Descartes: Duda Metódica, Dualismo y Racionalismo en el Discurso del Método
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1. Estructura argumentativa del fragmento
Este fragmento del libro Discurso del método de Descartes presenta una estructura argumentativa, ya que existe en él una serie de argumentos o ideas de la filosofía cartesiana, principalmente relacionados con las reglas o preceptos que Descartes cita en el Discurso del método.
La primera idea del fragmento hace referencia al primer precepto de su moral provisional: descubrir la verdad y huir de lo dudoso, no admitiendo como verdadera cosa alguna. El segundo argumento hace referencia a la primera razón de la duda metódica: las falacias de nuestros sentidos, por lo que hay que dudar del testimonio de estos. También hace referencia a la segunda razón para dudar: la imposibilidad de distinguir vigilia del sueño. Finalmente, concluye argumentando que, al dudar, piensa, y según él es necesario existir para pensar.
El análisis de la estructura de este fragmento quedaría dividido en 3 partes:
- Hace referencia a la moral provisional: duda de todo para rechazar aquello que deje paso a la más ínfima duda.
- Hace referencia a los métodos de conocer que le inducen a error: sentidos, hipótesis del sueño…
- Como duda de todo, se da cuenta de que está pensando y de que para pensar es necesaria la existencia, llegando a la primera evidencia real, distinta, clara y rotunda.
2. Definición y relación de dos palabras clave
En este texto encontramos 2 palabras a definir y relacionar: paralogismo, que aparece en la línea 8, y duda, que lo hace en las líneas 4 y 5 (como opuesto, indudable).
Paralogismo: en el texto significa error, el error en el ámbito de lo medible. Existen paralogismos cuando 2 razonamientos concluyen en afirmaciones contradictorias, por lo que se ponen en duda ambos.
Duda: en el fragmento es inexactitud, inseguridad sobre algún pensamiento, y que por ser inseguro ha de ser descartado como verdadero. Es el estado de fluctuación entre varias opciones.
En el texto, las 2 palabras tienen relación: el paralogismo es un error del ámbito medible, lo cual se causa de que el conocimiento mediante la razón sea dudoso e inseguro, frente a la necesidad de lo evidente. En la filosofía cartesiana la duda es un medio para conocer, por eso es metódica, y gracias a los paralogismos Descartes afirma que, como duda, ha de existir.
3. Dualismo antropológico en Descartes
Descartes, en su intensa búsqueda del conocimiento cierto e indudable, que según él era posible con el método adecuado, atribuyó una dualidad al ser humano que era nueva y original. Su dualismo se basa en la división del ser humano en 2 partes: por un lado el alma, y por otro el cuerpo.
Esta consideración, a diferencia de la platónica, considera que el alma solo es el pensamiento que el ser humano contiene como esencia. En cuanto al cuerpo, a diferencia del alma, no posee nada indudable que lo sujete a existir. Esta consideración puede verse íntegramente relacionada con el mecanicismo y la libertad, aunque Descartes relaciona el mecanicismo con la res extensa y no con el cuerpo.
Para Descartes solo es útil y necesario aquello que es cierto e indudable, por lo que inicia su filosofía en busca de la verdadera ciencia, en la que, utilizando el método apropiado, se pueda comprender realmente.
Descartes, al no encontrar nada que se pueda conocer sin duda, decide comenzar con el método de la duda de todo aquello que puede, para encontrar lo que se pueda percibir con claridad y evidencia. Solo puede encontrar como indudable (en primer lugar) el hecho del cogito ergo sum, «pienso, luego existo»: al pensar, me doy cuenta de que existo, soy consciente de ello. A partir de aquí Descartes diferencia entre alma y cuerpo, porque gracias a esta verdad establece que él es una sustancia (aquello innegable por su evidente certeza) con la esencia de pensar, y que su alma o esencia hace posible que él sea una sustancia, mientras que el cuerpo no tiene esa certeza.
Descartes deduce la existencia del mundo como res extensa, que puede ser estudiada, y está compuesta por muchas sustancias (también indudables) con esencias distintas.
Descartes ve como posible la idea del mecanicismo en la propia res extensa, ya que está condenada a la ley de causa-consecuencia. Es decir, la res extensa contiene unas leyes por las que se rige.
Para Descartes este hecho solo influye en la res extensa. En el caso del alma esto no sucede: el alma es algo distinto, no está atada a las causalidades, es creada por la presencia divina que, como razona en su demostración de Dios, es aquello que creó las ideas innatas. El mundo en cierto modo está atado al mecanicismo y la existencia del alma o ideas innatas a Dios, pero los seres humanos estamos en este mundo con la capacidad de voluntad propia, pues aunque Dios exista eso no nos libera de poder elegir nuestras decisiones o de intervenir en la res extensa. Por tanto, podemos hablar de que el ser humano, independientemente de su condición de mortal, tiene tanto la capacidad de pensar como la de actuar, y podríamos afirmar por ello que el ser humano es libre. Y todo esto gracias a la esencia de los humanos, el alma, porque aunque nuestro cuerpo sea víctima del mecanicismo, nuestra alma nos permite ser libres.
El mundo está compuesto por res extensa, guiada por el mecanicismo, y dentro de este mundo existe el ser humano, compuesto por alma y cuerpo; el cuerpo es parte de la res extensa y comparte sus propiedades, mientras que el alma contiene la esencia de pensar y nos dota de libertad.
4. Platón vs. Descartes
Cuando se expone la teoría del conocimiento cartesiana, es inevitable tener a Platón en el horizonte. Veamos brevemente algunos rasgos platónicos en la obra de Descartes:
- El método cartesiano como vía de acceso a la verdad es comparable al «amor platónico» y a la dialéctica, a ese camino-escalera hacia el mundo ideal, el único verdadero.
- La verdad única, incuestionable, eterna y accesible a la razón humana se parece mucho a la Idea del Bien platónica.
- La desconfianza en los sentidos como fuente de conocimiento ya está en Platón con igual fuerza.
- La consideración de la matemática como paradigma de la ciencia casa muy bien con el ideal platónico y con la leyenda que había a la puerta de la Academia: «Que nadie entre aquí si no sabe geometría».
- La necesidad de Descartes de admitir las ideas innatas para justificar el mundo y la realidad está ya presente en Platón cuando admite la existencia de la verdad en el alma humana.
En definitiva, Platón y Descartes son los 2 representantes mayores del racionalismo como teoría epistemológica. Confianza en la razón, autonomía, verdad única y desconfianza en los sentidos son sus señas de identidad.
5. Estructura del texto sobre la prueba de la existencia de Dios
El texto puede dividirse en 3 partes:
- Primera parte (hasta la línea 9): Descartes reconoce que, como le faltan algunas perfecciones, eso significa que existe algo más, y en concreto ve que depende de Dios, del cual ha recibido ciertas cualidades. Aduce que si fuera solo e independiente de cualquier otro ser, y se hubiera dado el ser a sí mismo, habría sido mejor y con todas las cualidades que ve en Dios.
- Segunda parte (líneas 10 a 18): Descartes observa que, ya conociendo la naturaleza de Dios, lo poco que puede conocer le bastaría con reconocer las perfecciones vistas en el propio sujeto y atribuirlas a Dios de modo absoluto. Indudablemente, Dios posee todas las perfecciones que pueda ver en sí mismo.
- Tercera parte (hasta el final): Descartes ve en sí mismo la composición alma-cuerpo, cuestión defectuosa que no puede darse en Dios. De tal manera que Dios es simple; en cambio, todas las demás cosas existentes, no siendo perfectas, deberían depender de Dios completamente.
Claramente estamos ante un texto argumentativo puesto que su autor está empeñado en deducir unas verdades de otras: desde la cuestión de la que parte, de que no es el único ser existente porque le faltan perfecciones y es dependiente, hasta la necesidad de que Dios no pueda ser compuesto, pasando por las pruebas que aporta para conocer la naturaleza misma de Dios. Puede probarse además que estamos ante un texto argumentativo por la abundancia de conectores «por lo tanto», «por consiguiente». Incluso el propio Descartes admite «en virtud de los razonamientos que acabo de hacer…».
Descartes entiende por «perfección» en el texto las cualidades de Dios, es decir, infinitud, eternidad, inmutabilidad, omnisciencia y omnipotencia. Es evidente que todas ellas no las posee el hombre sino en algún grado limitado. En el hombre está claro que esas perfecciones solo se dan de forma muy restringida. Esto significa que el hombre tiene límites espacio-temporales, es cambiante (dubitativo) y no lo puede ni sabe todo. Así pues, la perfección está en Dios y la imperfección en el hombre; por eso se dice en el texto que el hombre participa poco del ser perfecto. La diferencia entre Dios y el hombre es abismal.
También se señala en el texto como imperfecciones la duda, la inconstancia y la tristeza, con lo que, dándole la vuelta a esas nociones, y por tanto de forma indirecta, Descartes cree que la seguridad, la constancia y la alegría deberían ser cualidades incluidas dentro de la perfección.
Además, debajo del texto, Descartes alude asimismo al hecho de que la composición denota dependencia y que esta es un defecto, por lo que podemos concluir que otra característica a la que se alude indirectamente sería la independencia y la simplicidad, que otra vez solo corresponden a Dios; y al hombre, la dependencia y la complejidad.
En la filosofía de Descartes podemos añadir que «perfección» es una idea encontrada en el sujeto, inexplicable en un ser que no lo es. Así pues, dicha noción de perfección será usada para demostrar la existencia de Dios como ser perfecto (no ya como simple idea en un sujeto), sino como realidad: necesariamente debe existir el ser máximamente perfecto, dado que la existencia es una de las perfecciones incluidas en su ser. Por todo lo cual terminamos por admitir otra cualidad de la perfección, que es la existencia: existir es más perfecto que no existir.
6. La duda metódica en Descartes
La duda en la filosofía cartesiana se convierte en el método que le permite establecer su famoso cogito («pienso, luego existo»), a partir del cual se hallan los criterios generales de certeza, que son la claridad y la distinción.
Descartes, como máximo representante del racionalismo en aquella época, rechaza duramente la antigua filosofía. Confía en la razón y en la posibilidad de alcanzar una certeza absolutamente verdadera. Para ello utilizará la duda como método, de ahí la denominación de duda metódica, bajo cuya especulación somete principalmente 3 «elementos»:
- Los sentidos, que nos engañan y nos proporcionan un conocimiento inseguro.
- La confusión que existe entre la realidad y el sueño, donde a veces es difícil distinguir la vigilia del sueño.
- La duda incluso de la propia existencia del mundo material, cuya «visión» podría ser fruto de la imaginación.
- La duda sobre la posibilidad de la existencia de un genio maligno cuya misión consistiría en arrastrarnos hacia el error incluso cuando estábamos seguros de la certeza.
El uso de la duda cartesiana es una duda de carácter metódico que tratará de derrotar al escepticismo y encontrar una certeza absolutamente verdadera que permitirá el desarrollo del resto de la filosofía.
El camino para encontrar la primera certeza es la duda metódica, que constará de 4 pasos:
- Evidencia: consiste en no admitir como verdadero todo aquello de lo que no se tiene evidencia, para no caer en el error. Sería conveniente no precipitarnos en aceptar lo confuso como verdadero, y no excedernos en la prevención no aceptando la evidencia por exceso de desconfianza. Además, seguir el criterio de verdad que nos permite distinguir lo verdadero de lo falso.
- Análisis: consiste en «analizar» los problemas hasta reducirlos a los más sencillos, de manera que sean captados por la intuición de manera clara y distinta.
- Síntesis: es el paso de los pensamientos simples a los complejos a través del método deductivo.
- Enumeración: permite extender la evidencia captada por la intuición a la deducción.
La elaboración de este método y su aplicación le permiten, por una parte, el hallazgo de la primera verdad, «cogito ergo sum», sobre la que construirá su edificio filosófico, y por otra parte le suministra el criterio de verdad. También le permite establecer la definición de su ser, es decir, es una sustancia pensante y no necesita del cuerpo para existir, aunque esté estrechamente relacionado con este.
El problema con el que se enfrenta el pensador ahora es el «encarcelamiento» en su propio pensamiento y la dificultad que supone salir del mismo y explicar la existencia del mundo extramental. Para solucionar este obstáculo servirán las ideas, forma que adoptan nuestros pensamientos, entre las que se encuentra la idea de Dios: idea innata, perfecta y con realidad objetiva. Esta tiene su existencia comprendida en la misma idea. La existencia de Dios en la propia idea de Dios será demostrada a través de 3 argumentos: el argumento de causalidad referido a la idea de infinito, el argumento de la idea de perfección y el argumento ontológico.
La conclusión final a la que llega Descartes es que Dios existe, y es el garante de la verdad de la existencia de las cosas materiales de las que tenemos ideas en nuestro pensamiento. Este Dios, tan perfecto y bueno, no permitirá que nos engañemos sobre la existencia de las cosas materiales. El error se debería entonces exclusivamente a la prevención, la precipitación y a la libre voluntad que elige erróneamente aquello que no se presenta de manera clara y distinta.
Descartes, a través de la duda metódica, alcanza su objetivo, que es encontrar una primera verdad que sirva de base para el conocimiento filosófico, «pienso, luego existo», y además halla el criterio de verdad que le permitirá distinguir la verdad de la falsedad. Este criterio, junto con Dios como garante de la verdad, permiten obtener el verdadero conocimiento, pues a veces nos equivocamos, pero esto ocurre bajo nuestra responsabilidad, ya que somos seres imperfectos y libres con tendencia a la equivocación. En ningún caso podemos responsabilizar a Dios de nuestra equivocación, que es la cumbre de la perfección, ni tampoco a nuestra razón, que bien dirigida por nuestra parte no se equivocaría: los únicos culpables de nuestros errores somos nosotros mismos.