Regencia de María Cristina estatuto real

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El Periodo de Regencia de Isabel II (1833-1843) comenzó con la muerte de Fernando VII, dejando el trono a su hija Isabel bajo la regencia de su madre, María Cristina. Esto provocó la Primera Guerra Carlista (1833-1839), en la que los carlistas defendían la monarquía absolutista y los fueros, mientras los isabelinos, apoyados por liberales, buscaban el cambio político. La guerra terminó con el Convenio de Vergara (1839), aunque la resistencia carlista persistió hasta 1840.María Cristina intentó gobernar con moderados, pero la presión liberal la obligó a conceder el Estatuto Real (1834), que establecía unas Cortes con sufragio censitario restringido. En 1835, los progresistas llegaron al poder con Mendizábal, promoviendo la desamortización eclesiástica y la Constitución de 1837, que consolidó la soberanía nacional y amplió libertades. Sin embargo, el poder pasó a los moderados en 1837, iniciando el Trienio Moderado (1837-1840), marcado por conflictos entre gobierno y progresistas. La crisis culminó en 1840 con la dimisión de María Cristina y el ascenso de Espartero (1840-1843), cuya política autoritaria y la represión de revueltas lo llevaron a perder apoyos. En 1843 fue destituido y se adelantó la mayoría de edad de Isabel II, dando fin a la regencia.

Isabel II asumió el trono en 1843 con 13 años, consolidando el Estado Liberal en España bajo el dominio del Partido Moderado. Con Narváez se instauró un régimen centralista y conservador, con la Constitución de 1845, que establecía soberanía compartida, sufragio restringido y la exclusividad del catolicismo. Se creó la Guardia Civil (1844) y el Concordato de 1851 devolvió a la Iglesia el control educativo. En economía, la Ley Mon-Santillán reformó los impuestos, y la desamortización afectó bienes eclesiásticos. La Segunda Guerra Carlista (1846-1849) terminó con la derrota carlista. En 1854, la corrupción provocó el pronunciamiento de Vicálvaro, y Espartero asumió el poder en el Bienio Progresista. Se restablecieron medidas liberales, pero las revueltas forzaron el regreso de O’Donnell y Narváez, quienes alternaron en el gobierno manteniendo la Constitución de 1845 con algunas reformas. A pesar del desarrollo en infraestructuras y comercio, la crisis económica, el fraude electoral y la represión social generaron descontento. En 1866, el Pacto de Ostende selló el fin del régimen isabelino, dando paso a la Revolución de 1868.

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