Cinquecento y Manierismo: Miguel Ángel, Leonardo y Rafael, Cumbres del Arte Renacentista
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El Cinquecento y la Crisis del Manierismo
La Escultura: Miguel Ángel
La fascinación que ejerció sobre sus contemporáneos llegó a la veneración absoluta, alcanzó el grado de 'divinísimo'. Fue arquitecto, urbanista e ingeniero, poeta y pintor, sobresaliendo con maestría inigualable en todos estos campos; pero el artista se consideraba fundamentalmente escultor. Formó su genio en el jardín mediceo de la Plaza de San Marcos, en Florencia, donde estudió las obras antiguas coleccionadas por Lorenzo 'el Magnífico'. Influenciado por Donatello, quería representar obras con tal precisión que parecieran divinas, si no fuera porque tienen más gracia y más dibujo. Su fama aumentó y lo reclamaron para confiarle la ejecución del David: joven pastor hebreo, con la honda sobre el hombro. Se dice que esto significaba que 'así como David gobernó a su pueblo con justicia, quien gobernase Florencia tendría que hacer lo mismo'. Realizó la obra en un bloque gigantesco de mármol de Carrara, tan grande que ningún artista se atrevió a enfrentarse a él; pero en el vocabulario de Miguel Ángel no existía la palabra 'imposible'. Se reflejan en su obra sus conocimientos anatómicos. Esta obra marca la división entre su estilo 'dulce' y 'terrible'.
La Pintura: Leonardo, Rafael y Miguel Ángel
Estos tres grandes maestros fueron, en cierto modo, adversarios tanto en la vida como en el arte.
Leonardo da Vinci
Científico, aporta a la pintura el espíritu de la investigación. Su principal contribución será la técnica del sfumato o 'difuminado', que consiste en sombrear las figuras y diluirlas mediante el claroscuro en el espacio. Su precocidad hizo que superara a su maestro: 'pintó un ángel que sostenía unas vestiduras, que estaba mucho mejor que las figuras de su maestro', y Verrocchio no quiso nunca más tomar los colores, mortificado porque un muchacho supiese más que él. En su obra la Sagrada Cena, el procedimiento del fresco no le interesaba a Leonardo, ya que su rápido secado exigía pronta ejecución y el artista necesitaba su tiempo para estudiar cada detalle. En su Tratado de la pintura escribirá: 'Un buen pintor tiene dos cosas que pintar: el hombre y los movimientos del alma. Lo primero es fácil, pero lo segundo no, porque tiene que representarlo a través de las actitudes, de los gestos de sus miembros'. Su obra más importante es la Monna Lisa (Doña Lisa), una florentina, de nombre de casada Gioconda. Sobre un paisaje de atmósfera vaporosa, siluetea una figura que luego difumina, otorgándole una expresión enigmática. Vasari, que la elogia desmedidamente, indica que quien miraba intensamente el hoyuelo de la garganta notaba 'palpitar los pulsos; de modo que aquella obra hacía temblar y temer a todo atrevido artífice'.
Rafael Sanzio
Rafael presenta una personalidad muy diferente a la de los anteriores: no experimentó ni la inquietud experimental de Leonardo ni la angustia de Miguel Ángel. Fue un artista animado, precoz, prolífico y triunfador, aunque murió a temprana edad (a los 38 años). Su obra es un resumen del Renacimiento, especialmente visible en La escuela de Atenas. Esta obra, que sintetiza influencias de Leonardo, Bramante, Donatello, Miguel Ángel y Perugino, es una pieza maestra de armonía y perfección, y se caracteriza por:
- Perspectiva.
- Composición racional con gran número de personajes.
- Fuerza expresiva de los gestos y psicología de los personajes.
- Colorido fuerte y armónico.
Miguel Ángel Buonarroti (como pintor)
Aunque ante todo es escultor, en su pintura destacan la energía de su dibujo y el movimiento. Por encargo del Papa Julio II, realizó la decoración de la Capilla Sixtina en dos fases: primero, el techo con escenas bíblicas de la Creación; y segundo, el testero del altar con el Juicio Final, mostrando así el contacto entre el comienzo y el fin del mundo. Especialmente en el Juicio Final, muestra una pintura grandiosa e impresionante, con un estudio insuperable de formas y actitudes en movimiento. El Cristo es hercúleo y gigantesco. Representa un mundo dramático y pesimista, muy diferente a la pintura del Quattrocento, y constituye la máxima representación del Manierismo. Años después, algunas de las figuras fueron cubiertas con velos por Daniele da Volterra.