Secretos de la Capilla Sixtina: Bóveda y Juicio Final de Miguel Ángel
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La Bóveda de la Capilla Sixtina
Esta bóveda mide 36 metros. Miguel Ángel simuló diez arcos fajones que le permitieron dividir la bóveda en nueve tramos sucesivos, atravesados por dos falsas cornisas que producen la partición en tres registros. Aloja nueve historias del Génesis. Los Ignudi sostienen diez gigantescos medallones de bronce que representan escenas del Antiguo Testamento. Los ignudi representan la concepción renacentista del hombre como medida de todas las cosas.
Entre los lunetos sitúa las figuras a mayor escala de los siete Profetas bíblicos y las cinco Sibilas. Cuatro relatos bíblicos se despliegan en las cuatro pechinas de la bóveda. Esta bóveda reúne toda la Historia de la Salvación a través de episodios significativos del Antiguo Testamento.
El Juicio Final
El Juicio Final se proyectó para cubrir la pared del fondo de la Capilla hasta el arranque de la bóveda. Lo integran unas 400 figuras, dividiéndola en cuatro registros horizontales de figuras:
- Los dos superiores están dedicados al mundo celestial.
- Los dos inferiores al terrenal y al infierno.
En el centro destaca la figura de Cristo-juez, destacado visualmente como una figura atlética, vigorosa e iluminada. A su derecha, la Virgen y los desnudos apóstoles y patriarcas. A sus pies, se encuentran las figuras de San Lorenzo y San Bartolomé.
En el espacio central del registro inferior se halla el grupo de ángeles tocando las trompetas para despertar a los muertos. Abajo, las tumbas entreabiertas que hacen brotar los cuerpos reencarnados y la laguna Estigia con la barca funeral de Caronte. En el centro del registro inferior se halla la figura de Cristo.
Composición y Tensión Heroica
Las figuras experimentan un aumento de escala a medida que se hallan en los registros superiores. El motivo dominante es el destino de la humanidad, el desenlace de la historia. Dios juez, desnudo, atlético, sin ninguno de los atributos tradicionales de Cristo, es la imagen de la suprema justicia.
Rompiendo con la tradición iconográfica, Miguel Ángel concibe la composición como una masa de figuras que rotan en torno a Cristo. Entre Dios y la Humanidad hay una tensión inevitable: la humanidad no es pequeña y humilde, sino gigantesca y heroica, casi soberbia, tanto en la culpa como en la pena.