España (1808-1900): De Fernando VII al sistema canovista y la Restauración
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El reinado de Fernando VII. La cuestión sucesoria
Sexenio absolutista: El reinado de Fernando VII está marcado por tensiones entre el absolutismo y el liberalismo. Cuando vuelve a la capital lo hace con hostilidad hacia las Cortes y por otro itinerario. El Manifiesto de los Persas fue firmado por 69 diputados y el rey promulgó el Decreto de Valencia. A nivel internacional, Napoleón había caído y se creó la Santa Alianza. Durante el Sexenio Absolutista se inicia la persecución a los liberales y en este momento hay una crisis económica y política. Por su parte, los liberales forman sociedades secretas y llevaron a cabo pronunciamientos (revueltas), como el de Lacy en Barcelona.
El Trienio Liberal
Durante el Trienio Liberal, Riego empuja al rey a jurar la Constitución de 1812, instaurando el liberalismo. Se crean nuevas Cortes que se enfrentan a la división liberal, a la deslealtad del rey y a la oposición realista (sublevación de la Guardia Real en Madrid).
Década Ominosa
El Trienio Liberal termina con la intervención de la Santa Alianza y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis para ayudar a Fernando VII y recuperar el absolutismo (1823). De nuevo se anulan las medidas liberales, se suprime la Constitución de Cádiz (1812) y se restablecen las instituciones del Antiguo Régimen. También se persigue de nuevo a los liberales hasta el exilio, la cárcel o la muerte.
La difícil situación económica y política lleva al rey a apoyarse en liberales moderados como Cea Bermúdez. Así se promueven reformas que molestan a los absolutistas más radicales y se produce la Revuelta de los Malcontentes.
La cuestión sucesoria
Los absolutistas radicales empezaron a apoyar al hermano del rey, Carlos María Isidro, para relevarle. En 1830 María Cristina de Borbón quedó embarazada de una niña y, para que reinase, se promulga la Pragmática Sanción, derogando la Ley Sálica. Carlos María Isidro consideró esto ilegítimo.
Cea Bermúdez garantizó el apoyo liberal y aseguró que Isabel reinaría, permitiendo que regresaran los exiliados. En 1833 el rey muere; su hija Isabel II sería la heredera teniendo como regente a María Cristina de Borbón. Carlos María Isidro no lo acepta, firma el Manifiesto de Abrantes y comienza la primera guerra carlista.
El proceso de independencia de las colonias americanas. El legado español en América
Las causas del proceso de independencia de las colonias americanas fueron:
- Causas estructurales: difusión del liberalismo y descontento criollo.
- Causas coyunturales: la Guerra de Independencia Española (1808-1814) y el sistema de juntas.
Comienzan las primeras declaraciones de independencia protagonizadas por los criollos. Durante el Sexenio Absolutista se radicaliza el movimiento independentista y Paraguay se independiza en la primera etapa.
Simón Bolívar reorganiza las tropas y en 1818 Chile se independiza tras la derrota de los realistas en Chacabuco. Con el triunfo de Bolívar se crea la Gran Colombia. Agustín de Iturbide, por su parte, lidera la independencia mexicana con el Plan de Iguala (1821) y Antonio José de Sucre consigue la independencia del Perú.
A nivel internacional, Gran Bretaña apoya a los independentistas por su interés en el libre comercio. En 1823 el presidente de EE. UU., James Monroe, con su doctrina defendía a América rechazando la intervención europea con la frase «América para los americanos».
El legado español en América fue: político, administrativo, económico, cultural, religioso y lingüístico.
Isabel II. La Regencia
Cuando muere Fernando VII (1833), su esposa María Cristina mantiene como jefe de gobierno al liberal Cea Bermúdez, que impulsó reformas como la división de España en 49 provincias; sin embargo, fueron escasas y en 1834 fue sustituido por el liberal Martínez de la Rosa, cuyo mayor logro fue el Estatuto Real de 1834, una carta otorgada conservadora.
Ante esto, los liberales progresistas hicieron un pronunciamiento militar en La Granja (1836) y la reina volvió a la Constitución de 1812, nombrando presidente a Calatrava (liberal). Éste promovió la desamortización de Mendizábal, que acabó con el Antiguo Régimen.
En 1837 se aprueba una nueva constitución entre progresistas, moderados y la Corona que renunciaban al absolutismo a cambio de dar más poder a la Corona. La reina regente sustituyó el gobierno progresista por uno moderado. Hubo altercados progresistas; la reina pidió ayuda al general Espartero, este se la negó y, al final, María Cristina renunció y se exilió a Francia.
Así comenzó la Regencia de Espartero, que fue de carácter autoritario. En 1842 aprobó la ley librecambista que abría el mercado español a los tejidos de algodón ingleses, lo que fue una amenaza para la industria textil catalana. Esto provocó un levantamiento en Barcelona y Espartero ordenó bombardear la ciudad. Los moderados aprovecharon para conspirar, liderados por los generales Narváez y O'Donnell, y vencieron; Espartero se exilió a Inglaterra.
Tras fracasar las dos regencias, se adelantó la mayoría de edad de Isabel, que fue proclamada reina en 1843 con trece años.
Guerras carlistas
El carlismo comenzó por la cuestión sucesoria cuando Fernando VII abolió la Ley Sálica en 1830 y su hermano Carlos María Isidro fue desterrado a Portugal y publicó el Manifiesto de Abrantes reclamando el trono. Se organizaron guerras carlistas por todo el país comenzando la primera guerra carlista (1833-1839).
Por un lado estaba el bando carlista, que defendía la monarquía absoluta, católica y tradicional, formado por la nobleza rural, clérigos y campesinos. El bando isabelino estaba apoyado por liberales, ejército, administración, burguesía y profesionales liberales.
El desarrollo de la guerra comienza con la ocupación de zonas rurales: los carlistas tomaron la región vasconavarra, zonas de Aragón, Cataluña y Valencia. En una segunda fase intentaron ampliar su influencia con dos expediciones militares, pero fracasaron. El general Espartero levantó el segundo sitio de Bilbao tras la batalla de Luchana (1836), que decantó la guerra hacia el bando isabelino. Finalizó con la firma del Convenio de Vergara (1839), por el que los carlistas reconocen a Isabel II como reina.
La guerra tuvo consecuencias humanas y económicas. Con Isabel II se asentaron las bases del liberalismo, aunque el carlismo continuó en la segunda y tercera guerra carlista; esto retrasó la industrialización en el país.
En esta etapa hubo dos grandes grupos políticos: los liberales (progresistas y moderados) que defendían la monarquía constitucional —los progresistas abogaban por la soberanía nacional y amplios derechos individuales; los moderados preferían un amplio poder para la Corona y derechos más limitados—, y los carlistas, que defendían el Antiguo Régimen y los fueros.
El Estatuto Real de 1834 era una carta otorgada de carácter conservador con poderes para la Corona. En él no se reconocía la soberanía nacional ni los derechos individuales y había Cortes bicamerales (Próceres y Procuradores) que no redactaban leyes. La Constitución de 1837 se acordó entre liberales y la Corona; reconocía la soberanía nacional y amplios derechos, pero no incluía la libertad religiosa.
El reinado de Isabel II
Década moderada (1844-1854)
El moderantismo quería acabar con la etapa revolucionaria y aplicar reformas para la estabilidad política. Las elecciones de 1844 las ganó el moderado Narváez, que implementó un Estado centralizado, aprobó la Constitución de 1845, creó el código civil y penal, creó la Guardia Civil y la Ley Mon (reforma fiscal). Tuvo lugar la segunda guerra carlista (1847-1849), hubo pronunciamientos progresistas y la corrupción se generalizó.
La Constitución de 1845 tenía una ideología liberal-moderada: defendía la soberanía compartida con Cortes bicamerales, apostaba por el sufragio censitario (aprox. 1%), derechos limitados y confesionalidad católica.
La Vicalvarada o revolución de 1854
Los demócratas intentaron un pronunciamiento pero fracasaron. En el Partido Moderado surgieron distintas corrientes como los "puritanos", críticos con el gobierno. O'Donnell y sus tropas se sublevaron en Vicálvaro y fueron rechazados en Madrid; más tarde contactaron con Serrano (progresista) para crear un manifiesto que uniera distintas corrientes políticas: el Manifiesto de Manzanares (1854), redactado —según algunas fuentes— por Cánovas del Castillo, y apoyado por demócratas y progresistas. Prometía consenso político, mantener la Corona, cumplir la Constitución, reducir impuestos y restablecer la Milicia Nacional.
Bienio progresista
Con el Manifiesto de Manzanares se unen demócratas, progresistas y algún moderado (Martínez de la Rosa) y comienza el bienio progresista. Se producen movilizaciones sociales e Isabel II nombra a Espartero como jefe de gobierno. El gobierno quiso restaurar el orden público; demócratas y republicanos fueron hostiles, existiendo división entre progresistas legales y puros. La cuestión social pasó a ser debate político: hubo huelgas generales y movimientos de los primeros socialistas.
Medidas relevantes de este periodo: Desamortización de Madoz (1855), creación de nuevos bancos (para movilizar capital nacional y buscar inversión extranjera) y un proyecto de Constitución (1856) que no llegó a entrar en vigor (non nata). Se hicieron frente a problemas como conflictos sociales y políticos, hostilidad de la Corona, heterogeneidad en el gobierno y la quiebra del progresismo. Aun así, se liberó por completo el mercado de tierras y capitales y se incorporó una nueva forma de entender la política con atención al factor social.
Vuelta al moderantismo (1856-1868)
Espartero dimitió y O'Donnell declaró el Estado de Sitio; los moderados no consiguieron imponerse y se impuso el unionismo.
El momento unionista (1856-1863)
La Unión Liberal (liderada por O'Donnell) hizo frente a la oligarquización del Partido Moderado, a la participación legal del progresismo y buscó estabilizar el régimen liberal. Promovieron leyes como la Ley Moyano (1857) y una ambiciosa política de obras públicas. Hubo expansión industrial y urbanización, cambios en la estructura económica y social y expediciones internacionales (Indochina en 1858 y la intervención en México en 1861).
Los demócratas y los republicanos fueron hostiles por la falta de sensibilidad social. La conflictividad creció y en 1863 O'Donnell dimitió; le sucedió Narváez, comenzando un periodo de inestabilidad con sucesión de gobiernos.
A partir de 1865 hubo una crisis financiera (por el hundimiento de las acciones), crisis agrícola (malas cosechas), crisis política (difusión de ideas democráticas) y la Guerra de Secesión americana (que paralizó el comercio del algodón).
La Noche de San Daniel (1865)
El periodista Emilio Castelar escribió críticamente sobre Isabel II, fue destituido por Narváez y ello desencadenó la sublevación de los estudiantes. Progresistas y demócratas fueron reprimidos en la Puerta del Sol (Madrid) y hubo muertos y heridos: este episodio se conoció como la Noche de San Daniel.
La sublevación del cuartel de San Gil
Tras la Noche de San Daniel, Narváez fue destituido por O'Donnell. Los progresistas, con Prim, y los demócratas se pronunciaron en el cuartel de San Gil consiguiendo apoyos. La reina consideró que la represión fue débil y destituyó a O'Donnell.
El Pacto de Ostende
Fue la alianza de los opositores a Isabel II (progresistas, unionistas y demócratas), firmada por Prim, Serrano y Martos. Tras el pacto, Prim y Topete llevaron a cabo un pronunciamiento en Cádiz, iniciándose la Revolución de La Gloriosa (1868).
El Sexenio Revolucionario (1868-1874)
El Sexenio Revolucionario comienza cuando Topete, secundado por Prim y Serrano, se subleva en Cádiz y se forman juntas revolucionarias. De este modo, republicanos y demócratas dominan la política con amplio apoyo popular. Serrano vence al ejército isabelino e Isabel II se ve obligada a marchar al exilio en Francia.
Tras estos hechos se forma el Gobierno Provisional (1868-1871), integrado por unionistas como Serrano —que dirige el gobierno— y progresistas como Prim. Serrano es nombrado regente y Prim encabeza el gobierno, buscando instaurar una monarquía constitucional. Durante esta etapa se unifica la moneda con la peseta (1868), se pone fin al proteccionismo y en 1870 Isabel II abdica en favor de su hijo Alfonso. Además, se adoptan medidas como la libertad de prensa y de cátedra, se intenta alfabetizar a la población, se disuelven las juntas revolucionarias y se inicia la primera guerra de Cuba (1868-1878), que finalizará con la Paz de Zanjón. También se convocan elecciones a Cortes constituyentes por sufragio universal masculino.
Las elecciones fueron ganadas por los progresistas, que se aliaron con los unionistas y redactaron la Constitución de 1869. Esta Constitución defendía la soberanía nacional, la separación de poderes, la libertad de culto y el reconocimiento de derechos y libertades individuales.
La rebelión cubana se inició con el Grito de Yara y estuvo motivada por razones políticas y económicas. Frente a los independentistas se situó el partido españolista, contrario a la independencia y a la abolición de la esclavitud. Desde la Península se envió al general Dulce, aunque los españolistas se opusieron a sus actuaciones. Finalmente, los independentistas fueron derrotados y se firmó la Paz de Zanjón.
El reinado de Amadeo de Saboya (1871-1873) comenzó en un contexto muy complicado: llegó a España con su principal valedor, Prim, asesinado, y fue considerado un intruso por la aristocracia. En 1872 se inició la tercera guerra carlista (1872-1876), continuó la rebelión cubana y se produjeron avances del republicanismo y del movimiento obrero.
El asesinato de Prim tuvo lugar en 1870, abatido a tiros; aún hoy existen diversas hipótesis sobre quién pudo planearlo (republicanos, Serrano o el partido cubano, entre otros).
La Primera República (1873-1874) estuvo marcada por gran inestabilidad, con cuatro presidentes en apenas once meses. Figueras intentó gestionar la crisis cubana y abolió la esclavitud en Puerto Rico. Pi y Margall defendió una República federal y laica y tuvo que hacer frente al cantonalismo. Salmerón, de tendencia conservadora, se centró en mantener el orden público, mientras que Castelar reforzó el poder del Estado. Finalmente, el general Pavía dio un golpe de Estado que puso fin a la Primera República; tras esto Serrano fue nombrado presidente y aplicó una política represiva.
Cánovas del Castillo preparó la restauración borbónica con Alfonso XII y redactó el Manifiesto de Sandhurst con el objetivo de evitar un pronunciamiento militar. Sin embargo, Martínez Campos llevó a cabo un pronunciamiento y proclamó a Alfonso XII como rey de España.
El sistema canovista, la Constitución de 1876 y el turno de partidos
El sistema canovista se desarrolló durante el régimen de la Restauración (1874-1902), que se asentó sobre la necesidad de superar la inestabilidad política del Sexenio Democrático. Antonio Cánovas del Castillo organizó el regreso de la monarquía a través del Manifiesto de Sandhurst, firmado por Alfonso XII, en el que se prometía un régimen constitucional basado en el orden, el catolicismo y el liberalismo. Este proceso se vio acelerado por el pronunciamiento militar de Martínez Campos en Sagunto, que proclamó rey a Alfonso XII.
La Constitución de 1876 se convirtió en el pilar jurídico del nuevo régimen, destacando por su carácter conservador y su larga vigencia. Establecía la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, otorgando al monarca un papel incuestionable y amplias facultades (mando del Ejército, derecho de veto, potestad para nombrar ministros o disolver las Cortes). Declaraba el catolicismo como religión oficial del Estado, aunque permitía la práctica privada de otros cultos, y reconocía derechos como la libertad de expresión, reunión y asociación, aunque éstos podían ser suspendidos por decisión real. En el plano territorial, se impuso un modelo centralista que afectó a los privilegios forales.
El sistema político funcionó mediante el turnismo, un relevo pacífico en el poder entre el Partido Conservador (apoyado por la burguesía y los terratenientes, liderado por Cánovas) y el Partido Liberal (respaldado por las clases medias y altos funcionarios, dirigido por Sagasta). Este sistema quedó consolidado con el Pacto del Pardo (1885), mediante el cual ambos partidos acordaron alternarse en el poder. El cambio de gobierno no dependía del voto popular, sino de la decisión del Rey, tras la cual se convocaban elecciones manipuladas. El fraude electoral se basaba en el encasillado, el pucherazo y el caciquismo, especialmente en el medio rural.
La primera etapa de la Restauración estuvo dominada por gobiernos conservadores encabezados por Cánovas del Castillo, quien logró la derrota definitiva del carlismo y la pacificación de Cuba. En 1881 se inició el turnismo y Cánovas cedió el poder a los liberales de Sagasta, que gobernaron hasta 1884, mientras que entre 1884 y 1885 hubo de nuevo un gobierno conservador.
La oposición al sistema canovista fue diversa y constante: surgieron los nacionalismos periféricos como reacción al centralismo del Estado. El catalanismo evolucionó desde la Renaixença cultural hasta las Bases de Manresa (1892) y la creación de la Lliga Regionalista, defendiendo una Cataluña con autonomía política. El nacionalismo vasco, impulsado por Sabino Arana y el PNV, adoptó una postura más radical, defendiendo la independencia cultural y la tradición frente a la inmigración provocada por la industrialización.
El movimiento obrero también constituyó una oposición relevante. En 1879 se fundó el PSOE, liderado por Pablo Iglesias, y en 1888 la UGT, que representaron la vía socialista, evolucionando desde planteamientos revolucionarios hacia el reformismo. El anarquismo, muy extendido en Cataluña y Andalucía, se dividió entre el sindicalismo organizado en la CNT y la llamada propaganda por el hecho, basada en atentados.