Los Pazos de Ulloa: El conflicto de poder y la opresión en el Capítulo VII

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Capítulo VII: La tensión en el Pazo

Al volver al Pazo, el joven párroco, Julián, se encuentra ante una terrible escena. Sabel está en el suelo llorando, al igual que el pequeño Perucho. El marqués, cegado por los celos, la ha agredido con la culata de la escopeta; le reprocha que haya estado en la romería bailando con los mozos y utiliza como pretexto el hecho de que no haya preparado la cena. El niño, durante la disputa, también ha resultado herido en la frente.

El enfrentamiento y la influencia de Primitivo

Al darse cuenta de la herida del niño, su padre lanza una blasfemia y ordena a Sabel que lo cuide bien. La mujer, desafiante, se enfrenta a él y amenaza con marcharse, instándole a buscar a otra persona que le prepare la cena. El sacerdote intenta intervenir, pero sin éxito. El marqués, encolerizado, es interrumpido por la llegada de Primitivo, quien impone orden y exige a su hija que obedezca al marqués. Sabel, sumisa ante su padre, se remanga y comienza a preparar la comida. En ese momento, entra Sabia, la anciana que a los ojos de Julián se asemeja a una bruja, portando leña para el fuego.

La confesión del Marqués

Julián intenta apaciguar al marqués llevándolo a dar un paseo por la huerta. Una vez allí, el capellán le advierte que no puede seguir en el Pazo si mantiene esa pecaminosa relación con Sabel. El marqués confiesa que no es fácil deshacerse de ella, admitiendo que incluso lo intentó en el pasado, pero que se vio obligado a llamarla de nuevo.

El poder oculto de Primitivo

El marqués reconoce que es Primitivo quien realmente manda en la propiedad. Explica que el criado tiene atemorizadas al resto de las mujeres, impidiendo que trabajen para el marqués si este despide a su hija, y que, además, es un hombre capaz de cualquier atrocidad. Don Pedro es consciente de que todos viven a su costa y que el criado le roba, pero admite que necesita a Primitivo para todo y que este nunca permitiría que nadie ocupase su puesto, llegando incluso a matar si fuera necesario. En pocas palabras, el marqués se siente atado de pies y manos, a merced de Primitivo y, por ende, de Sabel.

La propuesta de Julián

Julián le recomienda entonces que abandone los Pazos y se traslade a la ciudad. Le sugiere que, durante su ausencia, Sabel podría casarse con algún aldeano y que el marqués tendría la oportunidad de encontrar una esposa digna para su posición. De pronto, escuchan un ruido y el marqués se percata de que Primitivo los ha seguido y ha escuchado toda la conversación.

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