia de la vida y de la realidad. Filósofos como Aristóteles o Santo Tomás de Aquino habían considerado la voluntad como una facultad del espíritu, pero Friedrich Nietzsche se sitúa más en la línea de Arthur Schopenhauer. Este último había hablado de la voluntad como una fuerza ciega que empuja a todos los seres a persistir en su ser; era, fundamentalmente, una voluntad de ser.

Sin embargo, Nietzsche propone una voluntad de poder en el sentido de ser más. Se trata de una entidad irracional: la razón es solo una dimensión de la realidad, pero no la más verdadera ni la más profunda. La razón no tiene la última palabra, puesto que siempre está al servicio de otras instancias más básicas como los instintos. Es también inconsciente, aunque esporádica y fugazmente se manifiesta de este modo precisamente en nosotros, los seres humanos.

Esta voluntad carece de finalidad: las distintas manifestaciones que toman las fuerzas de la vida, sus distintas modificaciones y los resultados de su actuación no tienen ningún objetivo o fin. No buscan nada; son así, pero nada hay en su interior que les marque un destino. Dado que lo que nosotros percibimos, y todo con lo que tratamos, es expresión de esta realidad sin sentido, Nietzsche declara con ello el carácter gratuito de la existencia.

El Eterno Retorno: La Circularidad del Tiempo

Los pueblos orientales y filósofos como Heráclito ya han planteado la idea de la circularidad del tiempo y de la repetición incesante de sus ciclos. Nietzsche retoma esa idea de una manera un tanto extraña, pues plantea la repetición no ya de los ciclos, sino de todos y cada uno de sus instantes y elementos, sin variación alguna.

Aunque en cierto momento ofrece un argumento que parece abonar la idea de que realmente cree en esta teoría, debemos interpretar este asunto al estilo de Nietzsche: como una especie de metáfora o test para comprobar nuestra actitud ante la vida. La pregunta clave es: ¿Desearías que tu vida, con todos sus avatares y vicisitudes, se repitiese eternamente?

Un cristiano diría que no, porque espera ganarse el cielo perfecto. En cambio, el hombre dionisíaco, el superhombre, ama tanto la vida —esta vida, la única que existe— que desearía repetirla una y otra vez, incluidos todos sus momentos dolorosos o siniestros.

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