Explorando el Renacimiento: Moisés de Miguel Ángel y La Gioconda de Leonardo da Vinci
Moisés de Miguel Ángel: Icono Escultórico del Renacimiento
Ficha Técnica
- Autor: Michelangelo Buonarroti
- Localización: Iglesia de San Pietro in Vincoli, Roma
- Cronología: 1513-1516
- Estilo: Renacimiento, Cinquecento
- Material: Mármol de Carrara
- Técnica: Talla
- Dimensiones: 2,35 m
Descripción y Significado
Esta es una de las pocas figuras que sobrevivieron al ambicioso proyecto de tumba para el Papa Julio II, uno de los encargos que Miguel Ángel recibió con mayor entusiasmo y que, lamentablemente, nunca terminó. El gesto irritado y la mirada fulminante de Moisés se producen en el momento previo a que, al contemplar la traición de su pueblo al adorar al becerro de oro, rompa las Tablas de la Ley. La figura está sentada, representando el instante en que Moisés descansa tras la bajada del Monte Sinaí, y es entonces cuando oye los gritos del pueblo y se da cuenta de su traición.
La escultura presenta un acusado contrapposto. La tensión juvenil del David se ha transformado aquí en pura indignación: la fiereza de la mirada, las poderosas manos maltratando su barba y los músculos en tensión son el perfecto resumen de la terribilità, concepto clave en la obra de Miguel Ángel.
La Gioconda de Leonardo da Vinci: Misterio y Maestría del Renacimiento
Ficha Técnica
- Título: La Gioconda o Mona Lisa
- Autor: Leonardo da Vinci (1452-1519)
- Cronología: 1503-1505
- Estilo: Renacimiento, Cinquecento
- Técnica: Óleo
- Soporte: Tabla (77 cm x 53 cm)
- Localización actual: Museo del Louvre, París
El Genio de Leonardo y la Obra
Leonardo nació en Vinci, hijo ilegítimo de un rico notario florentino y de una jovencísima campesina. Fue un polímata excepcional: pintor, escultor, arquitecto, ingeniero, ingeniero militar, biólogo, músico y escritor, destacando en todos los campos del saber que abordó.
Lo que más llama la atención de La Gioconda es su enigmática sonrisa y su profunda mirada. La ausencia de pestañas y cejas, junto con una coloración verdosa del rostro (atribuida a una restauración antigua), contribuyen a aumentar su magnetismo. Leonardo pintó con paciencia y parsimonia sobre un delgado y frágil soporte de madera de álamo, que preparó con varias capas de enlucido. El artista difuminó magistralmente los contornos, especialmente en los ojos y los labios, empleando la técnica del sfumato, que también aplicó en los delicados rizos que caen sobre el hombro.
La composición es aparentemente sencilla: una mujer sentada en una silla de brazos frente a un paisaje. Gira el cuerpo de lado y mira directamente al espectador. Nada en la obra parece inmóvil ni rígido; incluso las formas del paisaje parecen fundirse unas con otras, creando una atmósfera de fluidez. La Gioconda no está pintada desde fuera, sino que parece emanar desde dentro, con una vitalidad propia. El punto donde convergen todas las miradas es, sin duda, el rostro de la mujer y, en segundo lugar, sus manos, que completan la expresión de su ser.