Técnicas y Características del Arte Romano: Fresco, Mosaico y Estilo Realista

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Críticas Estilísticas y Temáticas del Arte Romano

Las características estilísticas principales incluyen:

  • Carácter realista: Se manifiesta a través de múltiples retratos, tipos raciales, vestimentas realistas, y paisajes naturales y arquitectónicos identificables.
  • Profundidad y Relieve: Intento de representar la profundidad a través de distintos grados de relieve.

Temas Representados

  • Temas históricos: El emperador da a conocer a los ciudadanos sus virtudes militares, políticas y religiosas.
  • Temas musicales
  • Temas mitológicos

Pintura al Fresco

Un fresco es una pintura realizada sobre una superficie cubierta con dos capas de mortero de cal. La primera capa es de mayor espesor, compuesta por cal apagada, arena de río y agua. La segunda capa es más fina, formada por polvo de mármol, cal apagada y agua, sobre la que se van aplicando los pigmentos cuando todavía esta última capa está húmeda, y por jornadas.

El fresco se ejecuta en jornadas de trabajo de 8 horas, ya que la cal comienza su proceso de secado en un periodo de 24 horas y no admite más pigmentos. Por ello, algunos acabados se realizaban en seco, con temple, es decir, aglutinados con cola. A esa técnica se la conoce como fresco seco.

El Arte del Mosaico

Los romanos construían los mosaicos con pequeñas piezas llamadas teselas, de ahí que se refiriesen a ellos también como opus tessellatum. Las teselas son piezas de forma cúbica, hechas de rocas calcáreas o material de vidrio o cerámica, muy cuidadas y elaboradas, y de distintos tamaños. El artista las disponía sobre la superficie, como un puzle, distribuyendo el color y la forma y aglomerándolas con una masa de cemento.

Función y Evolución Histórica del Mosaico

Los mosaicos eran para los romanos un elemento decorativo fundamental para los espacios arquitectónicos. Llegó a ser un arte tan apreciado y difundido que en el siglo III el emperador Diocleciano promulgó un decreto en el que estableció el precio que los artistas podían dar a sus obras, según los grados de calificación previa.

Cuando en el año 330 el emperador Constantino trasladó la capital del Imperio romano de Oriente a Bizancio, otorgó bastantes facilidades y favoreció el éxodo a los maestros griegos y romanos fabricantes de mosaicos (llamados mosaistas). En Bizancio, el arte del mosaico se unió con la tradición oriental y dio lugar a una evolución que se distinguió sobre todo por el uso muy generalizado de grandes cantidades de oro.

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