La Patrística y los Primeros Concilios Ecuménicos: Fundamentos de la Doctrina Cristológica
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Los Padres de la Iglesia: Pilares de la Ortodoxia
Los Padres de la Iglesia fueron figuras cruciales en la defensa y sistematización de la doctrina cristiana durante los primeros siglos, especialmente frente a las herejías cristológicas y trinitarias.
Padres de Oriente
San Atanasio (Alejandría, c. 296)
Fue Obispo en Alejandría y combatió vigorosamente el Arrianismo. Escribió la Apología contra los arrianos, defendiendo la plena divinidad de Jesucristo.
San Basilio Magno (Cesarea, c. 330)
Sacerdote y Obispo de Cesarea. Combatió el Arrianismo y defendió las resoluciones del Concilio de Nicea. Su obra más destacada es De Spiritu Sancto (Sobre el Espíritu Santo).
San Gregorio Nacianceno (c. 329)
Patriarca de Constantinopla. Mediante homilías, discursos y cartas, defendió la doctrina trinitaria establecida en el Concilio de Nicea. Es conocido como el «Teólogo».
San Juan Crisóstomo (Antioquía, c. 347)
Obispo de Constantinopla. Fue un orador y predicador excepcional, de ahí su sobrenombre «Crisóstomo» (Boca de Oro).
Padres de Occidente
San Jerónimo (Estridón, c. 340)
Famoso por su monumental trabajo de traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata.
San Ambrosio (Tréveris, c. 340)
Arzobispo de Milán. Se dedicó intensamente a su tarea pastoral y combatió el Arrianismo. Fue mentor de San Agustín.
San Agustín de Hipona (Tagaste, c. 354)
Obispo de Hipona (Argelia). Considerado el más grande de los Padres de Occidente, sus obras (como Confesiones y La Ciudad de Dios) sentaron las bases de gran parte de la teología occidental.
San Gregorio Magno (Roma, c. 540)
Elegido Papa en 590. Impulsó la evangelización de las islas británicas y renovó la liturgia, siendo fundamental en la consolidación del poder papal.
Los Primeros Concilios Ecuménicos y la Definición de la Fe
Los primeros concilios ecuménicos fueron convocados para resolver las grandes controversias doctrinales que amenazaban la unidad de la Iglesia, especialmente aquellas relacionadas con la naturaleza de Cristo y la Trinidad.
Concilio de Nicea I (325 d.C.)
Hacia el año 300, un presbítero de Alejandría llamado Arrio (c. 256-336) sostenía que Jesucristo había sido creado por Dios Padre y, en consecuencia, ni era eterno ni poseía la misma naturaleza que Dios (homoousios). Es decir, negaba la divinidad de Jesucristo. Esta herejía se conoce como Arrianismo.
El concilio fue convocado por el Emperador Constantino I. Se afirmó que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios y la segunda persona de la Santísima Trinidad, de la misma naturaleza que el Padre. Se estableció la fórmula para el credo, conocido como el Credo de Nicea.
Concilio de Constantinopla I (381 d.C.)
En el año 381, el Emperador Teodosio I convocó un nuevo concilio ecuménico. Este concilio reafirmó la doctrina del Concilio de Nicea y recalcó la identidad y naturaleza divina de las tres personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Completó el credo, que pasó a llamarse el Credo Niceno-Constantinopolitano.
Concilio de Éfeso (431 d.C.)
Convocado por el Emperador Teodosio II, debido a la controversia suscitada por Nestorio (Nestorianismo). Nestorio sostenía que en Jesucristo coexistían dos personas separadas (la humana y la divina). En consecuencia, María era Madre de Jesús hombre, pero no era Madre de Dios.
La doctrina de Nestorio fue combatida por Cirilo de Alejandría. El concilio proclamó a María como Theotokos (Madre de Dios), afirmando la unidad hipostática de Cristo.
Concilio de Calcedonia (451 d.C.)
Este concilio se celebró contra el Monofisismo. Eutiques sostenía que Jesucristo tenía una sola naturaleza, la divina, por lo cual era Dios, pero no era hombre como nosotros.
El Concilio de Calcedonia estableció la doctrina ortodoxa: Jesucristo es una sola persona en dos naturalezas, la humana y la divina, «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación».