Historia de España: Del Sistema Canovista a los Movimientos Regionalistas

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La Restauración Borbónica: Orígenes y Consolidación

La Restauración borbónica se inició en España tras el fracaso del Sexenio Democrático (1868-1874), etapa abierta por la revolución que derrocó a Isabel II y en la que se intentaron diferentes formas de gobierno, como la monarquía de Amadeo I y la Primera República, sin lograr estabilidad política ni solucionar los conflictos sociales. A ello se unían problemas como la tercera guerra carlista y la guerra de Cuba, que agravaban la inestabilidad del país. En este contexto, el político conservador Antonio Cánovas del Castillo impulsó la restauración de la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII. El proceso culminó con el pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos en 1874, que proclamó rey a Alfonso XII. El nuevo régimen pretendía garantizar la estabilidad política mediante una monarquía constitucional moderada apoyada por la burguesía conservadora, la Iglesia y el Ejército. Para consolidarlo se elaboró la Constitución española de 1876, que establecía una monarquía con amplios poderes para el rey, un parlamento bicameral y un Estado confesional católico con tolerancia limitada a otras religiones.

El sistema político se basó en el turnismo entre los partidos conservador y liberal, formando un bipartidismo controlado. Este modelo se sostuvo gracias al centralismo del Estado y al caciquismo, que manipulaba las elecciones para asegurar la alternancia en el poder.

Movimiento obrero y anarquistas

Durante la Restauración, mientras el republicanismo hacía una oposición moderada, el movimiento obrero se enfrentaba directamente al sistema, buscando mejorar las condiciones de vida y los derechos de los trabajadores. Este movimiento surgió en el Sexenio Democrático y se dividió en dos corrientes principales de la Primera Internacional:

  • Anarquismo: impulsado por Giuseppe Fanelli.
  • Marxismo: difundido en Madrid por Paul Lafargue, ligado a Karl Marx.

La mayoría de los obreros españoles optó por el anarquismo en el Congreso de Zaragoza de 1872, alejándose de la política tras la decepción de la Revolución de 1868. Su influencia se concentró en zonas como Cataluña, Aragón y Andalucía. Tras el golpe de Pavía en 1874, el movimiento pasó a la clandestinidad, pero volvió a la legalidad en 1881 con la creación de la Federación de Trabajadores de la Región Española. Esta defendía la acción pacífica y la huelga general, aunque existían divisiones internas, ya que el sector andaluz era más radical. De este surgió la Mano Negra, cuyos supuestos actos violentos sirvieron de excusa para una fuerte represión del gobierno, con detenciones en lugares como Jerez, Cádiz y Sevilla.

Catalanismo

A finales del siglo XIX, en Cataluña surgió un movimiento cultural y regionalista llamado Renaixença, que promovía la lengua vernácula y reunía intereses diversos de la burguesía: industriales, descentralizadores, románticos y religiosos. Tras la caída de la República y la derrota del carlismo en 1876, federalistas republicanos y antiguos carlistas abandonaron sus dogmatismos y confluyeron en un catalanismo político, priorizando los fueros históricos y el regionalismo sobre la cuestión dinástica. El catalanismo se consolidó con obras clave: Lo catalanisme (Valentí Almirall, 1886) y La tradició catalana (Torras i Bages, 1892), cuya síntesis dio lugar al Compendi de la doctrina nacionalista (Enric Prat de la Riba, 1896), vinculando Cataluña al regeneracionismo español de fin de siglo. Almirall promovió un catalanismo moderno y autonomista, defendiendo el federalismo como fórmula para unir las burguesías particularistas y reivindicando las divisiones «naturales» frente a las provincias creadas por el centralismo liberal. Su visión planteaba una Cataluña industrial, capitalista y europea, dirigida por una burguesía urbana dispuesta a superar el burocratismo centralista y agrario, sin buscar la independencia, sino un desarrollo autónomo dentro del Estado español.

Nacionalismo vasco

El nacionalismo vasco surgió bajo un clima de defensa de los fueros, pero con características distintas al catalán y sin apoyo de una burguesía industrial moderna. La ley de 1876, que derogaba los fueros históricos, provocó dos tipos de reacciones:

  • Transigentes: aprovecharon la situación para negociar conciertos económicos con Madrid en beneficio propio.
  • Tradicionalistas: buscaban la recuperación completa de los fueros, defendiendo un País Vasco agrario y tradicional, contrario a la industrialización y a la inmigración masiva.

Estos últimos, en su mayoría perdedores de la guerra carlista, idealizaron el pasado, viendo la abolición de los fueros como el mayor agravio del Gobierno central, y consideraban que proteger los fueros era defender la esencia de lo vasco frente a la modernización y la influencia liberal española.

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