El Retablo de las Maravillas: Sátira de la Hipocresía y Prejuicios Sociales en Cervantes
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El Retablo de las Maravillas: Un Entremés de Cervantes (1615)
La obra comienza con la llegada de dos comediantes ambulantes, Chanfalla y Chirinos, a una villa. Ambos afirman poseer un retablo (un espectáculo de marionetas o imágenes) extraordinario, traído por un tal Maestro Tontonelo, que solo puede ser visto por personas de "sangre limpia", es decir, nacidas de legítimo matrimonio y buenos cristianos viejos.
Este engaño toma como base los profundos prejuicios sociales y religiosos del momento: nadie quiere admitir que no ve nada, por miedo a ser acusado de bastardo o de tener ascendencia judía o morisca. Los vecinos más influyentes del pueblo —el gobernador Juan Castrillo, el alcalde, el escribano y otros notables— son invitados al espectáculo. Por miedo al descrédito, todos fingen ver las "maravillas" que los farsantes supuestamente proyectan: serpientes danzantes, ejércitos en lucha y figuras fantásticas. Cada uno trata de superar al anterior en entusiasmo y credulidad, cayendo en un juego de autoengaño colectivo.
Clímax y Desenlace: La Irrupción de la Verdad
En el clímax de la farsa, irrumpe un soldado en el escenario. No está al tanto del engaño, ni le preocupa demostrar su "limpieza de sangre". Como no ve absolutamente nada en el retablo —porque efectivamente no hay nada—, lo dice abiertamente. Esta sinceridad pone nerviosos a los demás personajes, que temen haber sido descubiertos como impostores. Rápidamente se genera una discusión que desemboca en violencia: los vecinos, presos del miedo a ser desenmascarados, se enfrentan unos a otros y acusan al soldado de loco, mientras Chanfalla y Chirinos aprovechan el caos para huir con el dinero.
Significado y Crítica Social
Esta escena desvela el verdadero sentido de la obra y cierra la sátira de forma contundente. Hasta ese momento, todos los personajes han fingido ver maravillas inexistentes por miedo a ser considerados impuros o ilegítimos. Sin embargo, cuando entra el soldado y dice con naturalidad que no ve nada, rompe el pacto de hipocresía colectiva. Su sinceridad pone en evidencia la falsedad del espectáculo y, sobre todo, la cobardía de los demás.
Esta escena representa el choque entre la verdad y la apariencia, y deja al descubierto el poder del miedo social: todos temen más al juicio público que a la mentira. El caos que se desata simboliza cómo una sociedad basada en prejuicios y falsas apariencias se desmorona fácilmente cuando alguien se atreve a decir la verdad. Además, el hecho de que los farsantes escapen impunes subraya la pasividad de una comunidad más preocupada por el qué dirán que por enfrentarse al engaño.