El Ascenso de Rosas y la Consolidación de la Confederación Argentina
El Ascenso de Rosas y la Estructura de la Confederación
La Legislatura nombró a Rosas Gobernador de la provincia.
La Confederación
El asesinato de Quiroga obligó a la Junta de Representantes de la provincia de Buenos Aires a buscar una solución a la crisis política generada. Rosas aparecía como el hombre indicado para cuantos creían en la necesidad de un gobierno fuerte como único medio para contener los desbordes hacia los que parecía encaminarse el país. La Legislatura designó gobernador a Rosas.
Su proyecto de organización política del país se basaba en la institución de una Confederación Nacional, integrada por estados independientes. Sus planes se orientaban a:
- Dejar a las provincias en manos de sus caudillos con plenos poderes en el orden local.
- Reservarse para sí el manejo de las relaciones exteriores.
Esto dio como resultado la formación de la Confederación Argentina, cuyo verdadero poder era ejercido desde la ciudad porteña. El gobernador de Buenos Aires orientó su política a la solución de los problemas del interior del país. Prueba de ello fue la promulgación de la Ley de Aduana, un viejo reclamo que imponía fuertes impuestos a la introducción de mercaderías que compitieran con la producción local y regulaba la navegación de los barcos extranjeros por los ríos de las provincias.
La Ley de Aduana
Los federales porteños se opusieron a la nacionalización de la Aduana. Ante las reiteradas críticas del interior contra el libre comercio usufructuado por Buenos Aires, Rosas promulgó la Ley de Aduana. La medida constituyó un aporte para el desarrollo de la producción del interior, deteniendo la ruina de las industrias regionales.
La ley reguló la entrada de determinados productos, llegando a prohibir la introducción de algunos de ellos; las mercaderías no producidas en el territorio de la Confederación pagaban menos que las que competían con la producción del país. La Ley de Aduana, aun cuando significó un enorme avance para el desarrollo general del país, no varió fundamentalmente el sistema de comercialización. Buenos Aires siguió siendo el único puerto habilitado para el comercio de ultramar, de tal modo que las necesidades del interior debían ajustarse a los dictados de la ciudad-puerto.
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