El pensamiento filosófico de San Agustín: conocimiento, fe, Dios, mal, alma, libertad y política

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Resumen

El documento expone el pensamiento filosófico de San Agustín, desde su rechazo al escepticismo y su teoría de los grados de conocimiento hasta la relación entre fe y razón. Recorre también su visión de Dios, la creación, el problema del mal, la antropología del alma y el libre albedrío, y concluye con su filosofía política en La ciudad de Dios. Es útil para revisar las ideas centrales del agustinismo.

Puntos clave

  • Agustín rechaza el escepticismo con el argumento "si fallor, sum", anticipando el cogito cartesiano.
  • Distingue tres grados de conocimiento: sensible, racional inferior (ciencias y artes liberales) y racional superior (filosofía y sabiduría), culminados por la religión.
  • Defiende la armonía entre fe y razón con los lemas "crede ut intelligas" e "intellige ut credas".
  • Sostiene la teoría de la iluminación divina y las tres miradas del alma: exterior, interior y superior.
  • Propone la creación ex nihilo y las ideas ejemplares en la mente de Dios, y explica el mal como privación del ser.
  • Concibe el alma como inmortal y dotada de libre albedrío, afectada por el pecado original y necesitada de la gracia, frente al pelagianismo.
  • En La ciudad de Dios distingue la ciudad terrena (amor de sí) y la ciudad de Dios (amor de Dios), y ve la historia como su lucha con victoria final de la segunda.

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El pensamiento filosófico de San Agustín

El escepticismo y la verdad

Agustín rechazó el escepticismo que negaba la posibilidad de alcanzar la verdad. Para ello, se basó en el argumento de que, aunque se dudara de todo, no se podía dudar de la propia existencia. Así, formuló la famosa frase “si fallor, sum” (si me equivoco, existo), que anticipa el “cogito, ergo sum” de Descartes. Además, afirmó que había verdades evidentes por sí mismas, como las matemáticas o las morales, que no dependían de la experiencia sensible.

Grados de conocimiento

Respecto a los datos sensibles, admitió que podían engañarnos, pero no por culpa de los sentidos, sino por el juicio precipitado de la razón. Agustín distinguió varios grados de conocimiento, ordenados jerárquicamente. El más bajo era el conocimiento sensible, que compartíamos con los animales y que no nos daba verdades, sino apariencias. El siguiente era el conocimiento racional inferior, que se refería a las cosas materiales y que se basaba en la ciencia y las artes liberales. Estas eran el trívium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía), que servían como preparación para la filosofía. El más alto era el conocimiento racional superior, que se ocupaba de las realidades inmateriales y que se identificaba con la filosofía o la sabiduría. Este era el conocimiento que nos perfeccionaba interiormente y nos preparaba para la religión, que era la culminación de todo saber.

Fe y razón

Agustín defendió la armonía entre la fe y la razón, entendiendo que ambas eran fuentes de conocimiento que nos acercaban a la verdad. La fe era el conocimiento sobrenatural, basado en la revelación divina, que nos daba certezas sobre Dios, el alma y la salvación. La razón era el conocimiento natural, basado en la investigación humana, que nos permitía comprender las cosas creadas. Agustín afirmó que la fe iluminaba a la razón, pues era necesario creer para entender, y que la razón servía a la fe, pues era útil para explicar y defender lo que se creía. Así, propuso el lema “crede ut intelligas” (cree para que entiendas) y el “intellige ut credas” (entiende para que creas).

Las tres miradas del alma

para explicar cómo el ser humano
podía conocer la realidad. La primera era la mirada exterior, que se dirigía a las cosas
sensibles y que dependía de los sentidos corporales. La segunda era la mirada interior, que
se dirigía a las ideas y a los conceptos y que dependía de la razón. La tercera era la mirada
superior, que se dirigía a Dios y a las verdades eternas y que dependía de la iluminación.
Agustín sostuvo que el alma humana tenía una potencia innata para conocer, que le había
sido dada por Dios, y que se manifestaba en cada acto de conocimiento. Esta potencia era
la iluminación, que consistía en la participación del alma en la luz divina, que era el modelo
de toda verdad. Agustín comparó esta luz con el sol de Platón, que iluminaba las ideas y
hacía posible el conocimiento. Además, Agustín añadió que el amor de Dios era el motor
que impulsaba al alma a buscar y alcanzar las verdades eternas, siguiendo el eros
platónico.

Agustín argumentó que la existencia de Dios se podía demostrar a partir de tres fuentes de
evidencia: la realidad exterior, el consenso y la realidad interior. La realidad exterior
mostraba el orden y la belleza del mundo, que apuntaban a un creador inteligente y bueno.

El consenso se refería a la creencia generalizada en Dios que tenían la mayoría de las
personas, incluso los paganos, que no podía ser fruto de la casualidad o el error. La
realidad interior se basaba en el fundamento de las verdades que el alma humana podía
conocer, que eran reflejo de la verdad eterna de Dios. Agustín reconoció que ningún
nombre humano podía expresar adecuadamente la esencia de Dios, que era inefable e
incomprehensible. Por eso, citó el nombre que Dios se dio a sí mismo en el Éxodo: "Yo soy
el que soy", que indicaba su existencia necesaria y absoluta. Agustín también atribuyó a
Dios las cualidades de inmutable, perfecto, simple y único, siguiendo el modelo del Ser de
Parménides. Además, afirmó que Dios era el sumo bien, del que procedían todos los demás
bienes, y que era la fuente de la bondad, la belleza y la felicidad. Agustín sostuvo que Dios
tenía en su mente las ideas ejemplares, que eran los modelos eternos e inmutables de
todas las cosas creadas. Estas ideas eran la expresión de la sabiduría y la voluntad de
Dios, y servían como el plan de la creación. Agustín cristianizó el concepto del demiurgo
platónico, que era el artífice del mundo a partir de las ideas separadas. Para Agustín, las
ideas no estaban fuera de Dios, sino en su interior, y Dios era el único creador de todo lo
que existe. Agustín defendió la doctrina del creacionismo, según la cual Dios creó el mundo
de la nada (“creatio ex nihilo”), lo que suponía una novedad en la filosofía. Agustín rechazó
la idea de que hubiera una materia preexistente o un principio opuesto a Dios, como el mal
o el caos. Todo lo creado dependía de Dios, que era el ser necesario, mientras que las
criaturas eran contingentes. Agustín también resaltó la omnipotencia de Dios, que podía
crear o no el mundo, y que lo hizo por amor, no por necesidad o por defecto. Agustín explicó
que Dios creó el mundo de una vez, al principio, y que introdujo en él las razones
seminales, que eran las semillas o las raíces de todas las cosas que habrían de existir en el
pasado, el presente y el futuro. Estas razones seminales estaban sujetas a las leyes de
Dios, que regían el orden y la armonía del universo. Así, Agustín concilió la idea de la
creación con la idea de la evolución, y afirmó que Dios era el autor de la naturaleza y de la
historia. Agustín se enfrentó al problema de cómo conciliar la existencia de Dios, que era
bueno y todopoderoso, con la existencia del mal, que causaba sufrimiento y pecado.
Agustín distinguió dos tipos de males: el físico, que era el que se sufría por las
enfermedades, las catástrofes o la muerte; y el moral, que era el que se cometía por el
abuso de la libertad humana. Agustín intentó resolver el problema del mal mediante la
teodicea, que era la justificación de la bondad y la justicia de Dios. Para ello, pasó del
maniqueísmo, que sostenía que el bien y el mal eran dos principios en conflicto, al
neoplatonismo, que consideraba que el mal era la falta de ser o de perfección. Agustín
afirmó que Dios era la causa eficiente, pero no deficiente, de todo lo que existe. De Dios
solo venía el ser y la luz, mientras que el mal era la privación o la corrupción del ser y la luz.
Dios no creó el mal, sino que permitió su existencia por respeto a la libertad humana, y
también para sacar de él un bien mayor, que era la manifestación de su misericordia y su
gracia. Agustín adoptó un optimismo metafísico, según el cual todo lo creado era bueno, el
mal era perder el ser, y el mal total era la nada.


Agustín afirmó que el ser humano era “imago Dei”, es decir, que tenía una semejanza entre
los atributos de Dios y sus facultades humanas. Así, la memoria se correspondía con la

eternidad, la inteligencia con la verdad y la voluntad con el amor. Estas tres facultades
formaban la unidad del alma humana, que reflejaba la unidad de la Trinidad divina. Agustín
adoptó el dualismo platónico, que distinguía entre el cuerpo y el alma. El cuerpo era
material, temporal y mutable, mientras que el alma era espiritual, eterna e inmutable. El
alma era la sustancia autosuficiente y la esencia del ser humano, que estaba intermedia
entre Dios, lo inmutable, y la materia, lo mutable. El alma era inmortal, pues no podía ser
destruida por la corrupción del cuerpo. Agustín tuvo dos posturas sobre el origen del alma.
Primero defendió el traducianismo, que sostenía que el alma se generaba por los padres
junto con el cuerpo. Esta teoría explicaba la transmisión del pecado original, pero planteaba
el problema de la espiritualidad del alma. Después defendió el creacionismo, que afirmaba
que el alma era creada por Dios en cada nuevo ser. Esta teoría preservaba la dignidad del
alma, pero dificultaba la explicación de la herencia del pecado. Agustín sostuvo que el ser
humano había sido creado bueno por Dios, pero que había caído en el pecado por el abuso
de su libre albedrío. El pecado original había afectado a toda la humanidad, que había
heredado la culpa y la concupiscencia. El pecado hacía que el cuerpo, inferior, dominara al
alma, superior, y que el ser humano tuviera una tendencia al mal. Para superar el pecado, el
ser humano necesitaba la gracia divina, que era un don gratuito de Dios que le ayudaba a
elegir el bien y a alcanzar la salvación. Agustín se opuso al pelagianismo, que negaba el
pecado original y la necesidad de la gracia, y afirmaba que el ser humano podía actuar bien
y salvarse sin la ayuda de Dios. Agustín defendió que el ser humano tenía libre albedrío, es
decir, la capacidad para decidir libremente entre el bien y el mal. El libre albedrío era la
condición para que el ser humano fuera responsable de sus actos y mereciera el premio o el
castigo. La verdadera libertad era el anhelo de amar al supremo bien, que era Dios. Sin
embargo, el pecado original debilitaba el libre albedrío y lo inclinaba al mal. Por eso, el ser
humano necesitaba la gracia, que lo impulsaba al bien. Pero ni el pecado, ni la gracia, ni la
omnisciencia de Dios determinaban el comportamiento humano, sino que respetaban su
libertad.


Agustín considera que la voluntad humana tiende a la felicidad, que es el fin último de la
vida. Pero la felicidad no se encuentra en el placer, como decían los epicúreos, sino en algo
mayor que el ser humano. La felicidad es el amor de Dios (“amor Dei”), que es el bien
supremo y la fuente de toda bondad. Solo amando a Dios podemos ser felices y trascender
nuestra condición finita y pecadora. Agustín distingue dos tipos de males: el físico, que es
el que se sufre por las enfermedades, las catástrofes o la muerte; y el moral, que es el que
se comete por el abuso de la libertad humana. El mal moral es el pecado, que es el acto
voluntario contra la ley de Dios. El mal físico es consecuencia del pecado, pues es el
castigo que impone la justicia divina a la desobediencia humana. Agustín define el pecado
como el desorden de la voluntad, que antepone bienes inferiores a superiores. El pecado
procede del libre albedrío, que es la capacidad para decidir libremente entre el bien y el mal.
El libre albedrío es la condición para que el ser humano sea responsable de sus actos y
merezca el premio o el castigo. El premio es la salvación, que es la unión con Dios, y el
castigo es la condena, que es la separación de Dios. Agustín se opone al intelectualismo
griego, que sostenía que la razón era el principio de la acción humana. Para

Agustín, lo que importa más es la voluntad, que es el motor de la conducta humana.
Fue la voluntad de Dios crear el mundo con orden y armonía, y es la voluntad del
ser humano amar a Dios y salvarse o pecar y condenarse. La voluntad humana
debe estar orientada por el amor, que es el vínculo de la perfección. : Agustín afirma
que hay una ley eterna, que es la razón divina que gobierna el universo y que se
manifiesta en la naturaleza y en la conciencia humana. Si obramos de acuerdo con
la ley eterna, alcanzamos la felicidad, pues nos alineamos con la voluntad de Dios.
Pero no basta con la fuerza de voluntad, pues el pecado original nos debilita y nos
inclina al mal. Necesitamos la gracia, que es el auxilio sobrenatural que Dios nos da
para elegir el bien y resistir al mal. Agustín se enfrenta al pelagianismo, que negaba
el pecado original y la necesidad de la gracia, y afirmaba que el ser humano podía
actuar bien y salvarse sin la ayuda de Dios .


Esta es la obra más importante de Agustín sobre la filosofía política, escrita tras el
saqueo de Roma por los visigodos en el año 410. En ella, Agustín defiende el
cristianismo frente a las acusaciones de los paganos, que le culpaban de la caída
del Imperio. La obra se divide en dos partes: la primera, donde refuta las falsas
creencias de los paganos sobre los dioses, la historia y la moral; y la segunda,
donde expone su visión de la historia como el conflicto entre dos ciudades: la
terrena y la de Dios. Agustín considera que la paz es el fin último de toda sociedad,
y que exige el orden y la justicia. La paz es la tranquilidad del orden, que se basa en
la ley natural y la ley divina. El amor es la causa de la sociedad, pues los seres
humanos se unen por la coincidencia entre los objetos amados. El ser humano es
social por naturaleza, pues el más íntimo de sus sentimientos es el amor, que lo
lleva a buscar la comunión con los demás y con Dios. Agustín distingue entre dos
ciudades, que son dos formas de organización social y política, basadas en dos
tipos de amor. La ciudad terrena es la que se funda en el amor de sí mismo, que
lleva al desprecio de Dios y de los demás. Es la ciudad de los que se aman a sí
mismos, y que buscan la autoridad para dominar y satisfacer sus intereses egoístas.
La ciudad de Dios es la que se funda en el amor de Dios, que lleva al desprecio de
sí mismo y al servicio de los demás. Es la ciudad de los que aman a Dios, y que
buscan la caridad y la gloria de Dios. La ciudad terrena tiene la paz como fin en sí
mismo, mientras que la ciudad de Dios tiene la paz como medio para la salvación.
Agustín concibe la historia como la lucha entre estas dos ciudades, que representan
el bien y el mal. La historia tiene un sentido, que es la realización del plan de Dios,
que se manifiesta en la ley eterna y en la providencia. La historia tiene un origen,
que es la creación del mundo y del hombre por Dios; un desarrollo, que es el
conflicto entre el pecado y la gracia; y un fin, que es el juicio final, donde se
separarán las dos ciudades y se premiará a los justos y se castigará a los impíos. El

sentido de la historia es la victoria de la ciudad de Dios sobre la ciudad terrena.
Agustín propone el agustinismo político, que es la teoría de la primacía de la Iglesia
sobre el Estado. El Estado es una institución humana, que organiza la convivencia y
el bienestar temporal de los ciudadanos, según los principios morales cristianos. El
Estado debe respetar la libertad religiosa y la conciencia de los fieles, y colaborar
con la Iglesia en la difusión del Evangelio. El poder político es un servicio y una
responsabilidad, que debe ejercerse como un padre con sus hijos, con prudencia,
justicia y misericordia .

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Preguntas frecuentes

¿Qué significa la frase "si fallor, sum" de San Agustín?

Significa "si me equivoco, existo". Agustín argumenta que, aunque se dude de todo, no se puede dudar de la propia existencia, pues quien duda y se equivoca tiene que existir.

¿Qué diferencia hay entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios?

La ciudad terrena se funda en el amor de sí mismo, lleva al desprecio de Dios y busca dominar por interés egoísta. La ciudad de Dios se funda en el amor de Dios, lleva al servicio de los demás y tiene la paz como medio para la salvación.

¿Cómo explica Agustín el origen del mal?

Agustín distingue el mal físico, consecuencia del pecado, y el mal moral, causado por el abuso del libre albedrío. Considera que el mal es la privación o corrupción del ser y la luz, no una sustancia creada por Dios.

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Test

1. ¿Qué argumento usa Agustín contra el escepticismo?
2. ¿Cuál es el conocimiento más alto según Agustín?
3. ¿Qué lema resume la relación entre fe y razón para Agustín?
4. ¿Cómo se llama la doctrina según la cual Dios creó el mundo de la nada?
5. ¿Qué postura defendió Agustín sobre el origen del alma en su etapa final?
6. ¿Contra qué doctrina combatió Agustín afirmando la necesidad de la gracia?
7. ¿Qué dos tipos de amor fundan las dos ciudades en La ciudad de Dios?
8. ¿Cómo concibe Agustín el sentido de la historia?

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