Historia de España: De la Prehistoria a la Revolución de 1868

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Historia Antigua y Prehistoria de la Península Ibérica

Sociedad y Economía: Paleolítico y Neolítico

Los primeros pobladores de la Península Ibérica se remontan a hace aproximadamente 800.000 años, con hallazgos significativos en Atapuerca. Durante el Paleolítico, la economía era de subsistencia, basada en la depredación (caza, pesca y recolección), y las comunidades eran nómadas. Hacia el 5000 a.C., surgieron las primeras comunidades del Neolítico, caracterizadas por la introducción de la agricultura, la ganadería, la cerámica y el tejido, lo que llevó a un estilo de vida sedentario.

Arte Rupestre: Cantábrico y Levantino

El Arte Cantábrico, propio del Paleolítico Superior, se caracteriza por la representación de figuras de animales, pintadas en el interior de cuevas, como las de Altamira. Por otro lado, el Arte Levantino, asociado al Epipaleolítico, se encuentra en la costa levantina y tiene un carácter más narrativo, incluyendo figuras humanas y animales en escenas de la vida cotidiana.

Pueblos Prerromanos y Colonizaciones

  • Tartessos (siglos IX-VII a.C.): Ubicados en el suroeste peninsular, destacaron por su agricultura avanzada, minería y un activo comercio con los fenicios.
  • Íberos (desde el siglo VI a.C.): Tribus independientes asentadas en el este y sur, con economías basadas en la agricultura, ganadería y minería, y un comercio dinámico con los pueblos colonizadores.
  • Celtas: Ocuparon el centro y la parte occidental de la Meseta. Su economía se centraba en la metalurgia del hierro, la ganadería y la agricultura cerealista.
  • Fenicios: Introdujeron la metalurgia del hierro, el torno de alfarero, nuevas técnicas agrícolas, cultivos y el urbanismo.
  • Griegos: Fundaron colonias en la costa mediterránea, como Ampurias.

La Conquista Romana de Hispania

La conquista romana de la Península Ibérica se desarrolló en tres etapas principales:

  1. Primera Etapa (218-170 a.C.): Ocupación del litoral mediterráneo y los valles del Guadalquivir y el Ebro. La victoria contra los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica permitió la entrada romana en la península.
  2. Segunda Etapa (170-183 a.C.): Penetración en la Meseta, enfrentando una fuerte resistencia de las poblaciones indígenas. Destacan las Guerras Celtibéricas (153-133 a.C.) y las Guerras Lusitanas (147-139 a.C.), lideradas por Viriato.
  3. Tercera Etapa (29-19 a.C.): Sumisión de la franja cantábrica. Fue una conquista difícil, en la que el propio emperador Augusto tuvo que participar.

La Romanización

La romanización fue el proceso de asimilación cultural y política de Hispania por Roma. Sus principales características fueron:

  • La organización territorial y administrativa en provincias.
  • El desarrollo del urbanismo y la construcción de obras públicas (puentes, calzadas, acueductos).
  • El triunfo del latín como lengua vehicular.
  • La implementación del Derecho Romano.
  • La expansión del cristianismo.

El Reino Visigodo

Los visigodos llegaron a la Península Ibérica en el siglo V como aliados de Roma para expulsar a los pueblos bárbaros. Se establecieron inicialmente en el sur de la Galia y, tras ser desplazados por los francos, consolidaron su reino en Hispania. Sus características principales fueron:

  • La creación del primer estado políticamente independiente y la unificación de las comunidades godas e hispanorromanas, logrando la unidad política y territorial.
  • La unidad religiosa, tras la conversión de Recaredo al catolicismo.
  • La unión legislativa, con la promulgación del Liber Iudiciorum (Fuero Juzgo).

El gobierno visigodo se basaba en una monarquía electiva y vitalicia. La designación del rey dependía de la “Asamblea de los hombres libres”, lo que generaba una gran inestabilidad política y un poder real debilitado frente a la nobleza y la Iglesia. El rey gobernaba con la ayuda del Officium Palatinum, y dos órganos de gestión colaboraban en tareas legislativas y asuntos de gobierno: el Aula Regia y los Concilios.

La Crisis del Antiguo Régimen y la Revolución Liberal (1788-1833)

El Reinado de Carlos IV (1788-1808)

El inicio de la crisis del Antiguo Régimen en España coincidió con el reinado de Carlos IV. Tras la muerte de Luis XVI en Francia, España se coaligó contra la Revolución Francesa, pero sufrió derrotas que llevaron a la Paz de Basilea (1795). Esta paz supuso un acercamiento a los intereses franceses, materializado en el Tratado de San Ildefonso (1796) y un nuevo tratado en 1800. España se vio inmersa en una lucha contra Inglaterra, que incluyó la invasión de Portugal (Guerra de las Naranjas) y la desastrosa Batalla de Trafalgar (1805). El valido Manuel Godoy, ante la creciente crisis económica, aplicó medidas reformistas como la desamortización de tierras eclesiásticas y el aumento de las contribuciones.

La Crisis de 1808 y la Guerra de Independencia

La situación se agravó en 1808 cuando Godoy firmó el Tratado de Fontainebleau, que permitía la entrada de tropas francesas en España. Esto fomentó la rebelión de la nobleza, que animó a Fernando VII a tomar el poder. El Motín de Aranjuez (marzo de 1808) provocó la destitución de Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de Fernando VII. Ante esta crisis, Napoleón Bonaparte convocó a ambos monarcas a Bayona, donde los forzó a abdicar en su favor. Napoleón designó a su hermano José I como rey de España, quien impuso el Estatuto de Bayona, una carta otorgada. El descontento del pueblo español estalló con el Levantamiento del Dos de Mayo de 1808 en Madrid, marcando el inicio de la Guerra de Independencia.

El Comienzo de la Revolución Liberal: Cortes de Cádiz y Constitución de 1812

Durante la invasión francesa, la sociedad española se dividió en dos grupos principales:

  • Los afrancesados: Partidarios de José I y de las reformas napoleónicas.
  • Los patriotas: Opositores a la invasión francesa, que a su vez se subdividían en:
    • Absolutistas: Defensores del Antiguo Régimen y del retorno de Fernando VII como monarca absoluto.
    • Liberales: Partidarios de un nuevo régimen basado en la soberanía nacional y la división de poderes.

En este contexto bélico y de profundas diferencias ideológicas, se convocaron las Cortes de Cádiz, que promulgaron la Constitución de 1812, conocida como "La Pepa". Sus características principales fueron:

  • Soberanía nacional: El poder reside en la nación.
  • Monarquía con poder limitado: El rey reina, pero no gobierna de forma absoluta.
  • Cortes unicamerales: Una única cámara legislativa.
  • Territorio: Incluía la península y las colonias.
  • Separación de poderes: Legislativo (Cortes), ejecutivo (rey) y judicial (tribunales).
  • Sufragio Universal Masculino Indirecto.
  • División territorial en provincias.
  • Catolicismo como religión oficial del Estado.

Las Cortes de Cádiz también abolieron el Antiguo Régimen mediante reformas liberales, como la supresión de los señoríos, la desamortización de tierras para recaudar fondos, la eliminación de la Inquisición y la disolución de los gremios.

El Reinado de Fernando VII: Restauración, Trienio Liberal y Década Ominosa

La Restauración y el Sexenio Absolutista (1814-1820)

Tras el Tratado de Valençay, Fernando VII regresó a España. Influenciado por el Manifiesto de los Persas, anuló la Constitución de 1812 mediante el Decreto de Valencia (1814), restaurando el absolutismo. Su gobierno enfrentó una grave crisis económica y la progresiva pérdida de las colonias americanas. A pesar de la represión, los liberales conspiraron en sociedades secretas, y el descontento en el ejército llevó a varios pronunciamientos, destacando el de Rafael del Riego (1820), que forzó el establecimiento de un régimen liberal.

El Trienio Liberal (1820-1823)

Este periodo permitió una aplicación limitada de la Constitución de 1812, aboliendo el feudalismo, los mayorazgos y la Inquisición. El Trienio estuvo marcado por las divisiones entre liberales moderados y exaltados, la oposición del propio Fernando VII y el rechazo de los absolutistas. El Congreso de Verona (1823) autorizó a Francia a intervenir. Los Cien Mil Hijos de San Luis, liderados por el Duque de Angulema, restauraron el absolutismo sin gran resistencia.

La Década Ominosa (1823-1833)

Tras la restauración del absolutismo en 1823, Fernando VII reprimió a los liberales, aunque con una mayor moderación y algunas reformas inspiradas en el Despotismo Ilustrado. Esto generó oposición tanto entre los liberales como entre los apostólicos, quienes apoyaban a su hermano Carlos María Isidro. La pérdida definitiva de las colonias agravó la crisis económica. Al final de su reinado, la sucesión se tornó problemática debido a la Ley Sálica, que impedía a su hija Isabel heredar el trono. La Pragmática Sanción (1830) permitió el acceso de Isabel, pero su legitimidad quedó en disputa tras la muerte del rey en 1833, desatando la Primera Guerra Carlista entre los absolutistas (que apoyaban a Carlos) y los liberales (que respaldaban a Isabel bajo la regencia de María Cristina).

La Emancipación de las Colonias Americanas

La independencia de las colonias americanas fue impulsada por el descontento de los criollos, quienes, a pesar de su poder económico y social, estaban excluidos del gobierno y limitados por el monopolio comercial español. Fueron influenciados por las ideas de la Ilustración, la Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, y contaron con el apoyo de Inglaterra. El movimiento comenzó en 1808; al igual que en España, se formaron Juntas Locales, pero en América estas se declararon contra la autoridad española.

El proceso de emancipación se desarrolló en dos fases:

  1. Primera Fase (1808-1814): Surgieron focos criollos rebeldes, aprovechando que España estaba ocupada por los franceses. Inglaterra, aunque interesada en la independencia, no podía apoyar abiertamente debido a su alianza contra Napoleón. El Alto Perú fue un principal bastión realista.
  2. Segunda Fase (1814-1824): Tras la Guerra de Independencia, España envió tropas para sofocar la rebelión, pero Inglaterra apoyó abiertamente a los independentistas. Figuras clave como José de San Martín (liberó Chile en 1817) y Simón Bolívar (liberó Colombia y Venezuela entre 1819-1821, y Perú en 1824) lideraron los movimientos que culminaron en la independencia de la mayoría de las colonias.

La Construcción del Estado Liberal (1833-1868)

Las Guerras Carlistas

Primera Fase (1833-1837)

Los carlistas, liderados por Tomás de Zumalacárregui, consolidaron su control en el País Vasco y Navarra, aprovechando la desorganización inicial de los liberales. Zumalacárregui utilizó tácticas de guerrilla y consiguió importantes éxitos militares.

Segunda Fase (1837-1840)

En 1836, el general liberal Baldomero Espartero liberó Bilbao, debilitando a los carlistas. En 1837, Carlos María Isidro organizó la Expedición Real con 19.000 hombres hacia Madrid, pero fue derrotado. Espartero rompió el equilibrio militar en 1838, derrotando a los carlistas en Peñacerrada. El general carlista Rafael Maroto, viendo que la derrota era inminente, firmó el Convenio de Vergara (1839), aceptando a Isabel II como reina a cambio de mantener los fueros vascos y navarros.

El Estatuto Real de 1834

Impulsado por Martínez de la Rosa, el Estatuto Real estableció un sistema parlamentario bicameral (una Cámara Alta o de Próceres y una Cámara Baja o de Procuradores, elegida por sufragio censitario). El rey mantenía un gran poder ejecutivo y no se reconocía la soberanía nacional ni una declaración explícita de derechos ciudadanos. Esto generó malestar en los sectores liberales más progresistas, que deseaban la vuelta a la Constitución de 1812.

La Constitución de 1837

Tras el Pronunciamiento de La Granja (1836), la regente María Cristina se vio obligada a restablecer la Constitución de 1812 y formar un nuevo gobierno, que redactó una nueva constitución más flexible. La Constitución de 1837 estableció una monarquía constitucional con soberanía nacional compartida (entre el rey y las Cortes). El parlamento era bicameral y se amplió la participación electoral. A pesar de sus avances, el periodo estuvo marcado por la inestabilidad política y una gran influencia del ejército en el gobierno.

La Década Moderada (1844-1854)

Con la mayoría de edad de Isabel II en 1843, los moderados tomaron el poder y expulsaron a los progresistas. Promulgaron la Constitución de 1845, que reforzó el poder de la Corona, redujo el censo electoral, suprimió la Milicia Nacional y creó la Guardia Civil para controlar el orden público y reprimir a los opositores. También se firmó un Concordato con la Santa Sede (1851) que restauró el papel de la Iglesia. La década finalizó con una crisis política que llevó a la Revolución de 1854, liderada por Leopoldo O'Donnell y Francisco Serrano.

El Bienio Progresista (1854-1856)

Este periodo se inició con el Pronunciamiento de Vicálvaro (la "Vicalvarada") en 1854, respaldado por el Manifiesto de Manzanares. Se formaron juntas revolucionarias en Madrid y Barcelona, lo que obligó a Isabel II a llamar a Espartero y O'Donnell para gobernar. Se intentó redactar una nueva constitución en 1854, pero fracasó. El bienio estuvo marcado por protestas debido a los impuestos, una huelga general en Barcelona y el resurgimiento de los partidos carlistas. En 1856, Isabel II destituyó a Espartero, poniendo fin al Bienio Progresista.

La Unión Liberal (1856-1863)

Leopoldo O'Donnell creó la Unión Liberal, un partido intermedio entre progresistas y moderados, que gobernó con la Constitución de 1845. Durante este periodo, se reactivó la economía con nuevas desamortizaciones, se modernizó el sector minero y se expandieron las infraestructuras. Sin embargo, la falta de cohesión interna llevó a la caída del gobierno en 1863, dejando un vacío político.

La Crisis Final del Reinado de Isabel II y la Revolución de 1868

Isabel II gobernó de manera personalista, con represión y sin estabilidad política, lo que debilitó la monarquía. La muerte de O'Donnell llevó a que su partido se uniera a progresistas y demócratas en un frente común contra la reina. El ejército, liderado por el general Juan Prim, organizó la Revolución de 1868, conocida como "La Gloriosa", que derrocó a Isabel II y puso fin a su reinado.

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