Orígenes Históricos de Iberia: Prehistoria, Pueblos Nativos y Romanización Peninsular
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La Prehistoria en la Península Ibérica
El Paleolítico
El Paleolítico es un período crucial que abarca desde la aparición de los primeros homínidos hasta el desarrollo de la agricultura. Se caracteriza por comunidades nómadas que subsistían mediante la caza y la recolección. Sus principales etapas en la Península Ibérica son:
- Paleolítico Inferior: Destaca el yacimiento de Atapuerca (Burgos), donde se han encontrado restos de homínidos con una datación de hasta 1,4 millones de años, así como fósiles de Homo antecessor con una antigüedad de aproximadamente 800.000 años.
- Paleolítico Medio: Es la época del Homo neanderthalensis, asociado con la cultura Musteriense. Esta cultura es conocida por su técnica de talla de piedra, que producía lascas afiladas y la característica punta Musteriense.
- Paleolítico Superior: Coincide con la llegada del Homo sapiens a la Península. Durante este período florece el arte rupestre, con magníficas representaciones en cuevas, especialmente en la franja franco-cantábrica, siendo la cueva de Altamira (Cantabria) uno de sus máximos exponentes.
El Neolítico
El Neolítico, que en la Península Ibérica se extiende aproximadamente del 5.000 al 2.500 a. C., marca la denominada Revolución Neolítica. Este proceso implicó el trascendental paso del nacimiento de la agricultura y la ganadería, lo que supuso la transición de una economía depredadora (basada en la caza y recolección) a una economía productiva. Uno de los yacimientos más importantes de este período en la Península es la Cova de l’Or (Alicante).
Pueblos Prerromanos y Colonizaciones Mediterráneas en la Península Ibérica
Pueblos Indígenas Prerromanos
Antes de la llegada de Roma, la Península Ibérica estaba habitada por una diversidad de pueblos. Los íberos se localizaban fundamentalmente en el sur peninsular y en la costa mediterránea, caracterizados por un mayor desarrollo urbano y cultural, influenciados por los contactos con pueblos mediterráneos. Los celtas, de origen indoeuropeo, ocupaban preferentemente la Meseta y el noroeste peninsular, con una economía más rudimentaria y una organización social tribal. Estos pueblos vivían a menudo en castros, poblados fortificados localizados en zonas elevadas. En la zona de contacto e influencia mutua entre íberos y celtas, especialmente en el Sistema Ibérico, surgieron los celtíberos, que combinaban rasgos de ambas culturas.
Colonizaciones de los Pueblos del Mediterráneo
Diversos pueblos navegantes y comerciantes del Mediterráneo oriental llegaron a las costas de la Península Ibérica atridos por su riqueza mineral y posibilidades comerciales, estableciendo colonias y factorías. Este proceso se desarrolló principalmente entre los siglos IX-VIII a. C., aunque algunos contactos pudieron ser anteriores (el texto original menciona un rango más amplio, XIX-VIII a. C., que podría aludir a exploraciones tempranas):
- Los fenicios, procedentes del actual Líbano, fueron pioneros. Fundaron enclaves estratégicos como ex novo Gadir (actual Cádiz), que se convirtió en un importante centro comercial.
- Los griegos llegaron posteriormente y establecieron sus propias colonias, principalmente en la costa catalana, como Ampurias (Emporion, en Girona) y Rhode (Rosas).
Más tarde, los cartagineses, herederos de la influencia fenicia en el Mediterráneo occidental y con base en Cartago (actual Túnez), expandieron su presencia en la Península desde su base en Ebusus (Ibiza). Fundaron importantes enclaves como Carthago Nova (Cartagena), especialmente durante el siglo III a. C., con un interés más marcadamente militar y de control territorial.
Tartessos: Un Reino Legendario con Base Histórica
La enigmática cultura de Tartessos, mencionada en fuentes griegas y bíblicas, floreció en el suroeste de la Península, con su núcleo principal en la desembocadura del río Guadalquivir (antiguo Tartessos o Baetis). Su riqueza se basaba en la explotación de metales (plata, cobre, estaño) y en los intensos contactos comerciales, especialmente con los fenicios, quienes influyeron notablemente en su desarrollo cultural y tecnológico.
La Hispania Romana: Conquista, Romanización y Legado
La Hispania romana se refiere al período de dominación y profunda transformación de la Península Ibérica bajo el poder de Roma, abarcando su conquista militar y su posterior organización administrativa, social, económica y cultural, proceso conocido como romanización. La conquista fue larga y compleja, dividiéndose tradicionalmente en varias fases:
- Primera fase (218 – 197 a. C.): Se inició en el contexto de la Segunda Guerra Púnica entre Roma y Cartago. Las legiones romanas desembarcaron en Ampurias con el objetivo de cortar los suministros al general cartaginés Aníbal. Tras la expulsión de los cartagineses de la Península, Roma decidió mantener fuerzas militares para controlar los territorios conquistados y hacer frente a las revueltas indígenas.
- Segunda fase (197 – 29 a. C.): Durante este largo período, Roma avanzó progresivamente hacia el interior y el oeste de la Península. Se crearon las primeras provincias: Hispania Citerior (valle del Ebro y levante) e Hispania Ulterior (valle del Guadalquivir). Esta etapa estuvo marcada por cruentas guerras contra los pueblos indígenas, como las guerras celtíberas (Numancia) y lusitanas (Viriato).
- Tercera fase (29 – 19 a. C.): Corresponde a las guerras cántabras y astures, dirigidas por el propio emperador Octavio Augusto. Con la sumisión de estos pueblos del norte, se dio por finalizada la conquista militar de la Península Ibérica.
Sociedad y Economía en la Hispania Romana
La economía de la Hispania romana se integró plenamente en los circuitos del Imperio Romano, basándose en gran medida en el modelo esclavista y en la explotación intensiva de los vastos recursos naturales de la Península. Se desarrollaron grandes latifundios (extensas propiedades agrarias) dedicados a la producción de la tríada mediterránea (trigo, vid y olivo), así como a la ganadería. Estos productos no solo abastecían el consumo local, sino que también se exportaban masivamente a Roma y otras provincias del Imperio. La minería (oro, plata, cobre, plomo, mercurio) fue otra actividad económica fundamental.
La sociedad hispanorromana era profundamente jerarquizada y desigual. La principal división se establecía entre hombres libres y esclavos, estos últimos considerados propiedad y base de la producción en muchos sectores. Dentro de los hombres libres, existían grandes diferencias sociales y económicas: en la cúspide se encontraba la élite de los patricios (grandes propietarios de tierras, senadores, altos magistrados) y los equites (caballeros), mientras que la mayoría de la población conformaba la plebe (pequeños campesinos, artesanos, comerciantes). La ciudadanía romana se fue extendiendo progresivamente. La figura del pater familias (padre de familia) ostentaba una gran autoridad legal sobre su familia, y las mujeres, aunque con variaciones según su estatus social y la época, estaban generalmente subordinadas a la autoridad masculina en el ámbito público y legal.