La Monarquía Hispánica en el Siglo XVII: El Gobierno de los Validos y la Crisis de 1640
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Los Austrias del siglo XVII: El gobierno de los validos y la crisis de 1640
En el siglo XVII reinaron en España los denominados Austrias menores, monarcas que estuvieron más interesados en la vida social y el prestigio que en la administración directa de sus territorios. Por esta razón, recurrieron a la figura de los validos, individuos de confianza que se hacían con el control del poder por encargo del monarca y crearon complejas redes clientelares sobre las que cimentaron su autoridad política.
El reinado de Felipe III (1598-1621)
Bajo el reinado de Felipe III se inició la costumbre del valimiento al conceder las riendas del gobierno al duque de Lerma. No obstante, la corrupción generalizada y la parálisis de los asuntos de Estado obligaron al rey a prescindir del duque de Lerma y a sustituirlo por su hijo (el duque de Uceda). Un hecho fundamental y destacado de su reinado fue la expulsión de los moriscos del reino en 1609, lo que tuvo un fuerte impacto demográfico y económico.
Felipe IV (1621-1665) y el Conde-Duque de Olivares
Felipe IV accedió a la corona del Imperio hispánico con tan solo 16 años. Desde el principio, entregó la dirección del gobierno al conde-duque de Olivares, quien actuó durante más de veinte años en su nombre. Su política se basó en el refuerzo de la autoridad real y la búsqueda de una colaboración equitativa de los distintos reinos de la monarquía.
Medidas más importantes de su programa:
- Reforma de la Administración: Una amplia reestructuración del aparato estatal.
- Protección económica: Fomento del comercio interior y de las actividades artesanales.
- Políticas demográficas: Medidas para intentar aumentar la población.
- Reformas fiscales: Implementación de nuevas medidas para sanear la hacienda.
Olivares patrocinó la creación de la Unión de Armas en 1626, un proyecto que buscaba un ejército común mantenido por todos los reinos, pero encontró una fuerte resistencia en Aragón, Valencia, Cataluña y Portugal. Posteriormente, en el reinado de Carlos II (1665-1700), los sucesivos validos fueron incapaces de revertir la profunda crisis que asolaba el reino.
La gran crisis de 1640
En 1640, una quiebra de la hacienda de la monarquía hispánica estuvo a punto de acabar con su existencia como Estado. Las reformas propuestas por Olivares provocaron un profundo malestar en los diversos territorios de la monarquía, detonando conflictos internos de gran magnitud.
La rebelión de Cataluña y la Guerra de los Segadores
La entrada de Francia en la guerra de los Treinta Años convirtió a los Pirineos en un frente de guerra activo. La presión francesa y los desmanes cometidos por los soldados en Cataluña desencadenaron los incidentes del Corpus de Sangre y la guerra de los Segadores. El asesinato del virrey cortó cualquier tipo de posibilidad de reconciliación inmediata y la Generalidad de Cataluña proclamó la República catalana.
Un ejército real acudió para establecer el orden y las autoridades catalanas pactaron con el cardenal Richelieu para ponerse bajo la protección de Luis XIII. En 1651, aprovechando el creciente descontento catalán por la ocupación de los franceses en su territorio y la debilidad momentánea de Francia, el ejército de don Juan José de Austria consiguió rendir Barcelona. Aunque fueron derrotados militarmente, los catalanes conservaron sus fueros y privilegios.
La separación de Portugal
La separación de Portugal surgió por el sentimiento de descontento ante la incapacidad de la monarquía hispánica para repeler los ataques holandeses contra sus colonias. El detonante definitivo de la crisis fue la orden de reclutar tropas portuguesas para intervenir en el conflicto de Cataluña. En 1640, fue depuesta la virreina y el duque de Braganza fue proclamado monarca bajo el nombre de Juan IV, consolidando así la independencia del reino luso.