El paso del mito al logos: Origen de la filosofía y la dimensión religiosa humana
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Ruptura con el mito y surgimiento de la filosofía
El surgimiento de la filosofía griega supone la ruptura con el mito. El mito, basado en las narraciones de los poetas, ofrece una explicación total de la realidad donde las fuerzas naturales son personificadas y divinizadas; los hechos naturales y la misma conducta humana dependen del capricho de los dioses, por lo que no se puede expresar ningún tipo de regularidad. En todo caso, aparece en el mito también la idea de destino, como una fuerza oscura e imprecisa que planea sobre los hombres y sobre los mismos dioses.
La filosofía es un planteamiento que apela a la razón y supone dejar de lado los relatos mitológicos anteriores; esto representó un avance importante en la búsqueda de la verdad por parte del ser humano.
La filosofía comienza cuando se impone la convicción de que las cosas suceden cuando y como tienen que suceder. Esta idea está relacionada con el concepto de permanencia (esencia): si hay un orden, es porque existe algo constante, algo que permanece.
A su vez, se entiende por filosofía la aspiración al conocimiento de lo que es (la esencia de las cosas) y la búsqueda de lo verdadero. Bajo este aspecto, la filosofía es la búsqueda de:
- Principio de explicación: búsqueda de la esencia de las cosas (qué son), lo que permanece ante los cambios.
- Principio de ordenación: búsqueda de la ley según la cual se ordenan las cosas, afirmando que la naturaleza no está sometida a cambios arbitrarios, tal como sucedía en el mito.
Dimensión religiosa de la pregunta antropológica
El surgimiento del hombre sobre la Tierra conlleva, a su vez, el surgimiento de la religión. Mircea Eliade afirma:
Si consideramos a los paleantrópidos como hombres completos, se sigue de ahí que poseían también cierto número de creencias y que practicaban determinados ritos.
Si nos planteamos la religiosidad o la falta de ella en los hombres prehistóricos, debemos notar que la postura de la falta de religiosidad de los paleantrópidos se impuso en los tiempos del evolucionismo, cuando se acababan de descubrir las analogías con los primates. Pero se trata de un malentendido, pues nuestras obras demuestran la actividad de una inteligencia que no podemos definir de otro modo que como humana.
E.O. James afirma: «Hoy está claro que la religión es, con toda probabilidad, tan antigua como la humanidad misma». Muchas de las creencias y prácticas religiosas hunden sus raíces en prototipos prehistóricos; en lo que se refiere al hombre primitivo, las tres situaciones más impresionantes con las que se enfrentaba eran el nacimiento, la propagación, la subsistencia y la muerte.
La trascendencia humana
Esta tensión que habita en el hombre, este impulso que provoca preguntas y exige respuestas, es ya una inclinación interior que apunta al hombre como ser trascendente. Es un error pensar que las respuestas, por estar exigidas, carecen de valor.
El problema no es saber de dónde vienen las respuestas, sino de dónde vienen las preguntas y, en último caso, de dónde proviene el hecho de preguntarse. Si Dios es la respuesta, no se puede aducir que está motivado por una simple necesidad: la búsqueda de sentido. Las religiones en general son expresión de esta búsqueda, pero es necesario no solamente que el hombre ejerza esa búsqueda, sino que también esté dispuesto a dejarse encontrar.
Por otra parte, los análisis genealógicos basados en las experiencias sociales a los que puede recurrir el psicoanálisis o autores como Nietzsche no consiguen explicar la pregunta. Si el hombre busca un sentido, busca la felicidad; esa es la pregunta y la posición de la que parte. Si se afirma, por ejemplo, que la idea de Dios procede del temor en el contexto de una experiencia tribal, la afirmación carece de fuerza, porque en primer lugar habría que demostrar que existe una lógica y necesaria conexión de hechos por los que se llega a esa conclusión. Aun en el hipotético caso de que esto fuera así, no implicaría necesariamente que la idea de Dios o de la divinidad, en el contexto de una religiosidad natural, procediera siempre de la misma conexión de hechos.
A fuerza de negar respuestas, hemos sofocado cualquier esperanza de contestar nuestras preguntas y, así, hemos hecho del hombre un ser no abierto, un ser encerrado en sí mismo que no puede alcanzar ninguna verdad objetiva.