Don Quijote y Sancho Panza: La Profunda Evolución de Personajes en la Obra de Cervantes

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Los Personajes Centrales de Don Quijote

Sancho Panza: El Contrapunto Realista

Ausente en la primera salida de Don Quijote, Sancho Panza no aparece en la novela hasta el capítulo 7. Miguel de Cervantes lo presenta como un hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera. En efecto, Sancho se embarca en la aventura de servir a Don Quijote como escudero porque cree todas las maravillas que este le cuenta acerca de los libros de caballerías. Además, Don Quijote lo tienta ofreciéndole el gobierno de la primera ínsula que conquiste, lo que acaba de convencerlo.

Cuando Sancho habla, representa el contrapunto realista a las locuras de su amo: él ve los molinos donde el otro ve gigantes e intenta convencerlo para que no se meta en líos. Sin embargo, Don Quijote tiene la respuesta adecuada a las objeciones de su escudero: él no puede ver los gigantes porque no entiende los asuntos de la caballería andante.

Dulcinea del Toboso: El Ideal Inalcanzable

Es el nombre que Don Quijote busca para su amada, Aldonza Lorenzo, y nunca aparece en la novela si no es en los pensamientos de su enamorado caballero, o cuando Sancho relata a su amo cómo fue su supuesta entrevista con ella. En su nombre, Don Quijote comete las mayores locuras y arriesga su vida, como hacían los protagonistas de las novelas de caballerías. Y a ese amor se mantiene siempre fiel.

La Sanchificación de Don Quijote y la Quijotización de Sancho Panza

A lo largo de la obra, y desde la aparición de Sancho, se produce un curioso proceso de influencia mutua entre amo y escudero, de tal forma que podemos afirmar que Don Quijote va sufriendo un proceso de sanchificación y Sancho, uno paralelo de quijotización. En efecto, el lector ve con asombro cómo poco a poco el escudero se va contagiando de la locura del amo, hasta llegar a ser en muchas ocasiones el motor de los disparates en que se ven envueltos; o, por el contrario, Don Quijote va sufriendo cada vez menos ataques de locura y, cuando lo hace, casi parece que es más por obligación que un verdadero enajenamiento.

Este proceso es el resultado del diálogo permanente entre amo y escudero: obligados a pasar todo el día juntos, cabalgando durante horas, la conversación entre ellos es una constante, y con ella se va deslizando la influencia que ejerce la personalidad del uno sobre el otro.