La demostración de la existencia de Dios y la fundamentación del conocimiento en Descartes

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La clasificación de las ideas y el origen del conocimiento

Obviamente, no puedo partir de las ideas facticias, que son ideas como los unicornios o los centauros, construidas fantasiosamente por mi propia mente a partir de otras ideas. Tampoco puedo partir de las ideas adventicias, que son las que parecen provenir a través de los sentidos y referirse a objetos distintos a mí, ya que no puedo fiarme del testimonio de los sentidos. Y resulta difícil ver cómo podría hacerlo a partir de las ideas innatas, que siempre han estado en mi conciencia y son independientes de la experiencia.

La singularidad de la idea de Dios

Ahora bien, entre estas últimas, hay una que es especial. Se trata de una idea cuyo contenido objetivo hace referencia a una realidad superior a mí mismo: la idea de Dios, entendido como un ser perfecto e infinito. Yo, que soy imperfecto y finito, no puedo haber sido la causa de esa idea, ya que la causa siempre ha de tener una realidad mayor que el efecto. Es necesario que esa realidad perfecta e infinita exista y haya creado en mí esa idea.

La metafísica de la sustancia

Dios existe. De hecho, solo Dios es sustancia en sentido estricto, definida como “aquello que existe por sí mismo y no necesita de nada más para existir”.

  • Res cogitans (sustancia pensante).
  • Res extensa (sustancia extensa).
  • Res infinita (Dios).

La sustancia pensante y la sustancia extensa solo son sustancia en un sentido derivado. Ninguna de las dos necesita de la otra para existir, son independientes entre sí, pero ambas necesitan de Dios, la sustancia infinita, para existir.

La garantía divina y la veracidad del conocimiento

No solo puedo estar seguro de que Dios existe, también puedo estar seguro de que mis ideas o representaciones del mundo son ciertas. Dios no puede engañarnos, porque el engaño es una imperfección y Él es un ser perfecto, infinitamente bueno y veraz. De ahí que Dios sea el garante de la existencia de una realidad externa a mi conciencia y de la veracidad de mi conocimiento sobre dicha realidad.

El origen del error humano

Solo queda explicar el hecho de que, a veces, nuestro conocimiento sea erróneo. Según Descartes, el error se debe a la precipitación, no del entendimiento, sino de la voluntad que, en ocasiones, toma por evidencia clara y distinta o por razonamiento seguro aquello que no lo es. Mientras apliquemos correctamente el entendimiento, es decir, mientras sigamos “el método”, podemos estar seguros de nuestro conocimiento.

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