La Contradicción de Galbraith y la Crítica de Stiglitz a la Globalización
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La "contradicción aceptada" de Galbraith
La "contradicción aceptada" de Galbraith señala una incoherencia en la teoría económica clásica, la cual sostiene que el lucro personal es la fuerza motriz universal del comportamiento económico. Este postulado era coherente en la empresa tradicional, donde gestión y propiedad coincidían: el dueño dirigía y se apropiaba de los beneficios.
Sin embargo, en la gran empresa moderna, ambas funciones se separan:
- Tecnoestructura: Directivos, técnicos y gestores que controlan la empresa.
- Accionistas: Propietarios ausentes sin poder real sobre las decisiones estratégicas.
La contradicción radica en que, si el lucro personal es una necesidad humana básica e ineludible, resulta ilógico que desaparezca precisamente en quienes tienen mayor poder de decisión. De hecho, si los directivos siguieran exclusivamente ese instinto, el sistema colapsaría en fraudes masivos; por ello, la propia organización prohíbe y penaliza el enriquecimiento personal directo.
Galbraith concluye que reducir la motivación humana a lo puramente pecuniario es insuficiente. La tecnoestructura se guía por motivaciones más complejas:
- Identificación con la organización.
- Búsqueda de autonomía y poder.
- Adaptación de los fines empresariales a sus propios intereses.
Esto invalida la pretensión clásica de explicar el comportamiento empresarial moderno mediante un único motivo económico.
La crítica de Stiglitz a la gestión de la globalización
¿Qué quiere demostrar Stiglitz y por qué?
Joseph Stiglitz sostiene que la globalización no es negativa en sí misma, sino que el problema reside en la forma en que ha sido gestionada. Instituciones como el FMI impusieron políticas rígidas y uniformes que, lejos de resolver las crisis, las agravaron:
- Liberalización de mercados.
- Apertura financiera acelerada.
- Recortes drásticos del gasto público.
- Subidas de tipos de interés.
Estas políticas respondían principalmente a los intereses de los países ricos y los grandes inversores, trasladando los costes a la población local en forma de desempleo, pobreza e inestabilidad. La solución propuesta por Stiglitz no es rechazar la globalización, sino reformar su gobernanza con reglas más justas y adaptadas a la realidad socioeconómica de cada país.