La poesía de Blas de Otero: de la angustia existencial al compromiso social

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Blas de Otero presenta en su trayectoria poética una evolución que lo lleva desde la poesía desarraigada hasta la poesía social. Por esto se dijo que su poesía resume las etapas cubiertas por la lírica española durante varias décadas. Blas de Otero busca sacudir las conciencias y compartir con el resto de la humanidad su «tragedia viva», que puede residir en la propia conciencia o en la vida en sociedad.

Poesía desarraigada: Blas de Otero se inicia en la poesía religiosa con Cántico espiritual (1942), pero introduce un cambio con Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951), fundidos luego en un único libro titulado Ancia (1958). Los versos de esta etapa expresan la angustia del hombre frente a la muerte. El yo poético se siente solo, abandonado, y dirige a Dios –un Dios más parecido al vengador y justiciero del Antiguo Testamento que al benévolo Jesús del Nuevo– preguntas desesperadas, sin respuesta. Ese silencio provoca el enfrentamiento hombre-Dios, con duras imprecaciones. Al final, solo queda el vacío, la enorme soledad. Estilísticamente, es la poesía que emplea un lenguaje violento y dramático.

Poesía social: Esta poesía se inicia con Pido la paz y la palabra (1955) y continúa con En castellano (1960), Esto no es un libro (1963) y Que trata de España (1964). El poema «A la inmensa mayoría» hace explícito su cambio de actitud: Aquí tienes, en canto y alma, al hombre / aquel que amó, vivió, murió por dentro / y un buen día bajó a la calle: entonces / comprendió: y rompió todos sus versos. En su búsqueda solitaria, el poeta se encuentra con «los otros»: definitivamente, cantar por el hombre. Y en su canto, dos vocablos se convierten en claves: la palabra, que permite a todo hombre gritar su protesta, y la paz, para que España pueda vivir sin la presencia de la muerte y la injusticia. En definitiva, el poeta buscará solidarizarse con los que sufren; incluso podríamos decir más, con los españoles que sufren, por lo que debe convertirse en un testigo que denuncie las injusticias de la España franquista. Estilísticamente, otro ha pasado de los tonos dramáticos de los libros anteriores a tonos más sencillos.

Última poesía

En los años setenta, Blas de Otero vuelve a la poesía de carácter reflexivo, pero centrada en aspectos autobiográficos. El poeta medita sobre la realidad desde la perspectiva del hombre que analiza su propia trayectoria.

La «Promoción de los 60»: A finales de los cincuenta apareció un grupo de poetas que, sin dejar las preocupaciones sociales, buscaba una mayor elaboración del lenguaje poético y un desplazamiento de lo colectivo a lo personal. Para ellos, el poema es un instrumento que permite al ser humano –y, por tanto, al poeta– conocer el mundo y conocerse a sí mismo. Entre los poetas conocidos como la Promoción del Sesenta están Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Francisco Brines, Claudio Rodríguez...

Se puede establecer una temática común a todos ellos: la reflexión sobre el paso del tiempo (el tiempo pasa y destruye; solo la infancia y la adolescencia se viven como un paraíso perdido), el amor como cauce del erotismo y la amistad, y la reflexión sobre la creación poética.

En el estilo es muy visible un voluntario alejamiento de la poesía social, a la que juzgan pobre. Si muchos siguen fieles a un estilo conversacional, «hablado», antirretórico, no debe ocultarse la exigente labor de depuración y de concentración de la palabra. Cada poeta se propone la búsqueda de un lenguaje personal, nuevo, más sólido. Sin embargo, no les tientan las experiencias vanguardistas.

Los años setenta: los Novísimos

Preocupación por la forma y el lenguaje; ruptura con la cultura tradicional e inspiración en el mundo del cine, el jazz, la televisión, el cómic y las canciones; incorporación de referencias muy cultas a obras y autores extranjeros (se les llama los culturalistas y también «los venecianos» por su gusto por ciudades como Venecia).


La poesía de los años cuarenta y principios de los cincuenta

En estos años la poesía se desarrolló en torno a tres revistas: «Escorial», «Garcilaso» y «Espadaña». Si dejamos de lado la figura de Miguel Hernández (1910-1942), nos encontramos con los poetas de la Generación del 36, algunos de los cuales continuaron su obra en el exilio. Los que siguen en España se orientan por diversos caminos que Dámaso Alonso redujo a dos:

Poesía arraigada:

La revista «Escorial» reunió a los poetas de la Generación del 36 (Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco y Dionisio Ridruejo), que se decantaron por la poesía intimista de temas líricos tradicionales: el amor, la muerte, la tierra, el paisaje.

«Garcilaso» sirvió a los fines de la dictadura. Su director fue José García Nieto y sus autores son básicamente los mismos poetas de «Escorial», que vuelven sus ojos hacia Garcilaso y hacia otros «poetas del imperio». Se trata de autores que encierran una visión del mundo ordenada e, incluso, optimista, obviando la dura realidad española del momento. Uno de los temas dominantes es un firme sentimiento religioso, junto con otros tradicionales (el amor, el paisaje, las cosas bellas...). Destacan en esta corriente Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, José García Nieto, Rafael Morales, etc.

Poesía desarraigada:

Contra esta visión reaccionan una serie de escritores que reclaman una poesía con mayor contenido humano y existencial, que refleje la desgarradora realidad española de la época. Nace la idea de poesía como comunicación, que busca compartir con el lector problemas comunes y temas que tratan sin la angustia histórica (causada por la guerra) y la angustia existencial (la ausencia de Dios, la soledad, la muerte...). Aquí vuelve a aparecer el tema religioso, pero ahora los poetas imprecan a su Dios que parece haber abandonado a su suerte al hombre. A esta poesía corresponde también un estilo bronco, directo, más sencillo y menos preocupado por los primores estéticos. Una fecha clave es el año 1944, en que se publican «Hijos de la ira», de Dámaso Alonso, y «Sombra del paraíso», de Vicente Aleixandre, y se crea la revista «Espadaña». En esta línea se incluyen poetas como Carlos Bousoño, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Eugenio de Nora y Victoriano Crémer.

Además de los dos polos señalados (poesía arraigada y poesía desarraigada), hay escritores que intentan enlazar con la Generación del 27: el grupo «Cántico» de Córdoba y con el surrealismo: el «postismo» de Carlos Edmundo de Ory. En la poesía surrealista el sueño se constituye en el motor del mundo y los principales recursos estilísticos son metáforas encadenadas que tienen su base en el sueño, la alucinación y el subconsciente: José Hierro y José María Valverde.

La poesía social (años cincuenta)

Hacia 1955 se consolida, en todos los géneros, el llamado «realismo social». De esa fecha eran dos libros de poemas que marcan un hito: Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, y Cantos iberos, de Gabriel Celaya. Ambos poetas superan su anterior etapa de angustia existencial, al situar los problemas humanos en un marco social. Su estela fue seguida por muchos de los que antes se inscribían en la «poesía desarraigada»: Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, Garciasol, A. Figuera, L. de Luis...

Autores como Antonio Machado y Miguel Hernández, o los hispanoamericanos Neruda (España en el corazón) y César Vallejo (España, aparta de mí este cáliz), y el mismísimo Vicente Aleixandre (Historia del corazón) sirvieron de guía a estos poetas.

Se trata de la nueva poesía que, saltando del «yo» al «nosotros», pretende convertirse en un arma capaz de transformar el mundo, ya que el poeta debe «tomar partido» ante los problemas del mundo que lo rodea. El poeta se acerca «solidario» de los demás hombres.

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