El movimiento obrero

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El movimiento obrero
El movimiento obrero
Desde mediados del siglo XVIII fueron cambiando, sobre todo en Inglaterra, las condiciones de trabajo. Al implantarse la libertad de producción los antiguos artesanos perdieron todos sus privilegios. Los propietarios fijaban las condiciones de la producción y de contratación laboral.
Los trabajadores de las nuevas manufacturas eran campesinos que habían emigrado a la ciudad para conseguir trabajo, y también, población urbana, en especial artesanos arruinados porque no podían competir con la introducción de las nuevas máquinas. Se transformaron en proletarios que necesitaban trabajo y eran contratados por el proletariado del taller o la fábrica para cumplir la jornada laboral a cambio de un salario.
El trabajo asalariado fue configurando una nueva clase obrera que se consolidaría sobre todo a partir de 1820, al iniciarse la era de la fábrica. Las fábricas, locales mayores que los talleres y con máquinas más potentes movidas con la energía del vapor o la hidráulica, afianzaron un nuevo orden laboral: jornadas de hasta 15 horas, un ritmo de trabajo constante y sin descanso también aplicado a mujeres y niños, una dura disciplina y unos salarios bajísimos.
Los cambios en el mundo del trabajo provocaron conflictos aislados e incluso motines. Surgieron asociaciones de trabajadores formadas sobre todo por oficiales artesanos en vías de proletarización. Primero se organizaron los trabajadores de un mismo oficio y a nivel local; posteriormente se fueron uniendo localidades diversas y distintos oficios. Ante la formación de sociedades obreras y las acciones colectivas, la intervención gubernamental adquirió un carácter represivo.
Se desarrollaron movimientos radicales, que propugnaban reformas democráticas y reclamaban derechos y libertades. En las ciudades inglesas se impulsaron movilizaciones, marchas y concentraciones en las que participaron los trabajadores, a favor de la reforma política y la abolición de las leyes antiasociativas.
Por la noche, como protesta, fueron incendiados más de 60 telares. La destrucción se asoció a un dirigente, el capitán Ned Ludd, que pronto adquirió una dimensión mítica.
El ludismo se extendió a las regiones industrializadas de Inglaterra y en el continente europeo, desde la Bretaña hasta Alcoy y Barcelona. Fue por objeto de persecución gubernamental y entró en declive a partir de 1817, si bien en la década de 1830 se reactivó en el campo inglés con ataques a las máquinas trilladoras.

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