Comprender la Superficialidad Humana y Espiritual: Causas, Vicios y Consecuencias
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1. ¿Qué es la superficialidad?
La profundidad es el interés por llegar al fondo de las cosas; la superficialidad, por el contrario, el desinterés por eso mismo; cuando se agudiza llega incluso a la renuncia de hacerse cargo de la verdadera causa o esencia de las cosas para navegar en la superficie de los fenómenos.
El interés por lo profundo, por la última causa y la verdad de cada cosa, permite al hombre, aunque no sin esfuerzo, aferrar la esencia de la realidad. El hombre profundo tiene un pensamiento “filosófico” o “metafísico”, es decir, capta las cosas “por sus causas” y por ellas las explica. El superficial es “fenomenológico”: se limita a describir las cosas según sus apariencias; no sabe lo que son, sino cómo lucen ante él.
Al hablar de “pensamiento filosófico” no me refiero a la filosofía que estudiamos en los libros, sino a aquella que se adquiere en la escuela de la observación reposada y del sentido común; la que es accesible también a la persona sencilla y sin instrucción pero que no carece de un auténtico deseo de saber. Es, como anotó Aristóteles, la primera inclinación de todo ser racional: “todos los hombres desean naturalmente saber”. Esta tendencia ha forjado esa “sabiduría popular” que hallamos en el hombre sencillo pero despabilado, en las tradiciones literarias y en los libros sapienciales de la Sagrada Escritura.
El espíritu superficial también puede definirse como una incapacidad de interioridad. Esta actitud ancla a la persona en lo exterior. Como consecuencia, el superficial, respecto de las cosas, solo percibe lo aparente, lo inmediato, pero se le escapa la esencia, que permanece inabordable para él; respecto de sí mismo, vive en la cáscara, volcado hacia afuera; por eso suele ser extrovertido y, como tal, comprador, simpático, atractivo. Pero se ignora a sí mismo, no se conoce a fondo, ignora sus verdaderas cualidades y sus defectos capitales. La persona que padece de superficialidad tampoco conoce verdaderamente a los demás, aunque crea tener de ellos ideas claras. De todo tiene una noción vaga y trivial.
Conrado Hock, en su clásica obrita “Los cuatro temperamentos”, relaciona este defecto con el temperamento sanguíneo. Sin caer en la simplificación de circunscribirlo solo a él, sus observaciones son muy válidas: “El sanguíneo, dice, no penetra hasta lo profundo, ni va al todo, sino que se contenta con la superficie y una parte del todo. Antes de concentrarse en un objeto, el interés del sanguíneo ya se paraliza y desvanece por las nuevas impresiones que le ocupan. Es amigo de trabajos fáciles, vistosos, que no exigen demasiada labor intelectual. Y es difícil convencerle de este defecto suyo: la superficialidad; pues siempre cree haber entendido todas las cosas; así por ejemplo, haber comprendido bien un sermón, aunque la mitad del mismo haya estado muy lejos de sus alcances intelectuales”.
La superficialidad se traslada a los otros ámbitos de la personalidad en distintas formas:
- Se manifiesta como inconstancia y volubilidad en la voluntad.
- Como capricho en los afectos.
- Como puerilidad en el humor.
- Como debilidad en las resoluciones.
- Frivolidad en el trato.
- A menudo, como sensualidad e incluso desenfreno.
Con la superficialidad se relacionan diversos vicios, unos como sus causas, otros como sus consecuencias. Entre los más destacados señalemos la imprudencia, la mediocridad, la tibieza, la banalidad y la pereza.
Es un grave obstáculo para la vida espiritual, incluso en el caso de los religiosos y consagrados. La venerable Madre Esperanza de Jesús dejó escrita, al respecto, esta sugestiva página:
“Es muy de lamentar que, por el poco saber, algunas religiosas se sirven de las cosas espirituales solo para la satisfacción de los sentidos, dejando el espíritu vacío, para que el jugo sensual les estrague buena parte del espíritu, bebiéndose el agua antes que llegue al espíritu, dejándole seco y vacío. Viviendo en la superficie del alma, se vive también en la superficie de las cosas, porque quien no sabe penetrar en el fondo del alma tampoco sabe penetrar las profundidades de las cosas, se ocupa solo de lo exterior y así solo da importancia a las pequeñeces. Así en los deberes y en sus obligaciones, pone su cuidado en la corteza más que en la savia y en el cuerpo más que en el alma. El alma atada a las prácticas exteriores no puede volar; está aprisionada, encadenada y embotada. Viendo las cosas por su aspecto mezquino se achica y se contrae”.
2. Testimonio sobre la incapacidad de interioridad
“El espíritu superficial también puede definirse como una incapacidad de interioridad. Esta actitud ancla a la persona en lo exterior. Como consecuencia, el superficial, respecto de las cosas, solo percibe lo aparente y lo inmediato, pero se le escapa la esencia, que permanece inabordable para él; respecto de sí mismo, vive en la cáscara, volcado hacia afuera; por eso suele ser extrovertido y, como tal, comprador, simpático, atractivo. Pero se ignora a sí mismo, no se conoce a fondo, ignora sus verdaderas cualidades y sus defectos capitales. La persona que padece de superficialidad tampoco conoce verdaderamente a los demás, aunque crea tener de ellos ideas claras. De todo tiene una noción vaga y trivial”.
— P. Miguel Ángel Fuentes, La Superficialidad
3. El peligro en la vida consagrada
“Es muy de lamentar que, por el poco saber, algunas religiosas se sirven de las cosas espirituales solo para la satisfacción de los sentidos, dejando el espíritu vacío, para que el jugo sensual les estrague buena parte del espíritu, bebiéndose el agua antes que llegue al espíritu, dejándole seco y vacío. Viviendo en la superficie del alma, se vive también en la superficie de las cosas, porque quien no sabe penetrar en el fondo del alma tampoco sabe penetrar las profundidades de las cosas, se ocupa solo de lo exterior y así solo da importancia a las pequeñeces. Así en los deberes y en sus obligaciones, pone su cuidado en la corteza más que en la savia y en el cuerpo más que en el alma. El alma atada a las prácticas exteriores no puede volar; está aprisionada, encadenada y embotada. Viendo las cosas por su aspecto mezquino se achica y se contrae”.
— Madre Esperanza de Jesús
4. Los vicios vinculados a la superficialidad
Ordinariamente el conocimiento del superficial es insustancial, sus opiniones triviales y sus juicios infundados. La persona superficial es la que no “penetra”, no por incapacidad, sino por desinterés, más allá de la superficie.
La superficialidad, ante todo, se corresponde en buena medida con el vicio de la curiosidad, si consideramos el objeto intelectual sobre el que esta recae, que es la apariencia de las cosas, la noticia fugaz y brillante, y, en suma, lo superfluo, intrascendente e innecesario. Esto conduce directamente al chisme y a descuidar lo necesario.
Un segundo vicio que se relaciona con la superficialidad es la desmemoria, o falta de memoria. No me refiero a la dificultad para retener nombres, caras, fechas, acontecimientos..., que puede ser una flaqueza material, sin implicaciones morales en quien la padece. Hablo, en cambio, de la impericia para conservar las lecciones que nos dan los sucesos vividos. Como resultado, la persona no forja una experiencia adecuada; nunca llega a ser lo que suele decirse “un hombre de experiencia”.
Un tercer vicio relacionado con la superficialidad es la falta de circunspección, llamada vulgarmente indiscreción. La circunspección es otra de las partes integrales de la prudencia; en concreto, es la que atiende a las circunstancias de un acto, para asegurarse de que ninguna de ellas resulte inconveniente. Es la “prudencia en las circunstancias”, y permite que una persona se comporte comedidamente.
5. La pereza y la falta de compromiso
También tiene que ver con la curiosidad, pero considerada ahora no en su objeto (lo superfluo y accidental) sino en el modo en que considera las cosas, que es la flojedad o pereza. De hecho, el superficial puede llegar a considerar, quizá por deber u oficio, cosas de suyo importantes, pero en general lo hará con lasitud y pesadez; como resultado, se quedará en la superficie.
Otra expresión indubitable y más nociva de la superficialidad en el plano volitivo es la falta de compromiso y la poca o nula responsabilidad. El superficial evita implicarse a fondo en cualquier cuestión, sea profesional como amorosa. Le gusta emprender obras, pero no se ata a ninguna, dejando siempre la puerta entreabierta para abandonar la faena o la persona si las cosas se ponen “feúchas”. En el plano amatorio el tipo del superficial es el “don Juan”, o el fugaz amante de una noche; en los demás órdenes es el informal, el irresponsable, el inconstante, o, como se dice en Argentina, el “chanta”.
6. Emotividad, prisa e insatisfacción
Emotivamente el superficial es la persona tornadiza, voluble e inconstante. Actúa como las mariposas que se posan en cada flor solo un instante para saltar a otra al momento siguiente. Sus afectos son explosivos, imprevistos, pero se apagan rápidamente. Es simpático para quien lo trata pasajeramente, pero resulta deprimente cuando se espera de él algo serio.
Otra forma en que se expresa la superficialidad es la prisa y la impaciencia con cuanto exija tiempo y maduración. El superficial es, en esto, hijo de la civilización de lo inmediato, del “¡ahora mismo!”. Adolece de la moderación y pausa que requieren los asuntos de peso. Es un hombre inquieto, sin la calma del aplomado. Suele estar en constante movimiento, empezando numerosas actividades y terminando muy pocas de ellas. Este tipo de personas se compromete con muchas tareas, manifestando un verdadero pánico al silencio y a la quietud.
Otra manifestación de la superficialidad es la insatisfacción, que deriva de la dificultad para alcanzar el gozo auténtico. A la persona superficial le cuesta el “reposo del espíritu” y la contemplación. Como solo atiende a la superficie de las cosas, las “agota” rápidamente, porque las sensaciones que producen las cáscaras son muy fugaces. En consecuencia, para llenar su atención se ve obligado a pasar de unas cosas a otras, y así vive en constante movilidad y desasosiego.
7. Raíces y causas de la superficialidad
La raíz de la superficialidad tiene su génesis en un estilo de vida demasiado sensual, cómodo e inmortificado.
- La pereza: Muchos de los casos en que la superficialidad afecta a la voluntad tienen por causa la pereza, que es una “repugnancia voluntaria y culpable al trabajo”.
- La acidia: Otra causa es el vicio de la acidia, que es “cierto disgusto de las cosas espirituales, que hace que las cumplamos con negligencia, las abreviemos o las omitamos”.
- La vanidad: El que vive “de cara al mundo” buscando brillo, aplauso o aprobación, necesariamente tiene que privilegiar lo exterior y las apariencias, porque son estas las que se ven y relumbran.
8. El gran antídoto: La oración verdadera
El gran antídoto contra la superficialidad es la oración verdadera; es decir, la que lleva al verdadero contacto con Dios. No se puede rezar bien y caer en la superficialidad o continuar en ella. Si se reza mal, ya es otra cosa. Porque si se reza bien, Dios golpea al alma purificándola, e invitándola a una continua conversión y ascensión del alma hacia la santidad.