Estudio Completo sobre la Semana Trágica de 1909 en España
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La Semana Trágica y sus Consecuencias
a) Causas
Los sucesos de la llamada Semana Trágica de Barcelona tuvieron su origen en la situación de tensión y agitación que vivía la ciudad ya en años anteriores: al éxito del nacionalismo hay que sumar el crecimiento de la movilización obrera y del republicanismo entre sectores de clase media y popular.
El anticlericalismo
En Barcelona habían crecido los sentimientos anticlericales (una de las imágenes más tópicas que han quedado de la Semana Trágica es la del asalto de los conventos y la exhumación de las tumbas situadas en los sótano y patios de las casas religiosas). A partir del comienzo de siglo, mientras permanecía casi estabilizada la cifra correspondiente al clero secular, el incremento del clero regular llegó a superar el 12% entre 1900 y 1910. La repatriación de frailes y monjas procedentes de las últimas colonias americanas y de Filipinas, y la entrada en España de eclesiásticos fugitivos de la legislación dictada por la tercera República francesa, explican aquella plétora de religiosos.
Si a este crecimiento se añade el hecho de que la Iglesia española era ya entonces predominantemente urbana en el marco de una sociedad predominantemente rural, aquella se hallaba en una situación problemática no tanto en el plano ideológico cuanto en el sostenimiento económico de algunas órdenes religiosas tras la repatriación. En este terreno ha podido verificarse cómo la presencia de miembros del clero, bien ocupando puestos en las ciudades tradicionalmente reservados a las capas medias en escuelas, reformatorios, asilos y prisiones, o bien ocupándose las monjas en oficios de costura y lavandería, entraba en competencia laboral con las mujeres de los asalariados.
Además, habría que añadir su significativa presencia en la enseñanza; su talante abiertamente antiliberal, unido a una serie de exos e incidentes menores, eso sí, continuados, que fueron magnificados por la prensa liberal y republicana, hicieron aumentar peligrosamente los ataques a la Iglesia.
Desarrollo del movimiento obrero
En Cataluña, el PSOE y la UGT tenían una escasa implantación. Entre los obreros predominaba la ideología anarquista, pero esta tendencia estaba escasamente articulada en asociaciones o sindicatos. En 1907 se creó Solidaridad Obrera, una alternativa a Solidaridad Catalana, con el objetivo de aunar a las diferentes organizaciones de todas las tendencias. Pero la nueva entidad no consiguió reunir al conjunto de la clase obrera barcelonesa, que a las alturas de 1909 carecía, por tanto, de coordinación y unidad de acción suficientes.
Radicalismo republicano
Una parte de la culpa la tenía la aparición de una fuerza nueva, el Partido Republicano Radical, dirigido por Alejandro Lerroux, un personaje de clase media, gran orador, de planteamientos españolistas, anticlericales y aparentemente revolucionarios, pero que en la práctica no proponía un cambio social auténtico. El mensaje contundente de sus frases, su constante actitud crítica, hicieron que una buena parte de las clases medias y, lo que es más significativo, de los trabajadores catalanes, pasaran a apoyarlo, sobre todo entre los numerosos inmigrantes que llegaban a Barcelona y su cinturón industrial.
El radicalismo no consiguió un peso político importante y duradero entre las clases medias, pero sí restó fuerza al movimiento obrero barcelonés, al desviar votos y militancia con su propaganda populista y demagógica. En cuanto al resto del movimiento republicano, se encontraba dividido entre viejos federalistas y sectores reformistas, por lo que apenas contaba con apoyo en Cataluña. Otro tanto ocurría con los partidos del turno, barridos por Solidaridad Catalana en 1907.
Así, pues, la incidencia política del lerrouxismo, la urbanización del clero y la recesión económica que atravesaba la industria figuraban entre los nuevos componentes incorporados al complejo entramado catalán, en el momento en que se producía la llamada del gobierno a los reservistas para repeler la agresión marroquí a las obras del ferrocarril de Melilla.
b) Desarrollo de los acontecimientos
La chispa de la explosión popular vino de la crisis marroquí y de los errores del gobierno:
Desde los últimos años del siglo XIX la presencia española en el reino de Marruecos había ido aumentando. Era uno de los últimos territorios «libres» de África, tras el reparto colonial, y sobre él se concitaban las ambiciones y tensiones de las grandes potencias. Tras el desastre, la posibilidad de un imperio colonial africano, que conectaba con el pasado histórico del país, vino a sustituir las frustradas expectativas de los colonialistas españoles. Tras un primer acuerdo franco-español en 1904, que otorgaba a España la administración del Rif, en 1906 la Conferencia de Algeciras concedió a ambos países el protectorado conjunto sobre el sultanato, y entregó a España la administración de la región citada.
En los años siguientes, compañías españolas comenzaron a instalarse allí, con el objetivo de explotar las riquezas mineras de la región, y junto a ellas se enviaron algunas tropas. En julio de 1909, los miembros de algunas cabilas próximas a Melilla atacaron a los trabajadores españoles de una de tales compañías. El gobierno de Maura decidió trasladar soldados para proteger los intereses españoles, pero en vez de enviar a las tropas situadas en Andalucía, el ministro de la guerra cometió el error de aprovechar la ocasión para ensayar el plan de movilización de reservistas, y ordenó la incorporación de estos en Madrid y Barcelona.
Las protestas generalizadas ante lo irracional de la medida, especialmente en Cataluña, no fueron atendidas. El 18 de julio, cuando las tropas embarcaban en el puerto de Barcelona, hubo incidentes graves, cuando algunas damas de la alta sociedad intentaron entregar medallas a los soldados. En Madrid, las mujeres y madres de los alistados invadieron las vías para intentar detener los convoyes (desde sus inicios, el conflicto de Marruecos significó una enorme sangría para el ejército español, y una guerra extremadamente impopular).
La tensión fue en aumento en los días posteriores. Solidaridad Obrera convocó huelga general para el día 26 de julio y la UGT se sumó de mala gana. La formación de un comité de huelga integrado por socialistas y anarquistas, al que se adhirieron obreros lerrouxistas, y la declaración de la huelga general 2 días después marcaron el comienzo de una insurrección que desembocó en 5 días de quema de conventos y escuelas regentadas por religiosos (la insurrección fue rechazada por los republicanos catalanistas y también por los radicales).
Las noticias del desastre del Barranco del Lobo, que causó más de 1.200 bajas, coincidieron con el inicio del paro, que fue total en la ciudad. Por la tarde se declaró el estado de guerra, mientras la huelga se extendía a las ciudades industriales vecinas. Fue a partir de la noche, y sobre todo al día siguiente, cuando el comité de huelga perdió el dominio de la situación, que derivó en el asalto y quema de conventos por parte de la población.
Comités obreros se hicieron con el control de Sabadell, Granollers y alguna otra localidad, mientras los enfrentamientos entre huelguistas, policía y ejército se recrudecían. Durante 3 días menudearon los incendios y las luchas callejeras en Barcelona, aislada del exterior, hasta que el jueves 29 la tensión comenzó a remitir, volviéndose a una cierta normalidad en la mañana del sábado.
c) Consecuencias inmediatas
El balance fue de 116 muertos, unos 300 heridos y más de sesenta edificios destruidos. A ello hay que añadir múltiples destrozos y heridos no cuantificados oficialmente. Pero la represión posterior fue aún mayor: registros, cerca de 1.500 detenciones y 1.700 procesos. Hubo 17 condenas a muerte, de las que se ejecutaron 5.
La brutalidad de la represión llegó al límite con el procesamiento irregular, condena y ejecución del pedagogo y anarquista Francisco Ferrer i Guardia, fundador de la Escuela Moderna. Hoy parece demostrado que no participó en los sucesos, y que en realidad la condena se basó en indicios insuficientes; más bien se quería personificar en él el escarmiento, y se utilizó su fama de luchador anarquista y las sospechas que existían de haber instigado el atentado fallido contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda en 1906.
Su ejecución se produjo en medio de una oleada de protestas internacionales, y contribuyó a mitificar al personaje. Consecuencia de todo ello fue la caída de Maura: ante el desprestigio del líder conservador, en noviembre Alfonso XIII le retiró su confianza.
d) Consecuencias posteriores
Hasta los comienzos de la guerra europea, las repercusiones sobre el sistema parlamentario y las fuerzas regionales, sobre el movimiento obrero e incluso sobre la educación y el pensamiento se reclamarán todas ellas, en alguna medida, de la Semana Trágica.
Plano político
En el plano político, el ya viejo sistema de la Restauración basado en los partidos del turno seguía su declive y eso a pesar de que tras la Semana Trágica el Partido Liberal, con Canalejas al frente (hasta su asesinato en 1912), tomó una cierta relevancia por el carácter progresista de este. Sin embargo, una de las repercusiones inmediatas de la Semana Trágica fue la «conjunción» republicano-socialista, que se traducirá en una mayor presencia de ambos en los ayuntamientos y en las Cortes (gracias a ello Pablo Iglesias conseguirá entrar en el Congreso en 1910).
Movimiento obrero
En cuanto al movimiento obrero hay que destacar el nacimiento de la CNT y el crecimiento numérico de la UGT. La transformación de Solidaridad Obrera en Confederación Nacional del Trabajo tuvo lugar en Barcelona en el congreso que celebró aquella organización catalana en el otoño de 1910.
La nueva organización sindical aspiraba a conseguir la emancipación económica integral de la clase obrera mediante la expropiación revolucionaria de la burguesía tan pronto como el sindicalismo, o sea, la asociación obrera, se considerase lo bastantes fuerte numéricamente y bastante capacitada intelectualmente para llevar a efecto la expropiación de aquellas riquezas sociales que arbitrariamente detenía la burguesía. Y acordaba en su primer congreso rechazar todo tipo de alianzas con la burguesía, contemplando únicamente la posibilidad de unión en la UGT cuando alcanzara un número similar de afiliados.
Mientras tanto, el PSOE alcanzaba los 14.000 afiliados en 1914; y la UGT, tras haber perdido la ocasión de implantarse definitivamente en Cataluña, incrementaba espectacularmente sus efectivos en el resto del país, triplicando las cifras de afiliación entre 1910 (40.984) y 1914 (127.804).
Plano intelectual
En el plano intelectual la antorcha del pensamiento crítico antioligárquico sería recogida no tanto por Manuel Azaña, secretario entonces del Ateneo madrileño y funcionario del Ministerio de Gracia y Justicia, como por José Ortega y Gasset, joven y brillante catedrático de filosofía que en 1913 fundaba la Liga de Educación Política (que, en puridad, estaba bajo la égida del Partido Reformista, y en la que colaboraban, entre otros, Azaña o Fernando de los Ríos), cuyo primer y único acto fue la conferencia del propio Ortega en el madrileño teatro de la Comedia, con el tema Vieja y nueva política, pronunciada el 25 de marzo de 1914.
De ahí vino la formulación orteguiana de remplazar la España «oficial» por la España «vital» moderna y europeizante, reflejo de las aspiraciones de la fracción más dinámica de la burguesía que, tras el fracaso sucesivo de las gestiones de Maura y Canalejas, significaba entonces un cierto replanteamiento de la actitud costista, encaminado al relevo de los órganos de acción sobre las bases sociales (los partidos de turno) del bloque dominante, e incluso a remplazar dentro de ese bloque la hegemonía de la fracción terrateniente-financiera por la de otra más «moderna» no implicada en el roñoso pasado oligárquico.
Pero España fue pronto expresión de una extensa pléyade de intelectuales, muy críticos para con la oligarquía, planteándose opciones más radicalizadas; tal talante lo representa la dirección de la revista por Luis Araquistáin desde febrero de 1916. A ella pertenece Antonio Machado, que colabora en España desde su primer número con el significativo poema A una España joven, que es una de las más hermosas y punzantes críticas de la política oligárquica desde 1898.
Machado enunciaba por aquellas fechas un diagnóstico más preciso de la fluidez de correlación de fuerzas del momento, superando la ya vieja dicotomía de las «dos Españas» cuando se refería a la de ayer («de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía / devota de Frascuelo y de María»), a la contemporánea («que pasó y no ha sido, / esa que hoy tiene la cabeza cana») y a la que entonces alumbraba («la España de cincel y de la maza, / España de la rabia y de la idea»).