Evangelización e Inculturación: El Encuentro entre la Fe y las Culturas
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La Evangelización y la Inculturación: Un Compromiso Vital
1. La esencia de la evangelización
La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad». Mediante el testimonio explícito de su fe, los discípulos de Jesús impregnan de Evangelio la pluralidad de las culturas.
Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad. Se trata también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad.
Principios fundamentales de la evangelización:
- Vitalidad: Lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, sino de manera vital, tomando siempre como punto de partida a la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.
- Independencia: El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas.
- El drama de nuestro tiempo: La ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva.
Esta Buena Nueva se dirige a la persona humana en su compleja totalidad: espiritual y moral, económica y política, cultural y social. «La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura». El evangelizador, cuya propia fe está ligada a una cultura, rechaza todo lo que es fuente o fruto del pecado en el corazón de las culturas.
2. La inculturación del mensaje de la fe
«Un problema ulterior nace de la exigencia, hoy intensamente sentida, de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe».
Por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible y el instrumento más apto para la misión.
El binomio fe y cultura
El encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que no son del mismo orden. Por tanto, la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas constituyen un binomio que excluye toda forma de sincretismo.
El Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana, y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo. La fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora: «El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicación en la verdad».