De la posmodernidad al deconstructivismo: influencia filosófica en la arquitectura
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Una de las principales actividades de la filosofía posmoderna fue el variado intento de desmantelar la mentalidad moderna, intentos en los que se obviaban conquistas de la modernidad tales como el progreso, la objetividad y la originalidad. El punto de partida para tal empeño era la convicción de que los grandes discursos articulados por la Ilustración o en el movimiento moderno se habían consumido y habían perdido validez.
Los filósofos estaban preocupados por los mismos temas que los arquitectos; de hecho, las nociones modernas también eran vistas bajo otro prisma por los arquitectos posmodernos y, de ese modo, parecía natural que se diera una conexión entre ambos campos y que arquitectos y filósofos empezaran a trabajar juntos, como en el caso de Peter Eisenman y Jacques Derrida, aunando esfuerzos para lograr una arquitectura de alto contenido filosófico.
El problema fue que los arquitectos no fueron mucho más allá de una interpretación arquitectónica bastante literal de aquellas afirmaciones, declaraciones o impostaciones mentales, una práctica que alcanzó su clímax con el deconstructivismo. En ese punto, la filosofía deconstructivista de Derrida se convirtió en un pseudo-caos de ángulos oblicuos, y la metáfora de Gilles Deleuze relativa al pliegue se tradujo en paredes y pavimentos doblados.
El deconstructivismo surgió hacia 1990 como una supuesta ruptura con la posmodernidad. Pero, más allá de las diferencias aparentes, ambos movimientos tenían mucho en común. En el fondo, el deconstructivismo no es más que el reverso manierista de las nociones posmodernas de lugar, identidad y significado.
En ese sentido, al igual que la posmodernidad, el deconstructivismo descansa sobre el pedestal del significado simbólico, a la vez que la forma arquitectónica se concibe como metafórica. En esencia, la única diferencia real entre ambos movimientos es que, recientemente, la posmodernidad se ha legitimado como un estilo aceptable y universalmente aplicable, mientras que el único ámbito en el que la arquitectura deconstructivista se ha desenvuelto bien ha sido en el campo de las exposiciones, las publicaciones en libros y revistas y en los escasos encargos por parte de particulares, sobre todo procedentes del mundo de la cultura.
Principales convergencias y diferencias
- Convergencia temática: ambos movimientos comparten la crítica a los grandes relatos de la modernidad y se interesan por cuestiones de identidad, lugar y significado.
- Tratamiento de la forma: la posmodernidad tiende a la metáfora y a la recuperación de símbolos, mientras que el deconstructivismo lleva esas ideas hacia una experiencia fragmentada y angular.
- Legitimación y ámbito de aplicación: la posmodernidad terminó por asentarse como estilo aceptado en proyectos diversos; el deconstructivismo se manifestó, sobre todo, en exposiciones, publicaciones y encargos culturales.
- Relación con la filosofía: en ambos casos hubo un diálogo con filósofos contemporáneos (por ejemplo, Derrida y Deleuze), aunque la traducción de conceptos filosóficos al lenguaje arquitectónico fue a menudo literal o metafórica.
- Recepción crítica: mientras la posmodernidad halló usos más amplios, el deconstructivismo fue acusado de priorizar la apariencia fragmentaria sobre la funcionalidad o la coherencia social.
Conclusión
La interacción entre filosofía y arquitectura en la transición de la posmodernidad al deconstructivismo muestra cómo las ideas teóricas pueden transformarse en formas espaciales; no obstante, esa traducción no siempre preserva la complejidad conceptual y, a menudo, deriva en soluciones estéticas que funcionan mejor en el discurso cultural que en la práctica cotidiana.