La Guerra de Independencia Española: Claves de su Desarrollo y Legado Histórico

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Fase Final de la Guerra de Independencia (1812-1814)

El desastre napoleónico en Rusia (1812) obligó a los franceses a reducir sus fuerzas en la Península Ibérica. Esta situación permitió a las tropas anglo-españolas recuperar la iniciativa, logrando importantes victorias en Arapiles, Vitoria y San Marcial, que culminaron con la expulsión de los franceses de suelo español. Como consecuencia directa, en diciembre de 1813, Napoleón se vio forzado a reconocer a Fernando VII como rey de España mediante el Tratado de Valençay.

Evolución Política durante el Conflicto

En mayo de 1808, España se encontraba con dos poderes coexistentes: la Junta de Gobierno establecida por Fernando VII y el nuevo orden político impuesto por Napoleón, basado en el Estatuto de Bayona. Este Estatuto, considerado una Carta Otorgada, concentraba todos los poderes en el Rey (José I), pero, como novedad, incluía una declaración de derechos como la libertad de imprenta y comercio, o el hábeas corpus.

Sin embargo, la situación generó un vacío de poder que el pueblo llenó espontáneamente con su voluntad de defender y gobernar el país. Surgieron numerosas juntas locales, coordinadas por trece Juntas Supremas y, finalmente, por una Junta Central presidida por Floridablanca. Estas juntas asumieron funciones militares y políticas, y aunque eran de naturaleza heterogénea (compuestas por nobles, burgueses, etc.), estaban unidas por su firme oposición a la ocupación francesa.

A quienes colaboraron con el régimen de José I se les denominó afrancesados. Aunque fueron una minoría, estaban muy cualificados. Sus motivaciones eran diversas: desde afinidad ideológica con las ideas francesas, hasta pragmatismo (considerando la guerra perdida) u oportunismo. Tras la derrota napoleónica, los afrancesados solo tuvieron dos opciones: el exilio o la represión.

Consecuencias de la Guerra de Independencia

Los enfrentamientos bélicos produjeron daños desconocidos hasta entonces en España. Las pérdidas demográficas fueron cuantiosas (estimadas en un millón de muertos), el abandono de las tierras de cultivo y las destrucciones en manufacturas e infraestructuras de transporte sumieron al país en una profunda crisis. Esto provocó la pérdida de los avances conseguidos en el siglo anterior y dificultó enormemente los posteriores intentos industrializadores.

El patrimonio histórico-artístico, en especial el de la Iglesia, sufrió cuantiosos expolios y destrucciones. Las tropas francesas se llevaron numerosas obras de arte y documentos que, en su mayoría, no fueron devueltos.

A los devastadores efectos psicológicos, debidos a la crueldad de la campaña (fielmente reflejada en las obras de Goya), se unió la división de los españoles en dos tendencias irreconciliables: los liberales, favorables a la obra de las Cortes de Cádiz y a un nuevo modelo de Estado, y los absolutistas, partidarios de una vuelta a la monarquía absoluta y al Antiguo Régimen.

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