La Fragmentación del Imperio Carolingio y sus Consecuencias en la Iglesia Medieval

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La disolución del Imperio y el conflicto de las investiduras

La muerte de Carlomagno en 814 no supuso una crisis importante; su hijo Luis el Piadoso continuó con la política de su padre, renunció a los títulos de rey de los francos y de los lombardos, y mantuvo sólo el título imperial. Con él concluyó la poderosa unidad que fundó. Por un lado, las luchas entre sus descendientes por hacerse con la monarquía; por otro, el creciente poder de la aristocracia y los señores feudales; y, las aspiraciones temporales de los Papas, precipitaron la fragmentación política de Occidente y la ruptura de la unidad carolingia.

La pérdida de la unidad imperial y su ideal supuso un decaimiento de la cultura y de las estructuras políticas que habían asegurado la paz, de modo que el siglo X fue un periodo de anarquía. La elección del emperador Enrique I, y la posterior coronación de su hijo Otón I por el Papa, supuso una renovación del Imperio y dio origen al Sacro Imperio Romano Germánico. La restauración del Imperio en la dinastía de los Otones supondrá una concepción más católica y universal del Imperio. Buscarán el reconocimiento del Sumo Pontífice para poder titularse “rey de los romanos” y Emperador del Sacro Imperio Romano.

La dinastía carolingia iba a desaparecer en Francia, y fue sustituida por la dinastía de los Capeto. La desaparición de un poder fuerte había favorecido la aparición de grandes señores territoriales con los que el emperador tenía que contar en sus propios territorios alemanes. La asunción de funciones temporales en los territorios de los que la Santa Sede era titular o allí donde sus prelados ejercían el papel de grandes señores feudales movía a las grandes familias a dedicar a alguno de sus hijos a la carrera eclesiástica.

A eso se sumaba que la codicia de los beneficios había promovido la compraventa de cargos eclesiásticos (simónia), todo lo cual favorecía un decaimiento general de la vida moral de los pastores, pues no teniendo vocación a la vida religiosa se negaban a vivir de manera consecuente (nicolaísmo). Estos dos problemas, el nicolaísmo y la simonía, junto con el problema de la investidura laica, fueron los tres pecados inherentes a la organización eclesial medieval que llevaron a la Iglesia a su situación de mayor postración en la historia.

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