Relatos de la Mitología Griega: La Hospitalidad de Filemón y la Tragedia de Ícaro
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La Virtud de la Hospitalidad: Filemón y Baucis
En una aldea de Frigia vivían Filemón y Baucis, una pareja de ancianos humildes que, a pesar de su pobreza, eran generosos y hospitalarios. Un día, los dioses Júpiter y Mercurio, disfrazados de viajeros, recorrieron la aldea en busca de refugio. Fueron rechazados en muchas casas hasta que llegaron a la de Filemón y Baucis, quienes los acogieron en su modesto hogar y les ofrecieron lo poco que tenían.
Durante la cena, los ancianos notaron que el vino de la jarra nunca se agotaba, lo que reveló la identidad divina de sus huéspedes. Temerosos y agradecidos, intentaron sacrificar su única gansa en honor a los dioses, pero estos les detuvieron y les anunciaron un castigo inminente para el pueblo.
Les ordenaron subir a la montaña sin mirar atrás. Al llegar a la cima, vieron que su hogar se había transformado en un majestuoso templo, mientras que el resto de la aldea había sido sumergido bajo el agua como castigo por su falta de hospitalidad. Júpiter les concedió un deseo, y ellos pidieron ser los guardianes del templo y morir juntos.
Con el tiempo, envejecieron aún más, y cuando llegó su hora, se transformaron en dos árboles entrelazados, un tilo y una encina, símbolo eterno de su amor y devoción.
El Vuelo de la Ambición: Dédalo e Ícaro
Dédalo era un gran inventor que vivía en Creta, pero quería escapar de la isla. Su hijo, Ícaro, lo acompañaba. Como el rey Minos controlaba la tierra y el mar, decidió que la única forma de huir era volando. Para ello, construyó unas alas con plumas unidas por cera. Antes de emprender el vuelo, advirtió a Ícaro que no debía elevarse demasiado alto, porque el sol derretiría la cera, ni volar demasiado bajo, porque la humedad del mar empaparía las plumas y no podrían sostenerse en el aire.
Al principio, Ícaro obedeció y siguió a su padre, pero poco a poco se sintió emocionado y comenzó a elevarse más y más en el cielo. El calor del sol ablandó la cera de sus alas, las plumas se desprendieron y cayó al mar, donde se ahogó.
Dédalo, triste y desesperado, intentó encontrarlo, pero solo halló algunas plumas flotando en el agua. Finalmente, enterró a su hijo en una isla que, desde entonces, se llamó Icaria en su honor.