Reinos cristianos en la Península (Edad Media)

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TEMA 5: CASTILLA Y LEÓN EN LOS SIGLOS XI-XII.

- La Monarquía Hispánica: de Alfonso VI a la idea imperial de Alfonso VII.

- La conquista de Toledo y la presencia almorávide.

- Guerra civil y revueltas urbanas.

- El Imperium de Alfonso VII.

- La independencia portuguesa.

- La Monarquía Hispánica.

Fernando I, primer monarca castellano, murió en 1065 y en su testamento repartió sus dominios entre todos sus descendientes: Sancho II se convertía en rey de Castilla, Alfonso VI de León, García gobernaría en Galicia y sus hijas, Elvira y Urraca recibieron el dominio sobre los monasterios del reino, que fue considerado como infantado. Alfonso VI protestó ante tal situación. A esto también se sumó la intención de Sancho II de revocar el testamento de su padre y, él y su hermano, convinieron en disputar la herencia conjunta en una batalla con lugar y fecha señalados. Alfonso VI fue hecho prisionero y Sancho II fue coronado en León en 1072.

Con la intervención de su hermana Urraca, tras prestar juramento de fidelidad, Alfonso VI pudo ser liberado. Urraca inició entonces una conspiración contra su hermano Sancho y, en el cerco leonés a Zamora, Sancho II era asesinado y Alfonso no tardó en reclamar la totalidad de las tierras de su padre (Castilla, León, Galicia, Portugal y Asturias), convirtiéndose en el rey más poderoso de la Península y prefigurando la idea del Imperio.

- La conquista de Toledo y la presión almorávide.

La debilidad de la taifa de Toledo con la ascensión al trono de al-Qadir en 1075 levantó los ánimos de conquista de las taifas de Sevilla y Badajoz. Ante este peligro, al-Qadir solicitó la ayuda de Alfonso VI, quien liberó a Toledo del cerco al que estaba siendo sometido y consiguió que al-Qadir se entregase a un radical protectorado castellano. Mientras tanto, el rey de Badajoz solicitaba la ayuda de los almorávides del Norte de África para luchar contra los cristianos.

La anexión total de Toledo se produjo cuando los partidarios del gobierno castellano en Toledo solicitaron la ayuda de Alfonso VI ante las pretensiones de los musulmanes de la ciudad que habían solicitado ayuda al rey de Zaragoza. Tras varios años de lucha, Alfonso VI conseguía la capitulación de la ciudad en mayo de 1085, que implicaba la anexión a Castilla de todo el reino de Toledo y la entrega de la primera gran ciudad del Islam en la Península.

Con la conquista de Toledo, Alfonso VI obtuvo un prestigio inmenso: todos los territorios al norte el Tajo fueron incorporados a su monarquía y, desde 1085, usó indudablemente el título de emperador. El Imperio castellano era un hecho, cuando la muerte de Ramón Berenguer II encendió la guerra civil en Cataluña, una parte de los nobles catalanes decidió acudir a Alfonso VI en petición de auxilio y protección para los derechos de Ramón Berenguer III. Alfonso VI era considerado entre los musulmanes como emberator dul-millatayn, emperador de las dos religiones: Zaragoza se ofrecía como presa inmediata. Pero, el rey de Sevilla consiguió que Yusuf Tashfin acudiera en el auxilio de los musulmanes de Al-Andalus.

El movimiento berberisco que dio lugar al Imperio Almorávide fue esencialmente religioso. Un jefe de un clan berberisco peregrinó a La Meca en 1039 y volvió predicando la verdadera doctrina y práctica del Islam, sin tener mucho éxito, se retiró a un ribat, monasterio fortificado, con sus discípulos, formando una nueva secta (al-morabbitum, “los habitantes del ribat”) cuya virtud sería la guerra santa. Abd Allah sería su primer caudillo, consiguiendo conquistar con tropas senegalesas Siyilmasa en 1053.

Pero sería su sucesor, Yusuf ben Tashfin quien conseguiría organizar un verdadero Imperio con capital en Marrakech. En poco menos de veinte años. Tashfin dominó todo el desierto del Sahara y la costa africana mediterránea.

El punto de partida para la intervención en Al-Andalus fueron las sucesivas llamadas de auxilio de los reyes de taifas y las conquistas de Alfonso VI, que amenazaron en exceso la presencia musulmana. Además, los reyes de tafias, convencidos de que iban a desaparecer, prefirieron diluirse en el seno del Islam.

Cuando en 1086, Alfonso VI reclamó todas las tierras que habían pertenecido al reino de Toledo, los taifas de Sevilla, Badajoz y Granada pidieron auxilio a Yusuf ben Tashfin. Ese mismo año, al frente de un poderoso ejército, Tashfin apareció en Algeciras y, en Sevilla, recibió gran cantidad de refuerzos de Sevilla, Granada y Málaga para socorrer Badajoz. En octubre de 1086 se libró la batalla de Sagrajas (Zalaca) donde Tashfin consiguió una trabajada victoria sobre los castellanos. En este momento, Alfonso VI recurrió a los reinos cristianos peninsulares y ultrapirenaicos para afrontar la amenaza almorávide.

Después del fracaso del asedio del castillo de Aledo en 1089, los almorávides recibían gran apoyo de la población andaluza, que veían en Yusuf ben Tashfin al restaurador de la ortodoxia islámica en cuanto a los impuestos. Los taifas lo sabían y los tafias de Sevilla y Granada iniciaron negociaciones con Alfonso VI en busca de un apoyo en contra de los almorávides. Yusuf fracasó en su intentó de tomar Toledo, culpando a los taifas, quienes no habían acudido al combate debido a que sus ejércitos eran mercenarios que había que pagar con los impuestos de los habitantes de las taifas, lo que provocaba el descontento social. Ante tal situación, Yusuf decidió actuar e invadió las taifas de Granada y Málaga que quedaron incorporadas al Imperio. Poco después, Yusuf declaró la guerra a Sevilla.

Los andalusíes solicitaron ayuda a todos los príncipes cristianos, cuyos ejércitos se pusieron bajo las órdenes de El Cid. En este ámbito, Córdoba sucumbía, y la viuda del rey musulmán huyó a Castilla, donde se convirtió en la concubina de Alfonso VI adoptando el nombre de Isabel. En 1091, Yusuf ben Tashfin cerraba su campaña sobre las taifas tomando las ciudades de Sevilla y Almería; Badajoz y Murcia también caerían rápidamente.

Es entonces cuando Alfonso VI idea el plan de una línea de defensa frente a los almorávides que se extendiera desde Lisboa hasta Valencia. Las tropas castellanas de Alfonso VI se dirigieron hacia Lisboa, la cual ocuparon, y cuyo gobierno fue entregado a Raimundo de Borgoña; mientras, en Valencia, El Cid conseguía tomar la ciudad (1094) tras varias revueltas a favor de la llegada de los almorávides, y, además, firmaba un tratado de alianza con Pedro I de Aragón para la lucha conjunta contra el Islam.

En el oeste de la Península, Raimundo de Borgoña perdía Lisboa, siendo sustituido por otro cuñado de Alfonso VI, Enrique de Borgoña, quien sería el futuro Enrique I de Portugal.

A pesar de la dura oposición ejercida por los cristianos, la conciencia cristiana era de fracaso frente a los almorávides. Las consecuencias fueron muy importantes: la idea imperial castellana se vino abajo y los pequeños poderes pirenaicos, comprimidos por la gran expansión, volvieron a tener una oportunidad de avanzar frente al Islam.

Yusuf ben Tashfin realizaba su cuarta campaña en tierras peninsulares, teniendo otra vez como objetivo Toledo. Pero Alfonso VI le salió al paso, sufriendo la derrota en Consuegra en 1098, pero que consiguió mermar las fuerzas de Yusuf que regresó a África.

Por otro lado, la muerte de El Cid en 1099 supuso la desaparición de la resistencia ofrecida por Valencia, donde las tropas castellanas abandonarían la ciudad tres años después para dejarla a merced de los almorávides.

Tamin ben Yusuf fue nombrado gobernador almorávide en Al-Andalus, teniendo Granada como el cuartel general. Tamin organizó una gran campaña con un gran ejército que atravesó Despeñaperros y tomó Uclés. Alfonso VI, muy viejo, entregó el reino a su hijo Sancho de diez años, y el mando del ejército recayó en el conde de Nájera. El ejército castellano se dirigió a Uclés, donde libraron una batalla (1108) que terminaría con la muerte del conde y de Sancho.

Al año siguiente, los almorávides lanzaron una gran ofensiva, saqueando Talavera, Madrid y Guadalajara, y poniendo cerco a Toledo, que consiguió aguantar. La firme resistencia quebrantó el poder de los musulmanes que no volvieron a lanzar ninguna otra ofensiva.

- Guerra civil y revueltas urbanas.

El nacimiento de Sancho, hijo de Alfonso VI y su concubina Isabel, provocó que Enrique y Raimundo de Borgoña se aliaran en una política de defensa de sus patrimonios y del derecho de Urraca, esposa de Raimundo, al trono castellano-leonés. Tiempo después, Urraca daba luz a un varón, llamado Alfonso, que fue entregado a la custodia de los condes de Traba en Galicia, territorio donde Urraca y Raimundo ejercían su poder.

Por otro lado, la reforma gregoriana había producido la consolidación del poder de los obispos en sus diócesis. Frente a la nobleza significaban un poder más ético, pero al mismo tiempo más conservador. Diego Gelmírez, que había ceñido la mitra de santiago contaba con el apoyo de los borgoñones y del Papa a través de éstos: quería elevar a metropolitana la sede de Compostela, centro espiritual de Europa, y asegurar a sus titulares un lugar inmediato al del propio soberano.

Cuando murió Raimundo de Borgoña de 1107, Diego Gelmírez y el conde de Traba plantearon a Alfonso VI la sucesión en Alfonso Raimúndez, su sobrino. El rey otorgó a Urraca y su hijo el dominio sobre Galicia, y los nobles gallegos se apresuraron a prestar acatamiento a Alfonso Raimúndez.

Tras el desastre de Uclés (1108) se estableció la siguiente situación: un rey anciano, sin sucesor masculino directo y que parecía incapaz de hacer frente a la amenaza de invasión almorávide. Entre tanto, Enrique de Borgoña, aprovechó la situación para convertir Portugal en un condado independiente. Las tres sedes del territorio Braga, Oporto y Coimbra, fueron ocupadas por clérigos franceses que le eran partidarios. La intención de Enrique de convertir a Braga en la sede primada de Hispania topó con la concesión del Papa Pascual II a Gelmírez de dicho derecho en determinadas circunstancias.

Urraca, viuda, era madre de un niño de cuatro años, y se necesitaba un marido que ejerciese las funciones inherentes a la soberanía y a la tutela. Es posible que fuese Alfonso VI quien propusiese a Alfonso I el Batallador de Aragón. Este proyecto de unión, consistente en transmitir a Alfonso I la potestad real en Castilla y León, tropezó con fuerte oposición; pero, la decisión estaba tomada. Alfonso VI moría en 1109.

Este proyecto estaba destinado al fracaso, y es que se intentó unir a caracteres muy opuestos: Urraca era una mujer sensual e inestable políticamente, mientras que Alfonso I era un hombre muy religioso y servidor de Dios. Además, estaban los intereses de los condes de Traba y Gelmírez por apoyar a Alfonso Raimúndez y los de Portugal, aparte de la oposición de la nobleza castellana y leonesa al nuevo rey.

Urraca y Alfonso firmaron el llamado Pacto de Unión, que parecía anunciar la fusión de ambas coronas. Ante todo se comprometían a preservar su matrimonio por encima del parentesco, la excomunión o cualquier otra cosa. Al marido le correspondía administrar los bienes de su mujer según era el uso, pero a su vez Alfonso constituía en arras de la esposa todos sus dominios patrimoniales. Y, por último, dictaminaron que los hijos nacidos del matrimonio heredarían todos los reinos; si no hubiese hijos pasarían a Alfonso Raimúndez.

En Galicia surgió un movimiento de obediencia hacia Urraca integrado por la pequeña nobleza: los “hermandiños”, ante el miedo del poder de la gran nobleza. Mientras, que la oposición a Alfonso I, liderada por Gómez González de Candespina y don Pedro González de Lara, intentaba poner a Urraca en contra de su marido, el Papa Pascual II declaraba nulo e ilícito el matrimonio de Urraca, por existir defecto de parentesco. Sin embargo, tanto Urraca como Alfonso I desoyeron el dictado del Papa y, mientras Urraca se dirigía a Aragón para tomar potestad en función de las arras otorgadas, Alfonso I, en Castilla, colocaba a hombres de confianza en todos los puestos claves y aprovechó la situación de descontento ciudadano para apoyar a los ciudadanos en contra del señorío eclesiástico. Urraca envió cartas a los nobles castellanos diciendo que desobedeciesen las órdenes de su marido.

Alfonso I empezó a actuar contra la Iglesia, y los nobles castellanos encontraron el motivo para levantarse en rebeldía contra el rey aragonés: liberar a la reina Urraca, cautiva en Aragón por su marido. El reino de Castilla entraba en guerra civil.

Mientras que en Galicia, los hermandiños cercaban a Alfonso Raimúndez y la condesa de Traba, que conseguía la capitulación mediante la intervención de Gelmírez, el conde de Traba ofrecía a Urraca su apoyo si ésta reconocía los derechos de su hijo. Por otra parte, Alfonso I conseguía el apoyo de Enrique de Portugal a cambio de la entrega del territorio de Astorga y Zamora e inmunidad en el gobierno de su territorio.

El conde de Traba proponía una solución: la proclamación de Alfonso VII, asociándole a su madre en el trono. Los dos condes, Candespina y Lara, lograron rescatar a Urraca de su prisión y llevarla a Burgos. Urraca, por influencia de Pedro González de Lara, comenzó a buscar apoyos en todas partes para debilitar a su marido: Gelmírez, los condes de Traba y los condes de Portugal. A Enrique de Portugal se le ofreció más de lo ofrecido por Alfonso I, es decir, se le brindaba la separación de su condado del reino. Sin embargo, cuando Urraca se dio cuenta de los propósitos de Enrique y Teresa, inició negociaciones con Alfonso para reestablecer la situación y luchar contra los portugueses.

En este momento, Gelmírez y el conde de Traba, avisando antes a doña Urraca, llevaron a cabo el proyecto de coronación de Alfonso VII. Los portugueses, mientras tanto, iniciaron la lucha contra Urraca y Alfonso, y recabaron la alianza con Gelmírez, aludiendo al pacto borgoñón anterior al 1100; pero Gelmírez quería convencer a la reina de que la coronación de Alfonso VII reforzaría la posición de Urraca. Urraca cedió y Alfonso VII fue coronado en 1111 en Santiago de Compostela. Tras esta coronación, Gelmírez, el conde de Traba y Urraca acudieron a León para derrocar a Alfonso I, pero éste les derrotó y les obligó a refugiarse en Galicia.

Sin embargo, Urraca consiguió la alianza de la nobleza gallega con los hermandiños y reunió un ejército para enfrentarse a su marido. En Carrión se encontraron ambas fuerzas, y en el momento del combate apareció el legado papal que obligó a la paz y a la separación del matrimonio. Pero ocurrió todo lo contrario: Urraca y Alfonso I volvieron a unirse, produciéndose al instante enfrentamientos entre nobles y partidarios de Alfonso I en las ciudades.

La situación volvió a cambiar cuando Alfonso I pretendió encarcelar a su mujer, que se tuvo que refugiar de nuevo en Galicia, donde, con el apoyo de Gelmírez, consiguió entrar en Burgos. Tras el Concilio de León de 1114, Alfonso I decidió someterse a la Iglesia y devolvió a Urraca a sus súbditos, rechazando la opción de volver a convivir juntos.

La ruptura matrimonial no trajo consigo la estabilidad al reino castellano-leonés, pues los condes de Portugal y de Traba, al igual que Gelmírez, se dedicaban ahora a fortalecer sus dominios frente al reino. La reina Urraca actuó primero en Galicia, donde intentaba que se le reconociese como señora única, pero tenía que enfrentarse a Gelmírez, cuyo poder y el de su sede de Compostela había alcanzando un gran impulso. Urraca consiguió el apoyo de los ciudadanos, que proponían derribar al prelado e implantar en Compostela un gobierno municipal laico. Los ciudadanos declararon que Santiago se regiría por un concejo.

El conde de Traba repudió la situación de la sede primada y comenzó a reunir tropas y nobles que empezaron a cercar a los ciudadanos de Compostela. Mientras tanto, Gelmírez se trasladó a León para tratar con Urraca, a quien prometió el reconocimiento de su soberanía y de su hijo a cambio de ayudar a reestablecer la situación anterior en Compostela. La reina aceptó, y se dirigió a Compostela con su ejército, entrando en la ciudad en compañía de Gelmírez, mientras se corría el rumor de que se preparaban las tropas para quebrantar el derecho de asilo y así condenar a los refugiados. Estalló un gran tumulto que provocó la entrada de los amotinados en el palacio episcopal del que huyeron la reina y Gelmírez, que a duras penas consiguieron escapar de la ciudad. Tras conseguir escapar, la ciudad capituló y el patrimonio de Gelmírez quedó confirmado y consiguió del Papa Calixto II la elevación de Santiago a sede metropolitana, sustituyendo a Mérida, y su nombramiento como legado apostólico de toda la Península.

- El “Imperium” de Alfonso VII.

En 1126 moría Urraca y Alfonso VII heredaba la totalidad de los territorios que habían pertenecido a Alfonso VI, titulándose “imperator” en los documentos. E inmediatamente se intuyó una guerra con Aragón por el dominio de los enclaves que Alfonso I ocupó siendo rey de Castilla y León. Pero el inicio de un guerra era impensable cuando el Imperio almorávide se estaba desmoronando, por lo que ambos reyes se entrevistaron y firmaron el Acuerdo de Támara en 1127: Alfonso I restituía el reino de Castilla, pero volviéndose a los límites anteriores a 1067, es decir, reconociendo los territorios que incorporó Sancho II. De este modo el conjunto navarro-aragonés-zaragozano ganaba en extensión y en fuerza. Y Alfonso VII sería el único que utilizaría el título de “imperator”.

El heredero de Alfonso VI encontraba un imperio destrozado: los condes de Portugal se habían hecho independientes mientras que en Aragón, Navarra y Cataluña reinaban príncipes poderosos. En el interior las facciones entre los linajes de nobles habían creado un estado de inquietud y desasosiego. Alfonso VII decidió que, en primer término, debía regular las relaciones con Portugal. Entre Teresa y su hijo Alfonso Enríquez, las relaciones eran de franca ruptura. Teresa buscaba el apoyo de sus nobles para desbancar a Alfonso. Tropas leonesas penetraron en Portugal y los partidarios de Alfonso Enríquez prestaban homenaje feudal a Alfonso VII: Portugal se quedaba como parte de la monarquía leonesa y Alfonso Enríquez salía reconocido como legítimo conde de Portugal. Alfonso VII contraía matrimonio con Berenguela, hija de Ramón Berenguer III, y conseguía una alianza entre castellanos y catalanes.

Tras la muerte de Alfonso I el Batallador (1134) se inició una lucha por ver quien heredaba el reino de Aragón, en la que también intervino Alfonso VII. Alfonso VII reclamó todos los territorios que en tiempos de Alfonso VI pertenecieron a Castilla; además, el Reino de Zaragoza era suyo porque dependía de las parias castellanas y la conquista de Alfonso I había sido como titular de Castilla. Alfonso VII recurrió a las armas a fin de negociar la base de un posesión efectiva. Emprendió el camino hacia Zaragoza, donde Armengol se apresuró a negociar con el rey castellano, haciéndole entrega de la ciudad.

Sin embargo, el papa Inocencio II exhortó a Alfonso VII a entregar el reino a las Órdenes Militares, como decía en el testamento de Alfonso I. Pero, para Alfonso VII la solución podía llegar con el restablecimiento de y nueva definición del Imperio Hispánico: así, en 1135 fue coronado Emperador. El paralelismo con los monarcas alemanes fue evidente. Alfonso VII trataba de considerar toda la Península como una unidad que regían varios reyes, y todos prestaban homenaje de fidelidad feudal a uno sólo, el de Castilla y León, único en quien se reconocía la suprema condición del “imperium”.

En los años siguientes, Alfonso VII tuvo que luchar porque se le reconociesen los territorios de Vascongadas como suyas, y ante la coalición que formaron Alfonso Enríquez de Portugal y García Ramírez de Navarra para abrir dos frentes en las fronteras castellanas en 1137 que el Emperador castellano supo atajar. En los años siguientes, las incursiones portuguesas y castellano-leonesas en territorios enemigos fueron frecuentes, teniendo que actuar en la guerra el legado papal, Guido de San Cosme, que consiguió que los líderes enfrentados se reuniesen en Zamora. Allí, Alfonso VII reconoció el derecho de Alfonso de Portugal a utilizar el título de rey a cambio de un homenaje feudal del portugués sobre Astorga. Con esta actuación, el legado papal consiguió que el nuevo rey de Portugal hiciese acto de vasallaje formal con pago de tributo a la Santa Sede.

En 1140, Alfonso VII y Ramón Berenguer IV se reunieron en Carrión donde acordaron un reparto de Navarro: ante todo Castilla y Aragón recobrarían todos los territorios que en otro tiempo les pertenecieran, del resto se repartiría entre ambas Coronas. En la guerra que se produjo a continuación (1140-1145) Castilla invadió Navarra, llegando a ocupar Pamplona; no obstante, la ofensiva castellana se paralizó ante el pacto matrimonial entre una hija bastarda de Alfonso VII, Urraca, con el rey de Navarra, a la vez que se establecía el matrimonio entre el heredero de Castilla con la heredera de Navarra, Blanca.

En 1145, Alfonso VII, Ramón Berenguer IV y García Ramírez de Navarra se reunían para declarar las querellas que les separaban con el fin de establecer una alianza contra el Islam. El emperador propuso su proyecto de tomar Almería. En una expedición en la que participaron naves italianas, soldados de los dominios del emperador y de otros monarcas peninsulares, tomándose la conciencia de una empresa del “Imperium hispanicum”. Almería se rindió en octubre de 1147, poco tiempo antes de que lo hiciese Lisboa.

Tiempo después, en 1151, se reunieron los reyes de Castilla y Aragón con el objetivo de saber si aceptaban o no al nuevo rey de Navarra, Sancho VI. Alfonso VII y Ramón Berenguer IV negaron la legitimidad al nuevo monarca de Navarra y acordaban la distribución del botín de la reconquista: es decir, Valencia, Denia y Murcia pasaban a depender de Aragón y el resto de Castilla. El pacto de Tudején, como se llamó a esta reunión y lo que en ella se estableció, delimitó lo que sería la estructura territorial hispánica. Sancho VI se vio en la obligación de prestar homenaje feudal a Alfonso VII, cedió Rioja y se acordó el matrimonio de su hermana Blanca con Sancho III y el de una hija del emperador, Sancha, con el rey navarro.

Alfonso VII moría en 1157, dejando el reino repartido entre sus hijos: Sancho III recibía Castilla y Toledo, y Fernando II León y Galicia. El Imperio abdicaba dejando paso a la época de los Cinco Reinos.

TEMA 6: NAVARRA, ARAGÓN Y CATALUÑA (S. XI-XII).

- Navarra y Aragón hasta Alfonso I el Batallador.

- La conquista de Zaragoza.

- La compleja sucesión.

- La formación de la Corona catalana-aragonesa.

La muerte de Sancho III el Mayor dio origen a divisiones políticas a uno y otro lado de la frontera, hasta convertir la península en un mosaico de pequeños reinos. Sancho III repartió sus dominios de la siguiente manera: García III Sánchez recibía Navarra, ampliado el reino con Rioja, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya; Fernando recibió el condado de Castilla; Gonzalo recibía el condado Sobrarbe y Ribagorza; el hijo bastardo, Ramiro, recibió el condado de Aragón, y se convertiría en Ramiro I de Aragón.

- Navarra y Aragón hasta Alfonso I el Batallador.

Ramiro I fue el primer rey de ( - ) y y (-). [ ]Hijo natural de , rey de . Su origen ilegítimo es conocido gracias a una historia, en la que Ramiro es el único de los hijos de Sancho que ayuda a su mujer (incluyendo los hijos de esta). Ella, complacida, lo adopta como hijo suyo.

Después de la muerte de Sancho el Mayor, heredó el trono su hijo primogénito legítimo , que gobernaba en todo el territorio paterno. Su hermano Ramiro, lo consideró menor de edad y se proclamó rey en las tierras que había recibido de su padre para vivir de las rentas en con trono en Jaca. Muy pronto se enfrentaron en la batalla de Tafalla y Ramiro inició una dinastía nueva en el reciente reino de Aragón. Gonzalo, que regía las rentas reales en y , transfirió los derechos a su hermano Ramiro I.

Ramiro I contrajo matrimonio con Gisberda, hija del conde y, en el bautizo, pasó a llamarse Ermesinda. De este matrimonio nació , futuro rey de Aragón. Ramiro I moría en el sitio de Graus en 1063.

Sancho Ramírez (1063-1094) sucedió a su padre a la edad de 18 años. Entre sus primeras acciones destaca la toma de a los musulmanes, en , en unión con , , que murió en la reyerta; aunque al año siguiente, , rey de la , reaccionó solicitando la ayuda de todo , llamando a su vez a la y volviendo a recuperar Barbastro en . Hay que recordar que Barbastro era capital del distrito noreste del , y llave de la rica vega del , además de sede de un importante mercado. En Sancho Ramírez viaja a para consolidar el joven Reino de Aragón ofreciéndose en vasallaje al Alejandro II.

El rey de Navarra, IV, primo de Sancho Ramírez, fue asesinado por su propio hermano Ramón, que en una partida de caza le precipitó de una elevada roca. Los navarros, no queriendo ser gobernados por el fratricida, eligieron como rey a Sancho Ramírez, el cual incorporó la corona de Pamplona a la de Aragón.

En taló los campos de , construyó la fortaleza de Castellar, y más tarde hizo tributario al rey musulmán de aquella ciudad. En se apoderó del castillo de , de y que mandó repoblar. La conquista del llano se iba asegurando con la construcción de castillos que servían de lanzadera y luego como protección de la tierra conquistada. Construyó Sancho Ramírez los castillos de , Obanos, , , Castiliscar...etc.

En el año , habiendo ganado , dio esta plaza con título de rey a su hijo Don Pedro, que ya era conde de y .

Para establecer relaciones cordiales con Castilla, ayudó a Alfonso VI en la batalla de () y en la defensa de () y, finalmente, concertó un tratado de ayuda mutua con () para defender el señorío de Valencia del ataque almorávide. Por otro lado, completó el cerco de fortificando , y ().

Murió el del año de un flechazo que recibió sitiando . Su cuerpo fue llevado al monasterio de Monte-Aragón, y trasladado después al de .

Su segunda mujer fue de Ronci, de la que tuvo al infante Don Fernando de Navarra, y a .

Desde 1094 Pedro I de Aragón (1094-1104) estaba sitiando Huesca, incluido en el reino de al-Musta’in de Zaragoza. Cumpliendo lo pactado en un tratado con al-Musta’in, los castellanos llegaron a Huesca con refuerzos para los sitiados; pero fueron vencidos, castellanos y musulmanes, en 1096, provocando la rendición de Huesca. La reducida monarquía aragonesa lograba con ella poner pie en el llano.

Días después, tanto castellanos como aragoneses recibían petición de ayuda de El Cid desde Valencia, y es que a El Cid y Pedro I les unía una alianza de afecto personal. Castellanos y aragoneses derrotaron a los almorávides en Bairén y frenaron la ofensiva africana sobre Valencia.

Las victorias de Pedro I se sucedían, consiguiendo, en 1101, la recuperación de la plaza de Barbastro. Hasta su muerte en 1104, Pedro I continuó luchando contra los musulmanes, conquistando varias plazas del llano. En ese año, le sucedía en el trono su hermano Alfonso I el Batallador (1104-1134), que tuvo que ver como los almorávides se posicionaban cerca de Zaragoza, ciudad deseada por los aragoneses y considerada por los castellanos como territorio protectorado.

- La conquista de Zaragoza.

En 1107 moría Yusuf ben Tashfin, el terrible anciano que mandara a los almorávides, y se manifestó la destreza militar de Alfonso I. En este año, Alfonso I mantenía un pacto de recíproca ayuda con Pedro Ansúrez, consejero de Alfonso VI, y defensor del condado de Urgel: Ansúrez tuvo que solicitar la ayuda del rey aragonés ante la amenazadora presencia de los almorávides.

El objetivo del monarca aragonés era muy preciso: Zaragoza, donde al-Musta’in se había abstenido de tomar contacto con Yusuf ben Tashfin, convencido de que su suerte sería la misma de todos los demás taifas. Los almorávides, dueños de Valencia, se encontraban en las fronteras de la taifa de Zaragoza, mientras que los aragoneses, dueños de Ejea y Tauste, amenazaban las defensas exteriores de Zaragoza. Al-Musta’in se decidió, finalmente, por la ayuda almorávide.

Alfonso I, viniendo desde Huesca, ya sólo las Bárdenas y los Monegros, separaban a las tropas cristianas de Tudela y Zaragoza. Mientras, en el Este los aragoneses se abrían paso hacia Lérida. Sin embargo, estando ausente Alfonso I, debido a sus luchas contra los nobles castellanos que se oponían a su elección como marido de doña Urraca, heredera de Alfonso VI de Castilla, al-Musta’in intentó recuperar su prestigio mediante a una acción militar brillante: con sus tropas penetró en Navarra, llegando a las inmediaciones de Olite. Pero cuando regresaba a Zaragoza, tropas aragonesas y navarras le salieron al encuentro, le derrotaron y dieron muerte en Valtierra (1110). Su hijo, Abd al-Malik se hizo cargo del mando en una ciudad atemorizada: en mayo de ese año, los almorávides se apoderaban de Zaragoza.

El dominio almorávide comenzaba a generar entre los que a sí mismos se llamaban andalusíes un espíritu de resistencia: no querían que los africanos se convirtiesen de auxiliares a dominadores.

Sin embargo, en una larga y rápida travesía desde Galicia, Alfonso I apareció a las dos semanas de la conquista almorávide, frente a las murallas de Zaragoza, pero no pudo tomarla. Se abría ahora un período en que Alfonso I se vería completamente envuelto en los entresijos de las revueltas nobiliarias en Castilla contra su autoridad. Pero una vez desembarazado de estos problemas, tras su separación definitiva con Urraca en 1114, pudo centrarse en preparar la acción militar contra Zaragoza y Lérida.

Desde el otro lado del Pirineo acudieron en su ayuda los hermanos Céntulo y Gastón de Bearne. En julio de 1117 pudo darse por formalizado el cerco sobre Zaragoza. A la vez, Ramón Berenguer III atacaba Lérida: esto se plantearía como punto de conflicto entre aragoneses y catalanes en un futuro. Alfonso I se empleó a fondo para adueñarse de varios enclaves mientras desde la Santa Sede se animaba a la cruzada en la Península, consiguiendo Aragón refuerzos de caballeros franceses, vizcaínos y catalanes. El emir almorávide, Ali ben Yusuf, había enviado importantes refuerzos para salvar Zaragoza. Sin embargo esa ayuda se demoró en el camino, de modo que, cuando se recibió la noticia de que Alfonso I controlaba la Aljafería de la ciudad, el ejército se apresuró en llegar a la ciudad. Con la muerte del general almorávide al mando del contingente de apoyo, la moral de los musulmanes decayó. Desde el interior se solicitaron a Alfonso I condiciones de capitulación que él otorgó en forma que puede considerarse muy generosa: los musulmanes tendrían derecho a conservar sus propiedades, su religión e incluso su estructura de gobierno pagando los mismos impuestos que hasta entonces abonaran. En diciembre de 1118, Alfonso I entraba en Zaragoza declarando que el reino se incorporaba al de Aragón. Desde entonces, los soberanos aragoneses se encontraron gobernando súbditos de ambas religiones.

Pero aún quedaba por resolver tres problemas: atraer a pobladores campesinos cristianos en número suficiente para reducir a los musulmanes a minoría, apoderarse de la ribera del Ebro, aguas arriba, y someter las huertas del Jalón que constituía la reserva alimenticia de la comarca.

En 1119 fueron promulgadas importantes privilegios para los campesinos que acudieran a repoblar. Con las conquistas de Tudela, Tarazona y Borja en 1124 se completó el dominio del Ebro y comenzaron la expansión por la línea del Jalón.

Además, los aragoneses consiguieron una victoria aplastante frente a los almorávides en Calatayud (1120) que significó la ruptura del prestigio militar almorávide. Desde esta victoria, Alfonso I comenzó a ordenar la construcción de importantes plazas que apuntasen en dos líneas de expansión futuras: Lérida y Valencia. También se creó la Orden Militar de Belchite que permitía el apoyo militar en el reino.

Tras una expedición aragonesa en ayuda de Granada, que permitió el saqueo y el aumento de las riquezas del rey aragonés, éste regresó con un botín de 14.000 mozárabes libres para ser utilizados en la repoblación zaragozana.

- La compleja sucesión.

Alfonso I moría en 1134 y en su testamento, careciendo de hijos varones que le heredaran, designaba a las Órdenes Militares, hospitalarios y templarios, como sus herederos: restituía a Dios cuanto de Dios recibiera con la esperanza firme de que sirviera de enmienda de sus pecados. El testamento demostraba un espíritu religioso extraordinario pero también la carencia absoluta del sentido de la realidad.

Sin embargo, los nobles aragoneses, reunidos en Jaca, decidieron incumplirlo pidiendo a Ramiro, su hermano obispo de Burgos, Pamplona y Sahún, que ciñera la corona. Se adelantaban de este modo a la posibilidad de que García Ramírez, nieto de El Cid, rey de Navarra, fuese proclamado sucesor. García Ramírez comandaba tres fortalezas importantes (Monzón, Pueyo y Castejón) y disponía de abundantes tropas.

Ramiro II (1134-1137) se adelantó a presentarse como rey de hecho ante los aragoneses; y declaró que él recibía la corona pensando en el bien del pueblo, a fin de que no se perdiera, y también porque deseaba salvaguardar las libertades de la Iglesia. Pero los nobles navarros rechazaron esta candidatura y reconocieron a García Ramírez como su rey.

Alfonso VII presentó también reclamaciones en cuanto a todos los territorios que pertenecieron a Castilla en tiempos de Alfonso VI tenían que serles restituidos. Alfonso VII recurrió a las armas a fin de negociar sobre la base de una posesión efectiva: emprendió su marcha hacia Zaragoza con un numeroso ejército y se hizo con la ciudad tras su capitulación en diciembre de 1134.

Ramiro II quería demostrar que era el legítimo rey de Aragón y entabló rápidamente negociaciones para conseguir una dispendia eclesiástica que le permitiera contraer matrimonio y dar al reino el heredero que éste necesitaba. Además, negoció con García Ramírez, con quien firmó un pacto que suponía la continuidad como rey de Navarra de Ramiro II y la lugartenencia con mando del ejército para García Ramírez.

El papa Inocencio II negó a Ramiro II la dispensa que éste necesitaba y exhortaba a Alfonso VII para que hiciera cumplir el testamento de Alfonso I haciendo entrega a las Órdenes Militares. Poco después, el conde de Toulouse concertó el matrimonio de su sobrina, Inés de Poitiers, con Ramiro II.

Por otra parte, en 1135, Ramiro II tuvo que hacer frente a la proclamación de Alfonso VII como Emperador, y de la alianza entre éste y García Ramírez, quien le prestó homenaje por Navarra, tras lo que recibiría el gobierno de Zaragoza. Sin embargo, García Ramírez sirvió de poco, y Alfonso VII y Ramiro II acordaron la devolución de Zaragoza a Aragón y un futuro matrimonio, además de la eliminación de García Ramírez.

En 1136, García Ramírez pactó una alianza con Alfonso Enríquez, conde de Portugal, quien anhelaba el deseo de aumentar sus dominios, por la cual ambos implicados se comprometían a iniciar una campaña militar contra Castilla. Aparte, del matrimonio entre Inés y Ramiro nacía una niña Petronila, en quien recaía la herencia de Aragón; las Órdenes Militares se apresuraban entonces a transmitir sus derechos al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. De este modo, se acordó el matrimonio de Petronila con Ramón Berenguer IV, quien contaba con 24 años. En noviembre de 1137, Ramiro II abdicaba en su yerno y regresó a su monasterio.

- La formación de la Corona catalana-aragonesa.

Ramón Berenguer IV contraía matrimonio con Petronila en 1150, convirtiéndose en princeps de Aragón, ligando la Casa de Barcelona con el Reino de Aragón.

Las primeras acciones de Ramón Berenguer IV serían las negociaciones con para conseguir el retorno de las tierras ocupadas por las tropas castellano-leonesas a la muerte de , tío de su mujer. Además, quería recibir ayuda para reincorporar el reino de a la , territorio que se había independizado. En firmó en un pacto de ayuda mutua y de retirada de las tropas de Alfonso VII del , a cambio del vasallaje del conde-príncipe. También se realiza una acción conjunta contra Navarra que no tiene efecto. En Alfonso VII y Ramón Berenguer IV firmaron el que, aparte de renovar la alianza anti-navarra, pretendía repartirse . De modo que para la se reservan las tierras de , y , por las cuales Ramón Berenguer habría de rendir homenaje a Alfonso VII. Tiempo después, acordaba con el nuevo rey castellano, Sancho III, que éste otorgaba a Alfonso, hijo y sucesor de Ramón Berenguer IV, el reino de Zaragoza a cambio de la prestación de vasallaje.

Tras la muerte de Ramón Berenguer IV en 1162, la situación en la zona ultrapirenaica se complicó. La política ultrapirenaica u occitánica, era promovida por la relación con su hermano Berenguer Ramón, conde de Provenza, que, tras su muerte, su hijo Ramón Berenguer fue protegido por el conde-príncipe. Esta política conectaba con los intereses de la Casa real de Inglaterra, ya que Enrique II era duque de Aquitania. Tras una reunión entre ambos dirigentes, Cataluña e Inglaterra pasaron a establecerse en una política antifrancesa comunitaria; esta consecuencia del acuerdo con Inglaterra, llevó a Ramón Berenguer IV a buscar la amistad de Federico I Barbarroja, pero murió en el camino hacia Turín.

Ramón Berenguer IV, en su testamento, dejaba los condados catalanes a su hijo Alfonso Ramón, los territorios de Béziers, Narbona y Carcasona a su hijo menor Pedro. Pero se debía establecer una regencia ya que Alfonso Ramón era menor de edad: de ella se ocupó Ramón Berenguer, conde de Provenza. También, sumar a los territorios heredados por Alfonso el Reino de Aragón, ya que Petronila hizo renuncia de su trono en su hijo, convirtiéndose en Alfonso II de Aragón. Así, Aragón y Cataluña permanecerían unidos para siempre.

TEMA 7: EL AUGE DE LA CORONA DE CASTILLA E EL SIGLO XIII.

- La última separación castellano-leonesa.

- El intento de hegemonía leonesa: Fernando II y Alfonso IX.

- La obra de Alfonso VIII: las Navas de Tolosa.

- La monarquía de Fernando III.

- La reunificación definitiva.

- La incorporación de Andalucía y Murcia.

- Alfonso X: del esplendor a los primeros síntomas de la crisis.

- La última separación castellano-leonesa.

Después de la muerte de Alfonso VII desapareció la idea imperial. El hecho de que se haya dado Castilla al primogénito demuestra que este reino se consideraba como el más importante. Aunque antepusiera el título de rey de León, Fernando II (1157-1188) tenía el centro de sus dominios en Galicia, asiento de la cabeza espiritual del reino; mientras, Sancho III (1157-1158) se hacía con los territorios limítrofes entre el río Cea y el Pisuerga, al igual que Medina del Campo o Ávila.

A diferencia de lo ocurrido con la muerte de Fernando I, los herederos no trataron de destruirse, sino de respetarse. Fernando II abandonó en Fresneda el cadáver de su padre y corrió a tomar posesión de su reino. En León se reunió con Alfonso Enríquez, muy interesado en el debilitamiento de Castilla, al contrario de lo que hizo Sancho, que jamás reivindicaría la unidad. De esta forma, la España cristiana se convierte en un ámbito de poder regido solidariamente por cinco reyes: Castilla, León, Aragón, Navarra y Portugal.

Todos los reyes intentaron mantener con frecuentes enlaces este parentesco. La tarea común era la lucha contra el Islam, de modo que las disputas también se centraban en las zonas que cada reino había acotado y que se esforzaba en defender y ampliar.

Un hecho que cambiaría el sistema defensivo frente al Islam ocurriría después del abandono de los templarios de la fortaleza de Calatrava alegando que no tenían bastantes fuerzas para mantenerla. Se promovió entonces una especie de cruzada y establecieron una guarnición permanente, sujeta a la disciplina monástica y militar de una Orden. De este modo, nacería la Orden de Calatrava en 1158.

Tras un motín surgido en Zamora, Sancho III y Fernando II se reunieron en Sahún, en donde firmaron un acuerdo por el que sólo se reconocía a Ramón Berenguer IV y sus descendientes como legítimos soberanos; respecto a Portugal era acordado un reparto; y se fijaron los futuros límites de expansión frente al Islam.

- El intento de hegemonía leonesa: Fernando II y Alfonso IX.

En agosto de 1158 murió Sancho III, dejando únicamente un hijo, Alfonso VIII, nacido de Blanca de Navarra. El difunto había querido dejar a su lado una persona que fuese garantía de sensatez y escogió a Gutierre Fernández de Castro. Pero en este nombramiento recaería la futura acción política de Castilla: las disputas nobiliarias entre los Castro y los Lara. La oposición de los Lara a cualquier gobierno de los Castro era muy viva, y era representada por Manrique Pérez de Lara, el más grande de los nobles castellanos. En el nudo de las nuevas disputas que se produjeron estaba la pretensión de ambas Casas sobre el Infantado de Medina de Rioseco, que Fernando II reclamaba para su reino. Los Castro, huyeron a León en busca de ayuda, y Manrique de Lara se hizo con el niño Alfonso VIII y tomaba su tutoría y regencia. Fernando II no pudo intervenir hasta 1162, ya usando el título de “Hispaniarium Rex”, lo que permitió la consolidación de los Lara.

En 1162, Fernando II y los Castro invadían Castilla sin encontrar mucha resistencia. Los Lara se replegaron sobre Burgos y Soria, llevándose a Alfonso VIII; pero se llegó a un acuerdo por el que Fernando era reconocido regente de Castilla.

En cierto modo podía hacerse la ilusión Fernando II de que la superioridad leonesa quedaba establecida. La fuerza militar sobre la que se apoyaba sus pretensiones era muy débil; había bastado su ausencia para que Alfonso Enríquez invadiese Ciudad Rodrigo y ocupara Salamanca. En 1163, intentó reunirse con Alfonso VIII para que éste le prestara vasallaje, pero los Lara, indirectamente, se lo llevaron al castillo de Gormaz. Poco después aparecen los dos reyes juntos, sin que mediara el homenaje.

Fernando comprendió que iba a serle imposible hacer efectiva su autoridad en Castilla e inició una maniobra destinada a dejar que los dos grandes linajes dirimieran solos sus querellas. Fernando procuró adoptar una postura defensiva, estrechando las relaciones con Navarra, cuya reina era su hermana Sancha, a fin de crear una alianza de interesados en impedir las reivindicaciones territoriales de Castilla. En 1169, Alfonso VIII fue declarado mayor de edad, pero los Lara siguieron dirigiendo los asuntos de gobierno.

El abandono de las hegemónicas de Fernando II produjo una clara tendencia al equilibrio entre los monarcas cristianos e incluso un breve período de paz. Alfonso Enríquez y Fernando II celebraron una entrevista en Pontevedra y firmaron el Tratado de Lérez, acordando el matrimonio del rey leonés con la infanta portuguesa Urraca. Por otra parte, Castilla firmó la paz con Navarra ante la pérdida varias ciudades, entre ellas Logroño o Álava. Y entre Castilla y Aragón las relaciones eran excelentes e iban a seguir siéndolo todavía durante largo tiempo.

Fernando II veía como su reino, ante el avance de Portugal y Castilla, se quedaba cada vez más encerrado en su avance hacia el sur ante las tropas musulmanas. Así, cuando Alfonso Enríquez atacó Badajoz, y la guarnición musulmana pidió ayuda a Fernando II, éste no dudó en iniciar el ataque contra los portugueses, derrotándolos y consiguiendo Cáceres, Trujillo y Monfragüe por la liberación del conde portugués.

Fernando II murió en 1188, y surgía una disputa entre su hijo ilegítimo Alfonso y su hijo legítimo Sancho. Diego López de Haro se negó a proclamar a Sancho como rey, e impidió el golpe de estado y la guerra civil, pero no que Urraca, madre de Sancho, buscase la protección de Alfonso VIII, quien invadió León con sus tropas. Pero Alfonso IX (1188-1230) contaba con el auxilio de la nobleza y de la Iglesia. El rey leonés convocó una Curia en León en la que concurrieron por vez primera procuradores que representaban a villas y ciudades: son las primeras Cortes. La presencia de los procuradores de las ciudades obedecía a un primordial función económica; no podía cobrarse un impuesto sin el consentimiento de quienes habían de pagar. Dos tipos de subsidio eran tratados en Cortes: el “petitum” o subsidio extraordinario justificado en caso de guerra y que convenía extender también a los grandes concejos, y la “moneda”, esto es, los reyes tenían derecho a acuñar moneda y lo ejercían cambiando sus aleaciones.

A cambio de subsidios hubo que admitir demandas cuya respuesta daba origen a acciones legislativas. Estas demandas son los cuadernos. En León, en 1188, fueron tan importantes que algunos historiadores han llamado ““Carta Magna Leonesa”” a su conjunto. Alfonso IX juró respetar las leyes del país sometiendo a juicio de la Curia todos los delitos, sin aceptar denuncias personales. La declaración de guerra o firma de paz tenía que ejercerse por el soberano con acuerdo de los tres estamentos de nobles, obispos y ciudadanos.

Alfonso VIII y Alfonso IX se entrevistaron y acordaron la paz: el rey de Castilla no devolvió ninguna de las plazas que ocupaba y obtuvo en cambio una promesa de matrimonio de Alfonso IX con una infanta castellana y cierta sumisión. Alfonso IX acudió a una Curia extraordinaria convocada en Carrión, fue armado caballero y le besó las manos, lo que significaba un gesto de humillación. Esta Curia de Carrión, donde también se armó como caballero a Conrado de Hohenstaufen, hijo de Federico Barbarroja, prometido con Berenguela, constituía el proceso culminante de recuperación castellana.

al oeste, penetró en territorio leonés con el mismo objetivo que : apoderarse de las tierras del . Así, León se vio cercado entre dos frentes que amenazaban con su destrucción. Alfonso IX, viendo la situación, se dio cuenta del grave peligro que corría su . De este modo, para buscar una solución, utilizó la diplomacia y se puso de inmediato a buscar apoyos en Portugal. Primero se entrevistó con y concertó el matrimonio con la Infanta Teresa, prima carnal de Alfonso IX, por lo que su matrimonio estaba prohibido. No obstante, el matrimonio duró tres años, en los cuales, tuvieron tres hijos: Dulce, Fernando y Sancha. Fernando, por desgracia, murió muy joven, en el año 1214.

La boda, por los motivos citados, no agradó a algunos eclesiásticos, que tomando cartas en el asunto, informaron al Papa , que se mostró implacable y tildó el matrimonio de incesto, pronunciando más tarde una sentencia de excomunión y entredicho: la excomunión afectaba a los reyes de León y de Portugal, mientras que el entredicho afectaba a ambos Reinos.

En un tiempo convulso, el Sancho I propuso a su homólogo aragonés un pacto para defenderse de . Alfonso II, temeroso de , propuso al rey portugués que el pacto se extendiera al y al . El pacto entre estos cuatro reinos fue llamado la Liga de Huesca. El pacto consistía en un compromiso por el cual ninguno de los monarcas firmantes entraría en guerra sin el mutuo consentimiento. Alfonso IX, por su parte, firmó el tratado por la poca confianza que tenía en , quién a pesar del convenio de seguía sin devolverle las plazas leonesas que aún retenía.

Sin embargo, la amenaza almohade impedía a los coaligados de Huesca emplearse a fondo; además moría, en 1194, Sancho VI de Navarra, y su sucesor, Sancho VII no mostraba entusiasmo por la guerra. El papa intervino y consiguió la anulación del matrimonio de Alfonso IX y Teresa y la paz de Castilla y León, por la que Alfonso VIII devolvía algunos enclaves.

Un ejército almohade cruzó el Estrecho en 1195, remontando el valle del Guadalquivir y dirigiéndose hacia Calatrava. Alfonso VIII tenía el campamento en Alarcos. La batalla de Alarcos (1195) indicó con claridad cuál era la fuerza real de los imperios africanos, cuya superioridad numérica era aplastante. Los almohades ocuparon los castillos cercanos tras la batalla.

Alfonso IX y Sancho VII vieron la derrota de Alarcos como una ocasión inmejorable para obtener venganza a tantos agravios de Castilla. Alfonso IX logró una alianza con el califa almohade para invadir Castilla; mientras que Sancho VII invadía y saqueaba las tierras de Soria y Medinaceli. Pero, cuando los almohades se retiraban hacia el sur, Alfonso VIII lanzó la contraofensiva hacia León.

El papa Celestino III tuvo que intervenir, ya que la actitud de León y Navarra eran un claro atentado a las intereses de la Cristiandad. El papa excomulgó a Alfonso IX y concedió a aquellos quienes luchasen contra León los mismos beneficios que a los cruzados. El rey de Portugal se decidió por Castilla e invadió Galicia. Pero se llegó a la paz: se acordó el matrimonio de Alfonso IX con Berenguela, aquella que estuvo prometida con Conrado de Hohenstaufen. Se tenía la esperanza de que Celestino III entrase en el camino de las dispensas, que los Cinco Reinos consideraban esenciales para mantener entre ellos la unidad. Pero, el nuevo papa, Inocencio III, negó la dispensa e incluso intentó conseguir la separación de los contrayentes. Mientras intentaba conseguir la separación, del matrimonio ya habían nacido cuatros hijos. Finalmente, el papa consiguió la separación del matrimonio, pero aquél era la única garantía de paz, y su separación traería graves problemas.

- La obra de Alfonso VIII: las Navas de Tolosa.

Alfonso VIII (1158-1214) había aprovechado los años de amistad con León para intentar recuperar Vascongadas: y así lo hizo gracias a un pacto con Pedro II de Aragón para repartirse el reino. En 1199, toda Álava y Guipúzcoa se entregaron a Alfonso VIII, que inició una intensa labor repobladora y de concesión de fueros. La incorporación de Vascongadas a Castilla supuso la obtención de una fachada marítima y el encierro a Navarra, e hizo que Castilla tuviese frontera con Gascuña, dote de Leonor, esposa de Alfonso VIII.

Alfonso VIII acarició la idea de reclamar la dote de su esposa y el acercamiento a Francia favorecía tales pretensiones. En una reunión de paz entre Felipe II Augusto y Juan sin Tierra, también fue acordado el matrimonio del heredero francés, Luis, con Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII. Al morir Leonor, Alfonso VIII reclamó el ducado de Gascuña, con la consiguiente oposición de Juan sin Tierra: Alfonso VIII invadió el territorio, pero no ocupó los puertos de Bayota y Burdeos, por lo que tuvo que aceptar la imposibilidad de dominar el ducado.

La separación de Alfonso IX y Berenguela traía de nuevo las dificultades entre Castilla, León y Portugal. Sancho I consiguió la amistad de Castilla al pactar el matrimonio de su hijo Alfonso con Urraca, hija de Alfonso VIII. Sin embargo, la protección que la Iglesia le había dispensado trajo dificultades. El poder de los obispos había crecido extraordinariamente y la incipiente burguesía pugnaba por quebrantarlo. Al final, el poder de los obispos fue confirmado, y Alfonso II lo pagaría con la corona. Por otro lado, entre Castilla y León también se restableció la paz: el Tratado de Cabreros (1206) hizo que Castilla tuviese un nuevo heredero, Fernando, hijo de Berenguela.

El ejército almohade salió de Marrakech en febrero de 1211 e hizo una marcha muy lenta. Casi cuatro meses después, el ejército africano comenzó su ofensiva por tierras castellanas, donde Alfonso VIII había cursado órdenes para suspender los trabajos de fortificación en las ciudades y concentrarse en Toledo para la Pascua de Pentecostés de 1212. al inicio de los preparativos, Alfonso VIII recibió la noticia de la muerte del heredero Fernando; pero, aún así, siguió con su política de buscar apoyos en la defensa de la Cristiandad, firmando un pacto de colaboración con Pedro II de Aragón y los caballeros del Sur de Francia. Sólo Alfonso IX permanecía al margen del entusiasmo general, reclamando tierras en la frontera de Campos.

Pese a su aire internacional, la empresa era predominantemente castellana. Toledo fue cuartel general y punto de concentración de riquezas que se obtuvieron de iglesias y monasterios. Se calculaba en 70.000 hombres el ejército reunido y 250.000 el de los musulmanes, pero se duda de que se reuniesen dos ejércitos tan numerosos, aunque eso sí: nunca se habían enfrentado dos ejércitos tan grandes y la superioridad numérica correspondía a los almohades.

Los cruzados a las órdenes de Diego López de Haro, catalanes y aragoneses con Pedro II de Aragón y los castellanos con Alfonso VIII, formaban el ejército cristiano. En junio de 1212 se iniciaban las operaciones para recuperar Calatrava, que se tomó en pocos días, permitiendo a las familias retirarse indemnes, provocando la oposición de los cruzados que abandonaron el ejército al sentirse defraudados. Castellanos, aragoneses y catalanes, con grupos de leoneses y portugueses que iban creciendo, daban a la cruzada un monopolio español. Además, antes del encuentro, llegaron tropas navarras con Sancho VII a la cabeza.

El 12 de julio de 1212 tuvo lugar la batalla de las Navas de Tolosa, que se decidió ante la ayuda de un pastor que mostró el camino, monte a través, para rodear a los africanos: Alfonso VIII lanzó a lo que quedaba de su ejército contra los almohades a final del día, destruyéndolos e iniciando la retirada de los almohades. Los cristianos irrumpieron en el alto Guadalquivir, tomando varias ciudades, incendiando Baeza y destruyendo Úbeda, tras lo que se inició la retirada cristiana.

Alfonso VIII moriría dos años después, pero no paró de luchar contra los musulmanes, que volvían a la carga por el valle del Guadalquivir, firmando un tratado de lucha común frente al Islam con Alfonso IX y Alfonso II de Portugal: el Tratado de Coimbra garantizaban para los reinos occidentales un reparto equitativo, como Tudején y Cazola garantizaban en el Este.

- La monarquía de Fernando III.

Una serie de afortunadas y extrañas circunstancias coincidieron para hacer de Fernando, hijo de Alfonso IX y Berenguela, el receptor de la herencia de ambas coronas.

- La reunificación definitiva.

La muerte del primogénito de Alfonso VIII, Fernando, no dejaba otro heredero que Enrique. Luego, la muerte de Fernando, otro hijo de Alfonso VIII, le hizo proclamar como sucesor a Enrique I (1214-1217), que quedó bajo la regencia de Berenguela. Ésta, muy prudente, consintió en abandonar la regencia bajo juramento del conde de Lara de atenerse a fuertes limitaciones: no hacer la guerra, dar o quitar tierras a vasallos e imponer tributos, sin previo consentimiento de ella.

En 1216, Alfonso IX y Enrique I se reunieron en Toro, obedeciendo las exhortaciones del Concilio de Letrán para que cesasen cualquier hostilidad en los cuatro años siguientes, a fin de volcar su esfuerzo contra los musulmanes. Pero, Alvar Núñez de Lara atacó militarmente las posesiones de Enrique I. Berenguela pidió entonces a su ex-marido, Alfonso IX, que la socorriese, enviando un pequeño contingente que se acuarteló en Toro; Núñez de Lara llevó a Enrique I a Toro también, y allí murió. Berenguela se convertía en la sucesora.

Rápidamente acudió a Valladolid y allí hizo la posesión y renuncia del poder en su hijo, Fernando III (1217, que fue proclamado rey de Castilla. Las tropas leonesas, inmediatamente, invadieron Castilla y avanzaron hasta Valladolid, de donde Fernando III y Berenguela tuvieron que huir a Burgos. A finales del 1217 se firmaba la tregua: Fernando reconocía a su padre la posesión de varios enclaves castellanos, se hacía cargo de la deuda que Alfonso IX reclamaba a Enrique I y garantizaba bienes y señoríos a la Casa de Lara.

Fernando III reinició la lucha contra los almohades tras la muerte del califa Yusuf II en 1224, que anulaba las treguas entre ambos estados. La pacificación de Castilla, la rápida desintegración del Imperio almohade y la aparición de una nueva etapa de reinos de taifas permitió a Fernando III ayudar a un rebelde musulmán contra el Imperio, quien se adueñó de Jaén, Granada y Córdoba. Mientras tanto, Fernando III también firmaba la tregua con el Imperio a cambio de una fuerte suma de dinero.

El testamento de Alfonso IX, muerto en 1230, dejaba la corona a Sancha y Dulce, hijas de su primer matrimonio, y no a Fernando III. Éste, avisado por su madre Berenguela, suspendió las operaciones y acudió rápidamente a León, reivindicando su herencia. Ambas herederas mostraron su voluntad de concordia y serena resolución. Fernando III fue reconocido como rey, dando a sus hermanas crecidas indemnizaciones que se cumplieron con exactitud. De este modo, la corona de León y Castilla volvían a unirse para no separarse nunca más.

- La incorporación de Andalucía y Murcia.

A un mismo tiempo se emprendían las operaciones militares decisivas en todos los frentes: Portugal, Extremadura, el valle del Guadalquivir y Valencia. En 1232, todos los reyes cristianos aprobaron planes estratégicos de gran alcance, contando con el apoyo de la Órdenes Militares. Fernando III concentraba sus tropas en Toledo, después de haber pacificado León, desde donde lanzaría su ofensiva que en primer lugar tomaría Baeza, abriéndole la puerta del Guadalquivir. En estos años los caballeros del Temple avanzaban hacia el sur, tomando la vasta tierra de Ocrato; mientras la Orden de Santiago, la más importante, tomaba lugares tan estratégicos como Trujillo, Montiel, Medellín o Santa Cruz.

Fernando III, que se encontraba en Burgos, en 1236, se enteró de la conquista cristiana del arrabal de Córdoba, y rápidamente lideró un contingente que llegaría a la ciudad para ver como se rendía en junio de ese año: Fernando III convertía su mezquita en catedral y dispuso que las campanas que trajera Almanzor desde Santiago volviesen a Galicia. El rey regresó a Castilla, recibiendo noticias de la continua conquista castellana por el alfoz cordobés, muy rico.

El siguiente objetivo de Fernando III sería Sevilla, que dejaría rodeada gracias a las continuas campañas para envolver su territorio. Pero tampoco perdía de vista Murcia, reserva reconocida por el tratado de Cazola. Estableció, a petición del mismo taifa, un protectorado en espera de llevar a cabo la inmediata anexión. El campo estaba libre, pues Jaime I tuvo que acudir a Montpellier que sufría asedio francés. Pero el rey castellano tampoco pudo dirigirse hacia Andalucía y Murcia, debido a la sublevación de Diego López de Haro y de una grave enfermedad, lo que hizo que enviase a su heredero Alfonso para ocupar Murcia.

La anexión de Murcia (1243) se hizo sin más dificultad que la resitencia que ofrecieron los alcaides de Lorca, Cartagena y Mula, ciudades que tuvieron que ser sometidas al año siguiente por el maestre de Santiago, Paio Peres Correia. Inmediatamente después de la toma de Murcia, los castellanos avanzaron hacia el Oeste con la intención de apoderarse de Játiva, pero Jaime I penetró en tierras castellanas por Villena. La guerra no se produjo entre castilla y Aragón gracias al Tratado de Almizra (1244) por el cual la frontera entre ambos reinos se fijaba en una línea que, partiendo del puerto de Biar, en el interior, alcanzaba la costa entre Altea y Villajoyosa actuales. Alicante quedaba como puerto castellano. Este tratado era enormemente favorable a castilla, dotada de una enorme fachada mediterránea, y apartaba además a la Corona de Aragón de la tarea reconquistadora, que muy pronto se convirtió en monopolio castellano.

En Sevilla, tras la prestación de vasallaje del califa almohade a Castilla, el concejo de la ciudad tomaba la decisión de declararse súbdito del rey de Túnez. Entonces los cristianos comenzaron a reducir el dominio sevillano, primero con la destrucción de las naves que iban a socorrer a Sevilla y luego aislando por mar a la ciudad. Por tierra, las tropas castellanas entraban poco a poco en la ciudad. Después de largas negociaciones, la ciudad se rindió quedando obligados los musulmanes a abandonarla. En noviembre de 1248 fue izado en el alcázar el estandarte real, y Fernando III hizo su entrada un mes después. En los años siguientes, las tropas castellanas ocuparon las dos márgenes del río Guadalquivir hasta su desembocadura.

La Reconquista había terminado, sólo Castilla poseía fronteras con el Islam y la ocupación de estos últimos restos de Al-Andalus parecía ser su exclusiva. La anexión de Sevilla, Jaén, Córdoba y Murcia más el vasallaje de los reinos de Granada y Niebla, hicieron de Castilla una de las primeras potencias de Europa, dueña de zonas densamente pobladas, intensamente cultivadas y con amplios litorales mediterráneos y atlánticos. Su hegemonía total en la Península parecía lógica.

- Alfonso X: del esplendor a los primeros síntomas de crisis.

En primer lugar, decir que en 1250 murió Federico II de Hohenstaufen, último emperador de esta dinastía, dando lugar, tras la muerte temprana de su hijo Conrado, al período del Gran Interregno. La jefatura de la Casa gibelina paso entonces a los hijos de Beatriz de Suabia y Fernando III, es decir, a Alfonso X.

En 1252 moría Fernando III y Alfonso X subía al trono castellano y muy pronto se puso en marcha con la intención de aumentar sus territorios, reclamando el Algarbe portugués, el Ducado de Gascuña y el trono de Navarra. Una intensa actividad diplomática permitieron a Alfonso X construir todo un sistema de alianzas: casó a su hija bastarda con Alfonso III de Portugal y a su hermana doña Leonor la casa con Eduardo I de Inglaterra.

Teobaldo I de Navarra buscó el apoyo del estamento popular continuando la concesión de fueros que emprendieran Sancho VII y trató de aumentar el influjo de Francia. Esta lenta inclinación de Navarra hacia la órbita francesa tenía que despertar la desconfianza de Castilla. También provocaba temor de la propia nobleza navarra. Sin embargo, sería con Teobaldo II con el que se conseguiría la prestación de homenaje de Navarra a Castilla, convirtiéndose el pequeño reino pirenaico en un protectorado de Castilla.

Muy poco tiempo después, una embajada de Pisa, llegó a la Península para ofrecer a Alfonso X la ayuda de esta república en la persecución de los derechos que le correspondían al Imperio y rogarle que se pusiese a la cabeza del bando gibelino en Italia. Los embajadores de Pisa solicitaban, entre otras cosas, una mediación castellana para obtener la alianza de Marsella, que se consiguió en 1256.

Se firmó el pacto con Pisa: Alfonso X prometía enviar jinetes a Italia y los embajadores que sería reconocido como jefe del bando gibelino en Toscana. Además, concedió privilegios a los mercaderes pisanos en las costas de Castilla a cambio de ayuda naval en África e Italia.

Un hombre de confianza de Alfonso X fue enviado a Alemania para comprar los votos imperiales para la elección del monarca castellano: conseguía el apoyo del arzobispo de Tréveris y otros tres electores (rey de Bohemia, duque de Sajonia y marqués de Brandeburgo), mientras que conde del palatinado del Rhin y los arzobispos de Colonia y Maguncia apoyaron a Ricardo de Cornwall, hermano del rey de Inglaterra. Estando reunidos en Francfort los electores, ambos bandos declararon a sus candidatos. Y es que ambos electores tenían la mayoría absoluta a causa de que uno de los electores, el bohemio, había dado poderes a los dos partidos simultáneamente.

Alfonso X derrochó mucho dinero para asegurarse la fidelidad de partidarios que sostuviesen la causa de Alfonso en Alemania. Estos dispendios fueron causa de malestar en Castilla, y muy pronto las Cortes se declararon contrarias a las pretensiones del rey. Por otra parte, el papa Alejandro IV no tardó en cambiar de criterio, pues los españoles se mostraban favorables al bando gibelino, que experimentaba un peligroso crecimiento. Por ello, Alfonso X envió a Roma una embajada para conseguir apaciguar las suspicacias del Papa acerca de su gibelinismo. Mientras, Manfredo, rey de Sicilia y Nápoles e hijo de Federico II, reunía a los gibelinos que derrotaron a los güelfos de Florencia y aspiraron el dominio a toda Italia. Alejandro IV prometió a los españoles respetar la justicia.

Ante el avance arrollador de los gibelinos, el Papa no tuvo otro remedio que ponerse en manos de Francia ofreciendo a Carlos de Anjou la corona de Nápoles. San Luis se opuso, los catalanes mostraban ánimo de lucha: el matrimonio de una hija de Manfredo, Constanza, con el infante Pedro, convertido en primogénito.

Desde 1262 Alfonso X, con apoyo de los genoveses, desplegó una creciente hostilidad contra Manfredo. Urbano IV, papa francés, estaba preocupado por impedir que Inglaterra o Castilla se sumasen al bando gibelino. Por eso estaba resuelto a no favorecer a Alfonso ni a Ricardo, dejando que el problema se arrastrase.

El papa Urbano IV demostraba una abierta inclinación hacia Francia y firmó con Carlos de Anjou un acuerdo que le reconocía como rey de Sicilia. En 1264, en la sentencia arbitral en el pleito del Imperio, sólo se hallaban presentes en Roma los procuradores de Alfonso X, y la Santa Sede concedió un nuevo plazo. Sin embargo, la ascensión al trono de San Pedro de Clemente IV provocó que el Papa no creyera en la efectividad de los derechos del rey de Castilla.

Mientras tanto, en la Península, el control del Estrecho, las campañas contra el Islam, los choques de la nobleza y burguesía en Cataluña y la herencia de Jaime I absorbía la atención de los monarcas peninsulares.

Alfonso X preparó, con ayuda aragonesa, una expedición a África que partió en 1260 con el objetivo de conseguir botín y tenían la intención de conservar la plaza de Salé, donde los españoles sufrieron el ataque del príncipe benimerín Ya’qub. Casi inmediatamente debieron empezar las operaciones contra el reino de Niebla, que sucumbió en 1262. Cádiz fue tomada probablemente el mismo año, lo que suponía la desaparición de este reino musulmán y que Granda se convirtiese en el último reducto del Islam en la península. En 1263-1264 tuvo que hacer frente a la gran revolución de los mudéjares sometidos en Andalucía y Murcia: apoyados por Muhammad I habían tomado varios puntos clave y casi consiguen apoderarse de Alfonso X en Sevilla. Pero la revuelta de la nobleza muladí en Granada hizo que Muhammad I combatiera en dos frentes, ya que los cristianos se unieron y lograron recuperar los territorios perdidos: Alfonso X conseguía recuperar Andalucía y Jaime I Murcia, donde se produciría el asentamiento de numerosas familias catalanas.

El hondo malestar de la nobleza por el gasto hecho por el “Imperio”, por la demencia senil de Jaime I y el poco auxilio a los intereses mediterráneos catalanes provocaron un largo conflicto entre nobleza y monarcas. En economía, además, había desajustes entre un gasto creciente y unos ingresos que no encontraban fuentes para desarrollarse, junto con el aumento de precios, de impuestos y la devaluación de la moneda.

Al frente de la oposición nobiliaria se encontraba don Felipe, hermano de Alfonso X. En una reunión en Lerma con Lope Díaz de Haro, con el pretexto inicial de la demanda del Imperio por parte de Alfonso X, y luego la renuncia al vasallaje que Portugal debía por el Algarbe. Además, don Felipe se unió al güelfismo triunfante en Europa. En las conversaciones de Burgos de 1271 se propusieron reformas en dos campos: uno, que se suspendieran las concesiones beneficiosas a los campesinos emigrantes a Andalucía, pues ello redundaba en perjuicio de la economía de los nobles, y dos, que los agentes de la autoridad, merinos y jueces, no interfiriesen en los derechos señoriales.

Dos acontecimientos impulsaron a Alfonso X a la desastrosa condescendencia respecto a sus nobles. En primer lugar la abierta ruptura con Carlos de Anjou y cuanto significaba la política güelfa, coincidiendo con el infante Pedro de Aragón, futuro Pedro III. El segundo acontecimiento fue la muerte de Ricardo de Cornwall en 1272, que reducía el número de candidatos a solo Alfonso. Aunque el nuevo papa, Gregorio X, no era nada favorable a sus pretensiones, Alfonso X decidió hacer un esfuerzo y pactó con sus nobles: acordó la reducción de seis a cuatro años el cobro del servicio extraordinario y los nobles desterrados fueron invitados a regresar. En el Concilio ecuménico de Lyon de 1273, el Papa rechazó las pretensiones de Alfonso X y confirmó como emperador alemán y Rey de Romanos a Rodolfo de Habsburgo.

Alfonso X tuvo que hacer frente a la muerte de su heredero, Fernando de la Cerda, que planteaba un problema sucesorio. De acuerdo a la costumbre castellana, el trono debería recaer en el segundo hijo, Sancho. Pero en la compilación legislativa de Las Partidas, no promulgada como ley, se había admitido el derecho de representación: muerto el padre, los hijos suceden en los derechos, es decir: los hijos de Fernando heredarían el reino. Pero Alfonso X se apresuro en proclamar a Sancho como heredero.

En Navarra también se sucedería un enfrentamiento entre castellanos y franceses por el control del reino tras la muerte de Teobaldo II en 1270. El reino lo heredaba su hermano Enrique I, quien moriría tres años después, dejando el trono vacante e iniciando seis años de una grave crisis en Navarra. Juana, hija de Blanca de Artois, sobrina de Luis IX y casada con Enrique I, era la depositaria de los derechos de sucesión de Enrique I. Alfonso X fue entonces cuando reclamó antiguas pretensiones sobre el reino. Pero Blanca de Artois llegó a un acuerdo con Felipe III, transfiriendo a éste la regencia bajo la promesa de matrimonio de Juana con el primogénito francés. Sin embargo, Alfonso X se adelantó e invadió Navarra, por lo que Felipe III tuvo que organizar un ejército de ocupación que derrotó a los castellanos en Reniega (1277), tras lo cual se iniciaron negociaciones entre ambos monarcas, con la oposición del infante Sancho: en Bayona se acordó la creación de un reino en Jaén para los infantes de la Cerda que estarían bajo protección de Felipe III. Esta decisión se planteó en las Cortes de Sevilla de 1281, con la consiguiente oposición de Sancho y de los procuradores de las ciudades.

De este modo, estalló la revuelta en Castilla: Sancho convocaba Cortes en Valladolid en defensa de la unidad del territorio que por voluntad del soberano no se podía dividir. Alfonso X fue suspendido de sus funciones y Sancho fue reconocido como gobernador general de Castilla. Estalló la guerra civil cuando Alfonso X desheredó a Sancho, recurriendo a Martín IV para pedirle que pronunciara censuras eclesiásticas contra los partidarios de Sancho. Sancho necesitaba apoyos de la nobleza, y por ello se casó con María de Molina y acordó el matrimonio de su hermana Violante con Diego López de Haro. La guerra entre Sancho y el rey concluyó con la muerte de Alfonso X en 1284, que dejó en su testamento como heredero a su nieto Alfonso de la Cerda, que si moría si descendencia, la Corona pasaría al rey de Francia, y además, eran segregados dos reinos: Sevilla y Badajoz para don Juan, y Murcia para don Jaime. Pero acabaría reinando Sancho IV.

*¿Por qué es importante Alfonso X?*

Existía en el feudalismo un orden ideológico con tres funciones: el caballero lucha, el campesino trabaja y el clero reza. Pero, cuando aparece el comerciante y las ciudades, el feudalismo se revoluciona, ya que el comerciante desestabiliza este orden. Alfonso X, como otros reyes de la época, necesita dinero y ejército, base de su la monarquía y su poder. Las Cortes se integraban por la nobleza, la iglesia y las ciudades; éstas últimas eran las que podían proporcionar ese dinero y ese ejército. Además, Alfonso X conseguirá conquistar y heredar múltiples reinos, cada uno con sus leyes, pero el rey castellano sólo convocaba unas Cortes para todo su dominio, dejándose ver el futuro gobierno centralizado del siglo XV y XVI.

Por otro lado, Alfonso X era un rey repoblador: era una función principal tras expulsar a los musulmanes de Sevilla, Mula o Cartagena. La repoblación era un sistema de protección de fronteras y, para tal misión, se establecieron colonos-soldados que luchan para defender su tierra (un ejemplo parecido a la expansión de las polis griegas por el Mediterráneo). Castilla se impone en el ámbito de la Península a través de un Corona muy fuerte basada en los Concejos, que se beneficiaban de sus fueros. La Cristiandad se impone a través de la Iglesia, es decir, a través de los obispados.

El reparto de la tierra se establece entre aquellas personas que quieran asentarse en el territorio determinado; pero, el rey se reserva una serie de tierras para donarlas a quien quiera: donadíos o grandes extensiones de tierra. Estos donadíos se daban a particulares, la Iglesia o a las Órdenes Militares. La función principal era llevar muchos pequeños propietarios para contar con un mayor ejército y, normalmente, se establecen heredamientos entre los participantes de la conquista.

En conclusión, Alfonso X consolida las conquistas del siglo XIII, tiene mucha importancia la flota en el Mediterráneo debido a la continuación de la expansión por el Norte de África. Además, impone la modernidad desde el ámbito jurídico (espéculo, Fuero Rea y Las Partidas), lo histórico (Primera Crónica General), lo legislativo y fiscal (el rey hace la ley y los impuestos); consigue extender la lengua castellana y ser Emperador de España, ya que todos los reyes le debían vasallaje, excepto Aragón.

TEMA 8: LA EXPANSIÓN DELA CORONA CATALANO-ARAGONESA.

-La política occitánica de Pedro II el Católico.

-Política mediterránea: Jaime I y sus conquistas peninsulares.

- La incorporación de Baleares y Valencia.

- La política occitánica de Pedro II el Católico.

Pedro II el Católico (1196-1213) destaca por ser el primer rey aragonés que recibe la corona del Papa Inocencio III, quien dio permiso desde ese momento en adelante para que el arzobispo de Tarragona pudiese coronar a los reyes de la Corona de Aragón, siempre con el permiso del Papa; y por volcarse en una política ultrapirenaica u occitánica provocada por la política matrimonial, que unió al rey aragonés con María de Montpellier y a su hermana Leonor con el conde de Toulouse, por la defensa de los intereses de los territorios vasallos de la Corona (Béziers y Carcasona) y por la ayuda a los cátaros de Albi, o albigenses, en su lucha contra Francia y el Papado.

La política catalana-aragonesa estará influenciada por el sueño de dominar Occitania y conquistar Baleares y Valencia. En cuanto a la cuestión albigense, decir que Pedro II nunca mostró la intención de patrocinar o defender a los herejes, al contrario, brindó a los legados papales todo su apoyo. Su interés se centraba en mantener el bloque político del Ródano-Ebro. Todas las acciones del monarca, en los primeros años del siglo XIII se dirigieron al fortalecimiento de posiciones, de ahí la política matrimonial llevada a cabo. Por otro lado, el sostenimiento de una política activa en Languedoc estaba produciendo importantes cambios en el régimen financiero de Cataluña y Aragón: el conde de Barcelona se había convertido en deficitario.

Raimundo VI de Toulouse se opuso a las maneras del Papa de luchar contra los herejes, y en 1208, el legado papal, Pedro de Castelnau, fue asesinado por un caballero tolosano. De este modo, el nuevo legado papal, Arnaldo de Amaury, decidió predicar la cruzada contra los herejes. Pedro II se encontró en una terrible situación: tendría que elegir entre el cumplimiento de las promesas que hiciera a Inocencio III o la defensa de los sueños de unidad occitánica.

Esto sucedía en el momento de la muerte de Armengol VIII, conde de Urgel, por la que el conde de Barcelona lograba reunir toda la tierra catalana en su mano. Mientras tanto, los cruzados ya se habían puesto en marcha en 1209; y Pedro II empezó a recibir solicitudes de ayuda de Foix, Béziers o Carcasona: las dudas del rey aragonés permitieron a los cruzados tomar Béziers y Carcasona ese mismo año.

Pedro II se lanzó a una empresa desesperada de poner paz e impedir nuevas luchas. Aceptó que Simón de Monfort, líder cruzado, tuviera el señorío de Béziers y Carcasona, con vasallaje catalán; aplaudió la decisión de Raimundo VI de trasladarse a Roma para lograr del Papa un trato más justo. Las exigencias de los concilios de Saint Gilles (1210) y Montpellier (1211) no fueron aceptadas por Raimundo VI y se dispuso a resistir a los cruzados. En las vistas de Montpellier de 1211, Pedro II intentó un último esfuerzo de salvar sus intereses acordando el matrimonio de su heredero, Jaime, con una hija de Simón de Monfort, quien tuvo ahora la custodia del infante aragonés. Pero, Simón continuó con su avance y se adueñó de Gascuña y Bearne, cerrando el círculo en torno a Toulouse.

El último intento de negociación fracasó, y Raimundo VI, Gastón de Bearne y los condes de Foix y Comminges hicieron homenaje al rey aragonés: a éste no le quedó otro remedio que declarar la guerra. El insuficiente apoyo financiero de Cataluña fue una de las causas que provocó que el ejército aragonés, menos numeroso, fuese aplastado en Muret (1213), donde Pedro II encontró la muerte.

Con la muerte de Pedro II la resistencia occitánica recibió un golpe muy duro; además, poco después moría María de Montpellier. El hijo de ambos, Jaime, desde 1211 estaba bajo la protección de Simón de Monfort, al igual que Ramón Berenguer, heredero de Provenza. Pero, Inocencio III ordenó a Simón que entregase al rey a sus súbditos. En Lérida (1214), una asamblea de prohombres aragoneses y catalanes decidió reconocer al infante Sancho como procurador general del reino, auxiliado por un consejo nombrado por el Papa. Pese a la oposición a seguir con la política occitánica, el infante Sancho decidió formar un ejército y enviarlo contra Toulouse, que recuperó en 1217, dando muerte a Simón de Monfort. Entonces, el nuevo Papa, Honorio III, amenazó a Jaime I y sus nobles con censuras espirituales y castigos temporales si no cesaban de sus acciones en el Mediodía francés; de este modo, el infante Sancho se retiró del Languedoc y renunció a su cargo. El poder lo recogía ahora el infante don Fernando, abad de Montearagón, que, con la ayuda de varios nobles, quería limitar la autoridad del rey con el establecimiento de un Consejo. La guerra en Aragón se inició con el fracaso del sitio de Albarracín por Jaime I, que recibió el consejo de centrarse en la lucha contra el Islam, pensándose en que una gran empresa colectiva permitiría superar las divisiones.

- Política mediterránea: Jaime I y sus conquistas peninsulares.

Antes de iniciar su lucha contra el Islam, Jaime I tuvo que hacer frente a los conflictos generados en su propio reino que, poco a poco, consiguió pacificarlo con la recuperación de Zaragoza, Huesca y Jaca, e impuso al infante Fernando el acuerdo de Alcalá (1227), que consumía la victoria del rey sobre los nobles apoyándose en Cataluña, que se convertiría en el núcleo esencial de la Corona.

La firma del Tratado de Corbeil en 1258, que suponía la aceptación de límites fronterizos con Francia muy poco favorables, se considera como el error más grave de Jaime I. Sin embargo, fue para Cataluña un giro decisivo en su política, que se orientó más hacia la Península y el Mediterráneo. La firma de este tratado suponía la renuncia catalana a todos los dominios ultrapirenaicos, excepto Montpellier, Rosellón y Cerdaña.

- La incorporación de Mallorca y Valencia.

El premio a la fidelidad de Cataluña al rey aragonés fue Mallorca: nido de piratas que constituía el principal obstáculo para el desarrollo de las relaciones con Italia. En las Cortes de Barcelona de 1228 se decidió emprender una expedición, abrazando la empresa con entusiasmo, y una inmensa flota de 150 naves se concentró en Salou para 1229. El Reino de Aragón se mantuvo al margen.

Las primeras fuerzas musulmanas se dispersaron con facilidad. Dos columnas marcharon sobre Palma y obtuvo una gran victoria. Bloqueada por mar y tierra, la capital resistió tres meses: fue tomada al asalto en la madrugada del 31 de diciembre de 1229. Al día siguiente Jaime I concedía a los barceloneses libertad plena de comercio en toda la isla.

Poco más de un año tardó en someterse el resto de la isla, en donde fue implantado el catalán y los Usatges. Se logró la sumisión de Menorca en 1231 y de Ibiza en 1235.

En la Península, aragoneses y catalanes avanzaban hacia el Sur conquistando Burriana, Peñíscola, Chisvert y Cervera en 1233, y Jaime I tomaba, al año siguiente, Castellón de la Plana con todas sus villas y fortalezas. Pero los aragoneses suspendieron cierto tiempo su ofensiva debido a que Jaime I tuvo que hacer frente al conflicto navarro tras la muerte de Sancho VII, la defensa de Carcasona contra el rey de Francia y su boda con Violante de Hungría, a la que prometió dotar de reinos a sus hijos en Mallorca y en las nuevas conquistas.

Tras estos contratiempos, en 1237 se reiniciaron los ataques contra el reino de Valencia, tomando con gran facilidad varios enclaves del reino. En abril de 1238 Valencia estaba sitiada y se habían cortado sus comunicaciones con el mar. Meses después la ciudad se rendía, haciendo Jaime I su entrada en octubre.

Valencia se incorporó a la Corona de Aragón como un nuevo miembro, el cuarto. Jaime I otorgó en principio el Fuero de Aragón, pero la mayoría de los repobladores tenía origen catalán y hubo protestas. El rey aprovechó esta circunstancia para dar un nuevo Fuero, independiente en 1240. los aragoneses comenzaban a sentirse en minoría dentro de un reino que llevaba su nombre.

Sin embargo, más al sur, quedaba por resolver la cuestión el reino de Murcia, que se resolvió con el Tratado de Almizra en 1244, por el que se fijaba la frontera entre Aragón y Castilla.

TEMA 12:LA CORONA DE CASTILLA EN EL SIGLO XIV.

-La Coronacastellana en la época de María de Molina.

- La Monarquía de Alfonso XI.

- El proceso de fortalecimiento real. El Ordenamiento de Alcalá.

- La batalla del Estrecho.

- La continuación de una idea: Pedro I.

- La guerra contra Aragón.

- La Corona castellana en la época de María de Molina.

En el momento de la muerte de Sancho IV (1284-1295), el infante don Juan, tío de Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya ejecutado por orden del rey, reclamó para sí la corona, consiguiendo el reconocimiento de Dionís de Portugal. Otro infante, don Enrique, pedía la regencia del niño rey Fernando IV. Diego López de Haro regresó a Vizcaya donde se sublevaría. Las dos grandes monarquías limítrofes, Aragón y Portugal, dieron aliento a todas estas inquietudes porque veían llegada la ocasión de modificar las proporciones territoriales favorables a Castilla.

Ante esta situación, María de Molina, viuda de Sancho IV, convocó las Cortes en Valladolid (1295) en donde encomendó el niño rey a la fidelidad de los procuradores de las ciudades. Conservando su custodia, entregó la regencia al infante don Enrique. Castilla se veía ahora rodeada de enemigos: don Juan llegaba a Palencia, donde convocaría Cortes; Jaime II atacaba el reino de Murcia; las tropas portuguesas remontaron el Duero; y Alfonso de la Cerda llegaba a Sahagún, donde se proclamaba rey.

El regente don Enrique adelantó la mayoría de edad del rey a los 14 años con el objetivo de debilitar la autoridad del joven soberano apartando la sombra de María de Molina. Tres acciones inspiraban al regente: evitar que la guerra con Aragón concluya con el fin de mantener el estado de tensión y justificar peticiones de dinero a las Cortes, arrojar dudas sobre la legitimidad del matrimonio de Sancho IV y sobre los derechos de su hijo a la corona y, por último, insinuar al débil Fernando IV que su madre le mantenía artificialmente bajo tutela cuando ya tenía las condiciones necesarias para gobernar.

Era urgente restablecer la unidad de mando. No sólo en Murcia, donde Aragón hacía crecer su influencia, sino también en Andalucía, donde los castellanos se mantenían a la defensiva contra los benimerines de Muhammad II y Muhammad III. Aparte, en el interior de Castilla, la nobleza se dividió: los Lara y el infante don Juan frente a los de Haro y el infante don Enrique.

Indudablemente, la coronación de Fernando IV restableció la paz en todas las fronteras. La muerte del infante de don Enrique eliminó uno de los principales obstáculos. Dionís y Fernando confirmaron su amistad, mientras Muhammad III firmó la paz (1302) renunciando a varias plazas conquistadas en la guerra. Una tregua se firmó con Aragón: Castilla hizo un enorme sacrificio territorial retirando sus fronteras hasta una línea que coincide aproximadamente con la división actual de las provincias de Murcia y Alicante: Cartagena, Alicante, Elche, Orihuela o Villena quedaban dentro de la Corona de Aragón. Después, Jaime II renunciaría a Cartagena para que don Juan Manuel entregase Alarcón al rey de Castilla. Alfonso de la Cerda abdicó de sus derechos a cambio de obtener un extenso señorío.

Sin embargo, la paz trajo nuevas escisiones y querellas en la nobleza que gobernaba Castilla. El infante don Juan reclamó el señorío de Vizcaya, ocupado por Diego López de Haro: hubo una guerra que terminó en tregua (1306), acordando ambas partes llevar su pleito a las Cortes. En Valladolid se reunieron tales Cortes, dictaminando que, tras la muerte de Diego López de Haro, el señorío sería para don Juan.

En las Cortes de Burgos de 1315 se recogen como un eco el proyecto de completar la recoquista arrojando al Islam de la Península. Demorado mil veces, persistía sin embargo en la conciencia de la comunidad como una especie de sagrada obligación. Pero en las Cortes de Madrid de 1309 se percibió la principal dificultad: la guerra de Granada era costosa. Granada, explotada a fondo por los genoveses, puerta de África y productora de seda, gozaba fama de opulenta, y las obras que por estos años realizaba Muhammad III en la Alambra lo justificaba. De este modo, se planteaba de nuevo la batalla del Estrecho, pero en términos originales; es decir, desde 1306, habiéndose apoderado de Ceuta, Muhammad III era dueño de ambas orillas. Luego extendió su dominio a Gomera. En 1304, tropas granadinas habían penetrado has Crevillente, y en 1308 una flota musulmana asedió Alicante, Jávea y Denia. Fernando IV y Jaime II celebraron una entrevista en la que decidieron emprender una acción conjunta.

Las Cortes de Madrid proporcionaron los medios para emprender el cerco de Algeciras, que comenzó en agosto de 1309. Un ejército aragonés y una flota, en la que iba el propio Jaime II, se presentaron en Almería. Tales sucesos provocaron una revuelta popular en Granada que obligó a Muhammad III a abdicar en su hermano Nasr. El nuevo rey se encontró en medio de una terrible amenaza, pues los benimerines se sumaron a la alianza castellano-aragonesa y, con buques catalanes, emprendieron el asedio de Ceuta.

Las negociaciones con Granada condujeron a la firma de la paz, en Algeciras (1310): Nasr devolvía el resto de ciudades conquistadas con anterioridad, volvía al vasallaje castellano, abonaba doce mil doblas de oro anuales como parias y daba garantías de libertad a los comerciantes. Sin embargo, el entendimiento con Castilla provocó el descontento de parte de la nobleza musulmana, haciendo que Nasr solicitase la ayuda de Fernando IV, que murió cuando marchaba sobre Granada. La Crónica recoge una leyenda que atribuye esta muerte a un “emplazamiento” que ciertos caballeros, Carvajal, ejecutados por sospecha de homicidio, habían pronunciado sobre el rey. Nasr acabaría abdicando en Isma’il, hijo del arráez de Málaga.

La muerte de Fernando IV provocó continuas turbaciones en Castilla durante trece años. Existían ya dos partidos diferenciados: el del infante don Pedro, hermano de Fernando IV, que se esforzaba en salvar el principio de autoridad, y el infante don Juan que defendía claramente el predominio de la nobleza. De nuevo Valladolid se convirtió en el centro político para María de Molina., que se había sumado a su hijo Pedro. Los nobles, imitando en esto a las ciudades, comenzaban a organizarse en Hermandades; mientras que don Juan se atraía a la reina Constanza y a don Juan Manuel. Una parte de los regentes reconocieron a doña María de Molina regente y su hijo como rey.

El entendimiento llegó en 1313 (vistas de Palazuelos). Los titulados tutores lo serían en los lugares que les hubieran reconocido. Como elemento neutral don Juan Manuel sería mayordomo mayor. Entraba en el Consejo el infante don Felipe. El acuerdo fue facilitado por la muerte de la reina Constanza. En las segundas vistas de Palazuelos, un año después, los infantes don Juan y don Pedro fueron reconocidos tutores, junto con María de Molina. Las Cortes de Burgos de 1315, no solamente aprobaron este convenio, sino también dos carta de hermandad, una de los concejos en cuanto instituciones, otra de los caballeros y hombres buenos de villas y ciudades.

Pero no se esperaba que la crisis se reavivase tan pronto, y es que, en una nueva ofensiva contra Granada, los dos infantes tutores del rey niño Alfonso, murieron (1319). María de Molina se adelantó a asumir la regencia que decía corresponderle íntegra según acuerdo de las Cortes de Burgos. Los procuradores de las ciudades andaluzas acordaron firmar la paz con el rey de Granada. María de Molina moría en junio de 1321, lo que provocó que se adueñase de Castilla la más espantosa anarquía durante los cuatro años siguientes. Castilla se partió: Andalucía, León y Galicia apoyaban al infante don Felipe, y el infante don Juan, el Tuerto, y don Juan Manuel se aliaron contra el infante don Felipe.

Hacia 1325, año de crisis demográfica y alimenticia, el poder de la monarquía castellana tocó su punto más bajo. En cada rincón, en cada ciudad, surgían poderes independientes. En contraste, la expansión aragonesa por el Mediterráneo era llevada al máximo por Jaime II, y la madurez de Portugal con Dionís acentuó el desequilibrio.

- La monarquía de Alfonso XI.

El restablecimiento de la autoridad se inicia en Castilla antes que en otras partes. En 1325, Alfonso XI (1325-1350) fue declarado mayor de edad, triunfando el partido del infante don Felipe, finalmente. En Portugal, Alfonso IV haría un continuo despliegue de autoridad frente a Castilla y la nobleza portuguesa. En Aragón, Alfonso IV se convertía en un güelfo debido a su influencia francesa, ganándose, aparte, a la nobleza catalana.

- El proceso de fortalecimiento real. El Ordenamiento de Alcalá.

Para concluir la crisis que se iniciaba en Portugal, Alfonso XI y Alfonso IV acordaron el matrimonio del primero con una hija del segundo llamada María. En consecuencia, Constanza Manuel, hija de don Juan Manuel, fue rechazada por el castellano. El padre se sublevó buscando el auxilio de Aragón: Alfonso XI podía tener guerra con Aragón y los nobles castellanos al mismo tiempo. Ciudades como Valladolid, León, Toro y Zamora se rebelaban ante el abuso de poder de Alvar Núñez Osorio, conde de Trastámara. La tregua con Aragón llegó con el acuerdo de boda entre Alfonso IV y Leonor, hermana del rey castellano. Esto provocó que don Juan Manuel se rindiese en 1330, siendo perdonado.

En 1331 ocurren dos grandes sucesos en la vida de Alfonso XI: su encuentro con Leonor de Guzmán a la que convertirá en su amante oficial, verdadera reina que suplanta a la fracasada María de Portugal, madre del legítimo heredero; la llegada a la Corte de Alfonso de la Cerda, que le rindió homenaje. El apartamiento de María de Portugal provocó el enfriamiento de las relaciones con Portugal. En 1332, Alfonso XI se hizo coronar en Burgos, donde no asistieron don Juan Manuel ni don Juan Núñez de Lara. La querella entre el rey y estos magnates se envenenó este mismo año cuando la Cofradía de la Hermandad de Álava rechazaba el régimen de señorío. El monarca ganó algo que no esperaba: la fidelidad de los linajes alaveses, el origen más remoto de la nobleza trastamarista. En 1336, don Juan Manuel puso en pie una vasta coalición de resentidos, entre los que destacaban Alfonso IV de Portugal y Pedro IV Aragón. Pero Alfonso XI presionó sobre los dos nobles castellanos, que terminarían por rendirse. De ahora en adelante, el gran monarca castellano podría gobernar sin oposición alguna.

En el siglo XIV es cuando Castilla se convierte en formidable potencia ganadera y cuando el impulso de oro africano permite la apertura de sólidas rutas mercantiles. Desde 1324, los comerciantes castellanos tenían libre acceso a los puertos de Aquitania que se hallaban bajo administración inglesa. Entonces comenzaba una terrible lucha entre Inglaterra y Francia (Guerra de los Cien Años) en la que Castilla prefirió mantener la neutralidad, negociar con ambos contendientes y sacar ventajas de una revuelta situación. El monarca castellano eludió compromisos demasiados fuertes y concertó en París un tratado de amistad que permitía a los franceses contratar naves cantábricas para su servicio, a cambio de recíproca libertad de comercio.

En 1338 las naves castellanas ejercieron el bloqueo del Canal de la Mancha. Cuando al año siguiente los inglese rompan el bloqueo ganando la batalla de la Esclusa de Brujas, los castellanos no estaban entre los vencidos.

Curiosa postura del rey de Castilla era que a sus súbditos vascos le inclinaba a negociar cada vez más estrechamente con Eduardo III; la Corte y el clero preferían la amistad con Francia. Alfonso XI ejecutaba movimientos de vaivén. Pero, al evolucionar la guerra en sentido favorable a Francia, el rey de Castilla abrió sus oídos a las presiones del Papa y firmó con Felipe VI una alianza (1345), arriesgándose incluso a perder la amistad inglesa. Gil Bocanegra, almirante genovés al servicio de Castilla, iba a encargarse de llevar una escuadra de 200 naves contra los ingleses.

En las Cortes de Alcalá de 1348 los procuradores solicitaban del rey que pusiera fin, negociando, a los graves daños que causaban los piratas ingleses. Cuando murió el rey, nada se había resuelto respecto a las alianzas exteriores, excepto en un punto: las preferencias del tercer estado iban hacia Inglaterra, las del clero y la nobleza hacia Francia.

Las Cortes se reunían ya con regularidad, demostrando el apoyo que la monarquía estaba recibiendo del tercer estado. Es muy lógico: para las ciudades la autoridad real garantizaba contra abusos y atentados de los señoríos. En gran parte el apoyo era económico. En las segundas Cortes de Alcalá fue promulgado el famoso Ordenamiento que, aprovechando la doctrina de Las Partidas, calificada oficialmente entonces de norma jurídica para todo el reino, intentaba crear, por vez primera, la unidad legislativa. Era término de llegada para un proceso de maduración política.

- La batalla del Estrecho.

En el reino nazarí de Granada ascendía al trono Muhammad IV, haciendo frente a una grave crisis interna que tendría como protagonista al visir al-Mahruq y a ‘Uthman, que acabaría asesinando al visir, rompiendo la posibilidad de regresar a un régimen civil. Mientras, Alfonso XI disponía sus fuerzas en la frontera. La batalla del Estrecho entraba en su fase decisiva.

En 1327, la primera campaña contra los nazarís, Alfonso XI conquistó Olvera, Pruna, Ayamonte y la Torre de Alhaquín. La discordia interior granadina fu la mejor ayuda. A Muhammad IV sólo le quedaba pedir ayuda a los benimerines o arreglar la paz con Castilla. En 1331, firmó una tregua a fin de contener el empuje castellano y ganar tiempo para reagrupar sus maltrechas fuerzas. Alfonso XI hubo de aceptar porque necesitaba también tiempo para combatir a los nobles. El rey de Granada fue a África y regresó con un ejército de 5.000 benimerines, adueñándose de Gibraltar. Los dos reyes se entrevistaron para negociar un acuerdo, pero sin conseguirlo. A la vuelta del rey granadino, éste fue asesinado por caballeros zenetes temerosos de la alianza marroquí.

Los mismos asesinos proclamaron rey a Abu-l-Hachchach Yusuf, hermano del difunto. Yusuf I daría organización definitiva a os voluntarios de la fe, antemural defensivo del reino, sometidos ahora directamente a la corona. Dos célebres personajes fueron sucesivamente visires, Abu-l-Un’ayn Ridwán e Ibn al-Jatib. Con su ayuda, Yusuf I reorganiza y centraliza la administración y reforma la Gran Madraza de Granada hasta convertirla en auténtica Universidad. Aunque el rey de Granada pretendía conservar la paz, era imposible: tomado entre dos imperialismos en expansión, era forzado a elegir, y eligió el camino marroquí. Aprovechando las dificultades internas de Castilla, obtuvo de Alfonso XI tregua de cuatro meses que habría de convertirse, en 1334, en paz de cuatro años, incluyendo Marruecos.

El anunciado ejército marroquí, a las órdenes de ‘Abd al-Malik, desembarcaba en la Península en 1339. Los castellanos estaban preparados y una flota conjunta castellana y aragonesa derrotaba a los musulmanes, cortaba sus comunicaciones con las bases de retaguardia y hacía posible la derrota y muerte de ‘Abd al-Malik. Durante un verano largo y agotador, Tarifa resistió los embates benimerines, mientras Alfonso XI concentraba su ejército en Sevilla y esperaba la ayuda de Alfonso IV de Portugal. En octubre de ese año las fuerzas combinadas de los reyes cristianos lograron la victoria decisiva del Salado, última de las grandes batallas de la Reconquista.

Los benimerines fueron arrojados de la Península. Yusuf I aunque apenas había participado en la gran batalla, podía temer incluso que los cristianos se decidiesen a lanzar el ataque final sobre Granada. En 1341 Alfonso XI conquistaba Alcalá la Real, Priego, Benamejí y Matrera; al año siguiente inició el asedio de Algeciras, que duraría hasta marzo de 1344. Yusuf I fue derrotado en el transcurso de este asedio, firmando una paz a la cual se adhirió Marruecos. Pero en 1350, Alfonso XI moriría sitiando Gibraltar, a causa de la peste que azotaba todo Occidente.

- La continuación de una idea: Pedro I.

Al morir Alfonso XI, un solo hijo legítimo quedaba para sucederle, Pedro, que tenía 15 años. La figura de Pedro I, llamado el Cruel o el Justiciero, es apasionada para los historiadores: a veces representado como un psicópata que no aplicaba una proporción debida a las faltas de sus nobles cuando se trataba de ejecutar castigos.

Apenas muerto Alfonso XI, Guzmán y Ponce de León se fortificaban en sus señoríos. Al inclinarse Juan Núñez de Lara y el infante Fernando a su favor, dieron a Juan Alfonso de Alburquerque, portugués, el poder. En agosto de 1350 se rompió el difícil equilibrio entre los miembros de la Curia real. Juan Alfonso de Alburquerque se decidió a favor de la candidatura del infante Fernando; Juan Núñez de Lara, con el apoyo de los Manuel, reunió tropas en Burgos: Alburquerque ganó gracias ala muerte de Fernando Manuel y Juan Núñez de Lara.

En el exterior, Alburquerque y sus consejeros abandonaron la neutralidad inclinándose a favor de Francia. Eduardo III de Inglaterra entró en negociaciones que llevaron a la firma de un acuerdo bastante generoso por su parte, pero que le garantizaba contra acciones navales, impidiendo la ayuda castellana a Francia.

El gobierno de Alburquerque duró hasta 1353, momento en el que tuvo que refugiarse con el maestre de la Orden de Calatrava tras la oposición general de la nobleza por el fallido intento de casar a Pedro I con Blanca de Borbón. Mientras tanto, Tello de Trastámara se convertía en señor de Vizcaya.

Ahora eran los nobles quienes triunfaban en Castilla, y nació una conjura entre Alburquerque, el infante don Pedro de Portugal, Enrique y Fadrique de Trastámara y los Castro, que contaron también con el apoyo del Papa Inocencio VI para derrocar al rey Pedro I. El rey contaba en estos momentos con el apoyo de los Padilla y de los infantes de Aragón, que, finalmente, viendo la difícil situación del rey castellano se pasaron al bando rebelde. Entre el bando rebelde, se prefería como sustituto de Pedro I a Enrique de Trastámara; pero, tras la reunión en Toro de rebeldes y Pedro I, Enrique quedó al margen, repartiéndose los puestos de gobierno entre el infante Fernando, canciller; Fernando de Castro, mayordomo mayor y Fadrique, camarero.

Pero Pedro I se avino a recuperar el poder, atrayéndose a los distintos integrantes del bando rebelde, donde las diferencias comenzaban a aflorar: los infantes de Aragón y Álvaro Pérez de Castro se unían ahora al rey. El rey empezaba las sangrientas represiones que le darían triste fama. La sumisión al rey era veloz, y salvo Toro, donde permanecían Enrique y Fadrique, que permanecía rebelde, toda Castilla se pacificaba.

- La guerra contra Aragón.

La guerra civil dejaba dos secuelas: la enemistad del Papa Inocencio VI hacia Pedro I y la presencia, en Aragón y Portugal, de fuertes núcleos de caballeros desterrados que el monarca castellano juzgaba imprescindible eliminar.

Los infantes Fernando y Juan de Aragón habían reanudado sus presiones para resucitar las viejas demandas; en prenda de fidelidad ofrecieron a Pedro I los castillos de Orihuela y Alicante, dentro del territorio de Pedro IV, que se negó a aceptar tal prebenda. Además, la guerra entre Génova y Venecia incentivaba la lucha entre Aragón y Castilla, ésta última aliada de Génova, enemiga de Aragón.

Al producirse la ruptura entre Castilla y Francia, los franceses acudieron a Cataluña en busca de navíos. Una flota de 12 naves capturó en Sanlúcar de Barrameda dos buques mercantes placentinos, que los catalanes calificaban de genoveses. Pedro I protestó, lanzando un ultimátum que Pedro IV ignoró: estallaba la guerra. Pedro IV, más débil que el rey castellano, decidió unir en un bloque sólido a los desterrados y enemigos de Castilla, y convertir a Enrique de Trastámara en cabeza de los castellanos.

Pedro I inició las hostilidades apoderándose de Orihuela y Alicante en 1356, y planeó la ofensiva desde tres frentes: sobre Játiva, Aragón y Valencia. La lucha se polarizaba en el sector fronterizo entre Borja y Tarazona. En la primera de ellas se hallaba Enrique de Trastámara, mientras que la segunda cayó en manos castellanas en 1357. Luego se firmó una tregua: confesión de debilidad por parte de Pedro IV; se abrieron, en Tudela, negociaciones de paz: hubo cese de hostilidades por un año; Alicante y Tarazona quedaron depositadas en manos del legado pontificio para dictar una sentencia arbitral. Pero Pedro I se negó a dar Tarazona y fue excomulgado (1357).

En este breve período de paz, Castilla consiguió la alianza con Portugal, y la que se buscaba con Inglaterra, encuadraban lentamente la rivalidad castellano-aragonesa en el conjunto de la Guerra de los Cien Años. En 1358, se intentó un golpe de Estado en Sevilla contra Pedro I, que enfureció y ejecutó a Fadrique de Trastámara y el infante don Juan, mientras que Tello de Vizcaya consiguió escapar. Se reanudaba entonces la lucha con Aragón.

Enrique y Fernando habían iniciado su ofensiva en tierras de Soria y de Murcia respectivamente. Desde hacia meses Pedro I preparaba su respuesta por mar. En agosto, los castellanos se apoderaron de Guardamar: hecho importante que marca el comienzo de su penetración en el Mediterráneo. Mientras, un nuevo legado, Guido de Bolonia, acudía en misión de paz. Pedro I exigía como condición de paz la restitución de las tierras alicantinas que se perdieran con Fernando IV, pero las negociaciones resultaron inútiles.

La flota que zarpó de Sevilla a las órdenes de los hermanos Bocanegra era la mayor fuerza naval que nunca cruzara el Estrecho. Esta flota alcanzó Barcelona en 1359, pero sus ataques fracasaron y se replegaron hacia Ibiza, Tortosa y luego a Calpe.

Enrique de Trastámara preconizaba la ofensiva, e hizo una entrada por el Moncayo en la que venció a Fernando de Castro. Algunos meses más tarde se entregaba Tarazona por traición a los aragoneses. Enrique de Trastámara convenció a Pedro IV de la necesidad de lanzar una ofensiva. En abril de 1360, las tropas marchaban hacia Burgos. Las fuerzas reales le salieron al paso y Enrique se vio obligado a replegarse hacia Haro y Nájera, donde sufriría una derrota que hizo desbaratar toda la ofensiva aragonesa. Al éxito militar de Nájera, se le sumó la doble victoria diplomática en Portugal e Inglaterra. Eduardo III se inclinó hacia Castilla por la simple razón de la común enemistad con Francia. En consecuencia, los aragoneses buscaron la paz. En 1361 se firmó el acuerdo. Pero ésta sólo sirvió para que Pedro I solucionase los problemas de su sucesión y entrenar un ejército para la siguiente fase de la guerra.

En 1362, Pedro I y Carlos II de Navarra firmaron una alianza contra Aragón y Francia. Los castellanos iniciaron su ofensiva tomando Calatayud, tras lo cual, avanzaron hacia Zaragoza. Pedro IV decidió convocar Cortes en Monzón para obtener de ellas recursos que le permitieran traer de nuevo a Enrique de Trastámara, que había sido expulsado a Francia. Allí había entablado amistad con los caballeros de las compañías de mercenarios que se ofrecieron a la lucha contra Castilla a cambio de una importante suma de dinero que Pedro IV no pudo reunir.

Pedro I pasó el invierno en Sevilla, donde murió su heredero Alfonso, y declaró entonces que la herencia correspondía a las tres hijas de María de Padilla: Beatriz, Constanza e Isabel. Reemprendió tras esto la ofensiva, apretando el nudo sobre Zaragoza. La presencia de tropas navarras, portuguesas y granadinas en el ejército de Pedro I daba un cierto sentido de acción conjunta a esta tercera fase de la guerra. Pedro I tomó la decisión de abandonar el asedio de Zaragoza para lanzarse contra tierras valencianas. Pedro IV no tuvo otra opción que firmar la paz.

En julio de 1363 se firmaba la paz en Murviedro. Los desterrados castellanos eran expulsados nuevamente. Calatayud, Tarazona y Teruel, con todos sus castillos, se anexionaban a Castilla, como dote de Juana, hija de Pedro IV, que se casaría con Pedro I. la parte ocupada de Valencia se restituía a la dote de Isabel que iba a casarse con Alfonso de Aragón.

TEMA 13:LA CASTILLATRASTAMARA.

- Enrique II y Juan I: la consolidación de la dinastía trastamara.

- El ejercicio de la supremacía real: Enrique III.

- Reyes, nobles y favoritos: Juan II y Enrique IV.

- Enrique II y Juan I.

El establecimiento de la dinastía Trastámara en Castilla fue algo más que un mero cambio de una familia reinante por otra. Ciertamente, tuvo que hacer concesiones a la nobleza que le ayudó a a . Pero al mismo tiempo impulsó el desarrollo de instituciones centralizadas de gobierno, tarea en la que le siguieron sus sucesores. Por lo demás, las últimas décadas del siglo XIV conocieron los momentos de máxima castellano-leonesas. En otro orden de cosas, Castilla alcanzó en las últimas décadas del siglo XIV una notable proyección internacional, tanto en el marco peninsular como en el europeo.
Enrique II (1369-1379) no perdió ocasión de fortalecer el poder regio, para lo cual una tarea inminente consistía en desarrollar los órganos de gobierno de la administración central. Con el ordenamiento sobre administración de justicia, emanado de las Cortes de Toro del año 1371, se dio el primer paso, al decidirse la creación de un órgano supremo de la administración de justicia, la Audiencia.
Ciertamente la institución no se construía en el vacío, toda vez que tenía sus precedentes en reinados anteriores, pero era Enrique II el que, de forma indiscutible, la organizaba y la sistematizaba. La Audiencia, integrada en un principio por siete oidores, acompañaba al rey en sus desplazamientos. Años más tarde, en 1387, se elevaría a diez el número de oidores, al tiempo que se fijaban cuatro sedes para el funcionamiento, con carácter periódico, de dicho tribunal. En 1390 se acordó instalar la Audiencia en . Enrique II había sido aupado al trono, en buena medida, por la alta nobleza. Ahora bien, dentro de la corte era preciso distinguir dos sectores nobiliarios; por una parte, la nobleza integrada por los parientes del rey, los denominados Trastámaras; por otra, la nobleza de servicio, compuesta por personas adictas al nuevo monarca, como los Fernández de Velasco, los Mendoza, los Álvarez de Toledo, etc. Enrique II se apoyó básicamente en estos últimos, a los que concedió los principales puestos en el gobierno. Por lo demás al morir su hermano Tello, señor de Vizcaya, decidió otorgar dicho título al heredero del trono, su hijo , lo que significaba su integración en la Corona.
Los comienzos del reinado de Enrique II fueron difíciles, no sólo por la subsistencia de algunos focos partidarios de Pedro I, sino también por la hostilidad de los otros reinos peninsulares. Particularmente enérgica era la actitud de Aragón, que reivindicaba la entrega de Murcia, compromiso no satisfecho por Enrique. En 1373 firmó la paz con Portugal y con Navarra. En 1375 el tratado de Almazán ponía fin a las discordias con de Aragón: Castilla recuperó comarcas que se habían pasado a la obediencia aragonesa, como el señorío de Molina, y al mismo tiempo se acordó el matrimonio del heredero de Enrique II, el príncipe Juan, con una hija del Ceremonioso, Leonor. A raíz de aquella paz, la hegemonía de la Corona de Castilla en el concierto de los reinos cristianos peninsulares parecía incuestionable. En el terreno internacional, la alianza de Castilla con Francia derivó en la participación de aquella en la guerra de los Cien Años, una vez que se reanudó el conflicto. Así las cosas, las naves castellanas, aliadas a la flota francesa, obtuvieron un resonante éxito frente a los ingleses en La Rochela (1372). Poco tiempo después el almirante castellano Fernán Sánchez de Tovar saqueaba la isla de Wight y la costa sur de Inglaterra. La fuerza naval de Castilla había quedado plenamente demostrada.

(1379-1390), sucesor de Enrique II, continuó la tarea de fortalecimiento del poder regio. En las Cortes de del año 1385 se creó el Consejo Real, órgano que derivaba de la antigua curia regia ordinaria: el Consejo Real era una especie de representación permanente de las Cortes en el gobierno del reino, cuya principal misión consistía en asesorar al monarca en el ejercicio de sus funciones. La nueva institución fue objeto de numerosos cambios. A los dos años de su creación, en 1387, se dio entrada en el Consejo a cuatro doctores legistas, al tiempo que desaparecía la representación del tercer estado. Una nueva reforma, del año 1459, fijó su composición en ocho letrados, dos prelados y dos caballeros. Todo indica, por lo tanto, que el Consejo Real se convirtió ante todo en un organismo de carácter técnico, puesto totalmente al servicio de la centralización política y del robustecimiento del poder regio. Por lo demás, Juan I prosiguió la pugna con los epígonos Trastámaras, cuya cabeza visible en esos años era el conde de Noreña. En el orden internacional, el rey de Castilla mantuvo su fidelidad a la alianza con Francia.
El problema más agudo con que hubo de enfrentarse Juan I surgió en tierras portuguesas. Viudo de su primera esposa, el monarca castellano, según lo acordado en la paz de Elvas de 1382, casó en segundas nupcias con la princesa lusitana , hija del rey de Portugal, . Al morir éste, en 1383, quedaba como heredera del trono portugués Beatriz. Juan I se dirigió entonces al país vecino para tomar posesión de aquel reino en nombre de su esposa. Pero ya se había formado allí un bando hostil a Castilla, encabezado por el maestre de la Orden de Avis: bando que estaba alentado básicamente por la burguesía de las ciudades marítimas y que contaba, en el orden internacional, con la ayuda de Inglaterra. Abiertas las hostilidades militares, los castellanos llegaron a poner cerco a Lisboa (1384), pero tuvieron que abandonarlo ante la propagación de la peste. Al año siguiente los castellanos fueron derrotados, primero en Troncoso, en el mes de mayo, y en agosto, de manera estrepitosa, en Aljubarrota. Mientras en el trono de Portugal se asentaba , cabeza de una nueva dinastía, de Castilla sufría un duro golpe a sus aspiraciones.
Pero no todo concluyó en Aljubarrota. El duque de Lancaster, , casado con una hija de , desembarcó en Galicia en 1386. Su finalidad era ocupar el trono castellano, que aseguraba correspondía a su esposa. Juan I, que había reunido a finales de 1386 las Cortes de Castilla y León en la ciudad de , pronunció ante ellas un brillante discurso en el que justificaba sus legítimos derechos al trono, al tiempo que rechazaba las pretensiones del duque de Lancaster. Las tropas de Juan de Gante prosiguieron hacia tierras leonesas, pero encontraron una resistencia tenaz. Finalmente, Lancaster optó por retirarse. En 1388 se llegó al acuerdo de Bayona, en el que se estipuló el matrimonio del heredero de Castilla, , con una hija del inglés, . De esa manera, al unirse en matrimonio descendientes de Pedro I y de , se daba por resuelto el pleito por la sucesión de Castilla, que se arrastraba desde los días de .

- El ejercicio de la supremacía real: Enrique III.

La muerte de , en plena juventud, dejaba como heredero del trono a un niño, (1390-1406). La pugna por controlar el Consejo de Regencia, que finalmente se constituyó en las Cortes de Madrid de 1391, fue de una gran dureza, ya que los “Grandes” del reino entendían que su papel quedaba diluido en un Consejo multitudinario. Protagonismo especial tuvo en aquella ocasión el arzobispo de Toledo, , partidario del estricto cumplimiento del testamento de Juan I. Sería precisamente aquella coyuntura la que propició el estallido, en junio de 1391, de violentos .
Desde que Enrique III se hizo cargo efectivo del poder se agudizó la pugna contra los epígonos Trastámaras. A la postre los principales integrantes de ese grupo, en su mayoría parientes del rey, como el conde de Noreña o , duque de Benavente, fueron derrotados. Son muy significativos, a ese respecto, hechos tales como que el duque de Benavente fuera hecho prisionero o que el conde de Noreña tuviera que huir de la Península. Por contra, había consolidado su poder la nobleza de servicios, de la que eran típicos representantes, en tiempos de Enrique III, el justicia mayor Diego López de Estúñiga, el mayordomo Juan Hurtado de Mendoza o el condestable .
La época de Enrique III estuvo dominada, en el panorama internacional, por la paz. Así las cosas, mientras continuaba la alianza con Francia mejoraron las relaciones con Inglaterra, lo que permitió la reanudación de las relaciones comerciales con dicho país. Por otra parte, el interés de Enrique III por el Mediterráneo, en cuyo extremo oriental se anunciaba el peligro turco, llevó al monarca castellano a planear un pacto nada más y nada menos que con los tártaros de . Con esa finalidad salió de Castilla una embajada de la que se ha conservado un bello y minucioso relato, escrito por , el principal miembro de la expedición. Por otro lado, es preciso recordar el apoyo prestado por Enrique III a las campañas del aventurero francés en las Canarias. Aquello sería el punto de partida de la presencia castellana en las "islas afortunadas".

- Juan II y Enrique IV.

Juan II era el sucesor de Enrique III. Su madre y su tío , futuro rey de Aragón, asumirán la regencia hasta su mayoría de edad. La doble regencia supone una fuente permanente de conflictos que obligará a dividir el reino en dos circunscripciones. Fernando adquiere un sólido prestigio como gobernante al tomar Antequera en 1410 y una posición de fuerza que resultará decisiva para ser nombrado (Compromiso de Caspe, 1412).
La aparición de las ciudades en las Cortes como tercer elemento en juego prefigura ya un conflicto plenamente moderno. Las disensiones interiores tendrán repercusión además en el ámbito externo. Así, Aragón y Navarra, gobernados por los infantes de Aragón, serán rivales permanentes de Castilla, mientras que Portugal y, sobre todo, Francia, serán aliados de la corona castellana. Otro elemento a tener en cuenta será la figura del valido, representante del poder real, que adquirirá gran importancia en la persona de , condestable y maestre de Santiago, que representará la fortaleza de la corona frente a las pretensiones de la nobleza y defenderá los intereses de Castilla contra la corona de Aragón. La derrota de aragoneses y navarros en la batalla de Olmedo sitúa a la monarquía castellana en su punto álgido, debilitando al mismo tiempo la disensión interna representada por el estamento nobiliario. No obstante, la nobleza castellana no cesará de enfrentarse al poder del valido, considerado excesivo. Así, en 1453 Álvaro de Luna es depuesto por el rey, en una caída promovida por , príncipe de Asturias, y la segunda esposa del rey, Isabel de Portugal (madre de ).
Por otra parte, Castilla vive unos años de esplendor demográfico y económico, facultado por el incremento de las exportaciones (lana, hierro, vino) a los mercados europeos. Esta buena situación permite el desarrollo de instituciones que prefiguran . Juan II murió en 1454 en Valladolid.

Hijo de de Castilla y de María de Aragón, Enrique IV, antes de acceder al trono, ya intervino en la convulsa política castellana de la época, junto a su favorito Juan Pacheco. En 1440 casa con Blanca de Navarra, separándose de ella en 1443 por impotencia. Un año más tarde accede al trono. Casa de nuevo en 1455 con Juana de Portugal, para asegurar la cooperación entre ambos reinos.
Su mandato transcurre sin grandes alteraciones hasta 1462. En este año, se renuevan los hostigamientos contra el reino nazarí de , se intenta reconciliar con los “Grandes de España” huidos a Aragón y acepta el trono de Cataluña, ofrecido por los mismos catalanes, descontentos con de Aragón. Precisamente la cuestión catalana provoca, a partir de 1463, la caída en desgracia de los nobles más cercanos al rey (Juan Pacheco) por la pérdida de confianza en el Consejo, y el ascenso de nuevas figuras, como los Mendoza o Beltrán de la Cueva.
Entre 1463 y 1468, los nobles desafectos emprenden una campaña contra Enrique IV y elaboran el Manifiesto de Burgos (1464), en el que se critican aspectos diversos de la gestión del monarca, se incluyen las protestas de las ciudades y se critica la sucesión al trono en la persona de , su hija, considerada fruto del adulterio de la reina Juana con Beltrán de la Cueva. La presión de los nobles obliga al rey a ceder y a reconocer como heredero a su hermano Alfonso, estableciéndose una comisión encargada de analizar la crisis y emitir un dictamen que procure la pacificación de Castilla. Este dictamen, la sentencia de Medina del Campo (1465), de signo desfavorable a los intereses de Enrique IV, empuja a éste a combatir a los sublevados, quienes responderán proclamando rey a Alfonso. Los combates se prolongarán durante tres años, hasta la muerte de Alfonso (1468).
La cuestión sucesoria aun no quedará resuelta. Los partidarios de Alfonso prestarán ahora su apoyo a la hermana del rey, , en contra de , hija del monarca. Isabel será reconocida como heredera mediante el tratado de los Toros de Guisando; sin embargo, la defensa de la causa monárquica de ésta hace que sus aliados partan de su lado y pasen a defender la candidatura de Juana, su antigua enemiga. Los tratados de Alcaçovas, 1479, dejarán a Isabel como única pretendiente al trono y reina de Castilla, por la muerte de su padre en 1474.

TEMA 14: LA CORONA DE ARAGÓN Y EL MEDITERRÁNEO (S. XIV).

- Jaime II y la expansión mediterránea.

- El esplendor catalana-aragonés: el imperio colonial de Pedro IV.

- Nobleza y monarquía en Aragón.

- Las empresas mediterráneas.

- La Corona hasta Martín I el Humano: la extinción de la Casa de Barcelona.

- Jaime II y la expansión mediterránea.

Jaime II (1291-1327) asciende al trono tras la muerte de su hermano Alfonso III. Una de sus primeras acciones fue la firme de la tregua con Castilla, ya que la defensa contra los benimerines aconsejaba la alianza castellana. El aragonés se casó con una hija de Sancho IV, Isabel, y los castellanos enviarían un contingente en ayuda de Aragón si se producía un ataque francés; además, se repartieron partes de influencia en el Norte de África para una posible invasión, reservándose Castilla Marruecos, y Aragón los territorios al este del Muluya. En este acuerdo castellano-aragonés también se acordó la colaboración aragonesa en el ataque castellano a Tarifa, que se tradujo en el envío de diez naves.

Aragón necesitaba la paz para hacer frente al movimiento de oposición de la nobleza. Para ello necesitaba la colaboración de Castilla en su conflicto con Carlos de Valois por Sicilia. El francés solicitaba la renuncia de Jaime II al reino insular, mientras el rey aragonés ofrecía tan sólo la creación de un vasallaje del Reino de Sicilia, que debería recaer en manos de su hermano Fadrique. Se celebraron vistas en Logroño (1293), que provocaron la ruptura de la amistad entre las dos grandes monarquías ibéricas. Después de ello, Jaime II se entrevistó con Carlos de Anjou en La Junquera, renunciando el rey aragonés a Sicilia a cambio de una compensación económica a su hermano Fadrique. En esta entrevista, seguramente Jaime II reconoció los derechos de Carlos a Nápoles; luego rompió sus relaciones con Castilla devolviendo a la infanta Isabel para quedar libre para casarse con Blanca de Anjou. Posteriormente, en Anagni, el Papa Bonifacio VIII ofreció a Jaime II una gran suma de dinero por la renuncia de Sicilia, aceptando la oferta el aragonés.

Esta acción supuso un retroceso importante de los catalanes en el Mediterráneo: Jaime II renunciaba a Sicilia, Mallorca y Menorca, estas dos últimas recaían en manos de su tío Jaime II, y el valle de Arán recaía en manos del cardenal Guillermo de Ferraris hasta saber a quien constituía verdaderamente este territorio.

El tratado de Anagni no fue aceptada por el Parlamento de Sicilia, que expulsó por la fuerza a los embajadores pontificios, y coronaron a Fadrique como rey en 1296. Las victorias logradas por Blasco de Alagón al servicio de Fadrique, impulsaron a Bonifacio VIII a exigir las condiciones de Anagni en toda su extensión. Jaime II, investido con la corona de Córcega y Cerdeña (1297), anunció que tomaría el mando de una expedición destinada a arrojar a Fadrique de Sicilia. Al año siguiente envió un ejército que enseguida sitió Siracusa, pero sin lograr ningún éxito, regresó a Barcelona. Aún, ese mismo año, Jaime II volvería a Sicilia, logrando la victoria en Cabo Orlando, donde fueron ejecutados todos los cautivos, lo que bastó para el rey aragonés. Sin embargo, el aragonés tenía una espina clavada, y es que los catalanes enviaban socorros a Fadrique para permitirle resistir los ataques angevinos e incluso obtener victorias tan importantes como las de Falconara (1299) y de Gagliano (1300). Finalmente, se negoció la paz en Caltabellota (1302) por la que se reconocía la independencia de Sicilia, quedando la isla en el ámbito comercial catalán.

Jaime II no había entrado en la paz. Su diplomacia trabajó con velocidad para montar una coalición de intereses en el destronamiento de Fernando IV y sus tropas emprendieron el ataque en 1296 enarbolando la bandera de Alfonso de la Cerda. El plan era dar los dos reinos, León y Castilla, a don Juan y a Alfonso de la Cerda, respectivamente. Mientras Jaime II atacaba el reino de Murcia, don Juan legaba a Palencia y Alfonso se proclamaba rey en Sahagún. Después, el rey de Aragón se apartaba de la lucha en Castilla para centrarse en la lucha para apoderarse del reino de Murcia. Don Juan Manuel, en la frontera de Murcia, no supo o no pudo resistir el empuje aragonés: todo el reino capituló; pero el aragonés no pudo alcanzar la frontera de Granada porque los castellanos conservaron Alcalá, Lorca y Mula. En 1300, Jaime II lograba tomar estas tres fortalezas, pero ya cuando los castellanos se movilizaron, obligando al rey aragonés a replegarse sobre Murcia. En 1303, se firmaba la tregua con Castilla: el reino castellano retiraba sus fronteras hasta una línea que coincide aproximadamente con la división actual de las provincias de Murcia y Alicante: Cartagena, Elche, Santa Pola, Guardamar, Alicante, Orihuela y Villena quedaban dentro del reino de Valencia. Jaime II renunció luego a Cartagena para que don Juan Manuel entregase Alarcón al rey de Castilla.

El rey aragonés había conseguido coronar la meta y la Corona de Aragón aumentaba sus proporciones al tiempo que demostraba fortaleza superior a Castilla.

La Corona de Aragón vivía tiempos de grandes éxitos: había aumentado sus fronteras en el sureste peninsular, había recuperado el valle de Arán, las cláusulas de Anagni le daban derecho a ocupar Córcega y Cerdeña. Es en esta época cuando el Orden del Temple es condenado por el Papado, y sus bienes en Aragón pasaron a una nueva institución creada por el rey, la Orden de Montesa; se creó la Universidad de Lérida y Zaragoza se convertía en silla metropolitana de la Iglesia. Pero, sobre todo, el reino de Jaime II se asocia a la conquista de Cerdeña y la expedición de los almogávares a Oriente.

La anexión de Cerdeña se retrasó debido a dificultades económicas y a la necesidad de preparar diplomáticamente la acción. La isla estaba sometida a un protectorado poco eficaz de Pisa y Génova. Las tropas catalanas embarcaron en mayo de 1321 a las órdenes del príncipe heredero, Alfonso, y las banderas exclusivamente catalanas. En Lucocisterna (1324) tuvo lugar la batalla decisiva, que se convirtió en una gran victoria catalana. En junio de ese año Pisa firmaba la capitulación, ya que Génova mostró una actitud más favorable para la anexión catalana de la isla: Pisa se retiraba de Cerdeña conservando sólo su factoría de Cagliari pero sujeta a vasallaje catalán.

La expedición de los excombatientes de Sicilia a Oriente se produjo a causa de la firma del tratado de Caltabellota, por la cual las tropas de profesionales, los almogávares, que combatían por Fadrique en Sicilia, se quedaron sin empleo. El emperador de Bizancio, Andrónico Paleólogo, las contrató a fin de servirse de ellas como defensa contra los turcos otomanos. Ostentaba el mando Roger de Flor, a quien el emperador le prometió el título de megaduque y la mano de su sobrina. La gran compañía, de 6.500 combatientes, embarcó en 39 naves en 1302. En septiembre ya estaban en Constantinopla, comenzando al mes siguiente sus operaciones contra los turcos, venciéndoles en Artaki, tras lo que una parte del ejército decidió separarse y marchar, bajo las órdenes de Ferrán Jiménez de Arenós, a colocarse bajo el mando de Guy de Laroche, duque de Atenas. El imperio bizantino retrasó las pagas a los almogávares, y Roger de Flor hubo de adelantar dinero. El ejército se retiró a Magnesia a invernar y en espera de que desde Cataluña vinieran los nuevos refuerzos, que llegaron en 1304. El gran ejército entró en Anatolia logrando la victoria más importante. Sin embargo, el gobernador bizantino de Magnesia destruyó la guarnición almogávar y Roger de Flor se tomó la justicia por su mano.

Poco después, Andrónico II reclamó a los almogávares para luchar contra los búlgaros. En abril de 1305, el coemperador Miguel IX asesinó a Roger de Flor y a sus compañeros. Berenguer de Entenza asumió el mando supremo de los almogávares; Berenguer cayó en una emboscada genovesa y fue llevado a Génova como prisionero. Sin jefe de relieve, los almogávares se encastillaron en Gallípoli, desde donde lanzaron terribles ataques por el territorio: estas acciones serían llamadas “la venganza catalana”. Durante seis años la Compañía se convirtió en un temible ejército de anarquía y destrucción. En 1310, el duque de Atenas alquiló a los almogávares; huéspedes incómodos, trató de librarse de ellos al cabo de unos meses, pero entonces se sublevaron, le dieron muerte y se adueñaron de su ducado. Escogieron como duque a Manfredo, hijo de Fadrique de Sicilia, y a sus descendientes, todos los cuales gobernaron por medio de vicarios. Por este camino el ducado de Atenas se incorporó a la corona de Pedro IV en 1379.

- El esplendor catalana-aragonés: el imperio colonial de Pedro IV.

El reinado de Pedro IV (1336-1387) coincide con la máxima expansión catalana en el Mediterráneo y con la crisis generalizada por la Peste Negra. Las primeras medidas de su gobierno sería afianzar su autoridad frente a las concesiones de su padre, Alfonso IV, a la reina Leonor de Castilla y sus dos hijos, Fernando y Juan. Así, en las Cortes de Valencia (1336) dispuso la confiscación de bienes contra ellos; luego acogió a don Juan Manuel, entonces en rebeldía, para compensar la ayuda que Alfonso XI prestaba a sus enemigos. Comenzaba una guerra no declarada con Castilla que acabaría con la firma de una paz (1338) que hizo que Leonor y sus hijos recuperasen sus señoríos y que Aragón ayudase a Castilla en la batalla del Estrecho.

- Nobleza y monarquía en Aragón.

La actitud de la nobleza era de abierta independencia respecto al monarca. El hermano de éste, Jaime, conde de Urgel, se consideraba como cabeza del estamento y Pedro IV le atribuía la responsabilidad de ciertas inquietudes y críticas. En 1344 Pedro IV promulgó las Ordenanzas que reglamentaban el gobierno de su Casa, su Cancillería y su Capilla, proyecto de burocracia al servicio de la monarquía. Pedro IV, preocupado por su sucesión, sólo tenía dos hijas, inició consultas acerca de la conveniencia de que la mayor de ellas, Constanza, fuese reconocida como heredera. El conde de Urgel se opuso violentamente y fue privado del cargo de procurador general: la revuelta comenzaba. Desde Zaragoza, Jaime de Urgel invitaba a los nobles y ciudades a restablecer la Unión, un privilegio, para impedir los abusos del rey y llamaba a sus hermanos, Fernando y Juan, que acudían desde Castilla. Pedro IV pasó a Barcelona, donde dejó en suspenso la calificación de heredera de la infanta.

Siguiendo los consejos de sus colaboradores, Pedro IV decidió acudir a Zaragoza, pero firmando antes un acta secreta declarando nulas las concesiones que, falto de libertad, le fuesen arrancadas. En la ciudad éste se encontró prácticamente preso: las Cortes destituyeron a los consejeros fieles, exigía la revocación del principio de Constanza, el cumplimiento de las mercedes de Fernando y Juan, el restablecimiento del conde de Urgel en la procuradoría y la convocatoria anual de Cortes en las fiestas de Todos los Santos. El monarca llamó entonces a Bernardo Cabrera y le hizo mayordomo mayor y comenzó a atraerse a varios cabecillas de la Unión.

Cuando los unionistas de Valencia exigieron su presencia, decidió acudir, pero con un ejército levantado gracias al dinero de la dote de Leonor de Portugal, con la que se casó en Barcelona. Pero sufrió dos derrotas que destruyó su ejército y permitió a los unionistas llevar al rey y la reina a la capital. Allí, hubo de nombrar a Fernando lugarteniente y procurador general. En 1348 estalló un tumulto y los amotinados asaltaron el palacio. Pedro IV hizo frente con valor a la revuelta y la peste que comenzaba a propagarse le permitió escapar para reunirse con Bernardo Cabrera que operaba contra los unionistas. En las Cortes de Zaragoza de 1348, Pedro IV desgarró y quemó el Privilegio al tiempo que juraba los Fueros tradicionales del reino.

Valencia resistió varios meses; después de la victoria de Mislata, Pedro IV ocupó la capital e inició los procesos de castigo. Luego, el monarca, viudo de nuevo, casó con Leonor de Sicilia, hermana del rey de Fadrique, de donde nacería Juan, a quien se hizo duque de Gerona.

- Las empresas mediterráneas.

Jaime III, rey de Mallorca, se resistió a prestar el homenaje feudal a Pedro IV, que hizo en 1339. Pero cuando el rey aragonés viajó a Avignon para prestar homenaje al Papa por Cerdeña y Córcega, se disgustó ante la influencia francesa en el Papado y en el favor que ésta prestaba a Jaime III. Al año siguiente, estalló la guerra entre Mallorca y Francia por Montpellier, por lo que Jaime III acudió a solicitar ayuda a Pedro IV, que se negó a prestarla. El rey aragonés apeló a una de sus argucias: convocó Cortes para marzo de 1341, y si Jaime III no acudía podía ser declarado desleal cesando la obligación de ayuda. Así se hizo. El rey de Aragón dispuso luego el comienzo de un proceso judicial al que se sumaron los cargos de acuñación indebida de moneda y la circulación ilegal de piezas extranjeras. Jaime III no acudió y fue condenado como contumaz a la pérdida de todos sus bienes.

Mallorca recibió con indiferencia el cambio de rey. En 1343, la flota de Pedro IV llegaba a Santa Ponza e hizo decretar la anexión de la isla, siendo coronado rey en junio de ese año. Jaime III fue derrotado en la batalla de Lluchmayor (1349).

La paz interior en Cerdeña era alterada por frecuentes querellas intestinas entre los Oria y los Malaspina. Pedro IV negociaba ya con posibles aliados contra Génova, y consiguió atraerse a un sector de los Oria y a la república de Pisa. El rey firmó una alianza con Venecia (1351). El imperio aragonés entraba en una guerra que se extendía ya de un extremo a otro del Mediterráneo. Lucha muy cruel en que se hallaban en juego los intereses mercantiles más amplios, enlazada bien pronto con las guerras peninsulares ya que Castilla era estrecha aliada de Génova. La guerra misma indujo al soberano aragonés a solicitar la ayuda de todos los súbditos que en Sicilia, en Atenas o en Bizancio, se hallaban establecidos. Bernardo Cabrera, al mando de una gran flota, derrotó a los genoveses ante Alghero en 1353. Génova confesaba su derrota colocándose bajo la protección de los Visconti de Milán. Mientras, los catalanes no conseguían imponer en Cerdeña la paz; el mismo Pedro IV tuvo que trasladarse a la isla con una flota para que la isla sucumbiese en 1355.

En Sicilia, Pedro IV conseguía el acuerdo para casar a su hija Constanza con Fadrique y enviar a un contingente que expulsase a los angevinos. Al morir Fadrique en 1377, Pedro IV fue reconocido como rey. Recibió entonces también el homenaje de Atenas y Neopatria.

- La Corona hasta Martín I el Humano: la extinción de la Casa de Barcelona.

El sucesor de Pedro IV fue su hijo Juan I (1387-1395), cuyo reinado estuvo salpicado por el continuo enfrentamiento con su suegro, el conde de Armangac, quien invadió el Ampurdán, llegando hasta Gerona, donde fue rechazado por Martín, hermano de Juan I, y futuro rey de Aragón. el rey aragonés también tuvo que hacer frente a una rebelión en Cerdeña, al desastre en el desarrollo de su Administración y a la crisis financiera de los catalanes. Pero su reinado también tuvo algunas cosas decentes de reseñar, como la implantación de los Juegos Florales de Barcelona, una prueba donde se reunían los trovadores y literarios de la época para premiar sus creaciones.

A su muerte, en una cacería, no tenía hijos varones, por lo que su hermano Martín I (1395-1410) le sucedió. Cuando se nombró a Martín I nuevo rey, éste se encontraba en Sicilia, luchando contra la nobleza que le disputaba el ejercicio de la autoridad, por lo que su mujer, María de Luna, efectuó como regente de Aragón hasta la llegada de su marido al año siguiente.

En general fue un reinado de paz exterior, lo cual agudizó las luchas entre bandos nobiliarios en el interior. Todo el reinado estuvo marcado por el cisma de la Iglesia, permaneciendo Martín aliado del , el Benedicto XIII, que era pariente de la reina. Llevó su protección hasta el punto de intervenir militarmente en Avignon, salvando al del asedio al que estaba sometido y acogiéndole en sus estados (1403).

Por otra parte, Martín I lideró dos cruzadas contra el Norte de África en 1398 y 1399; y su hijo Martín de Sicilia consiguió someter a la nobleza de Cerdeña en 1408 tras la victoria en la batalla de San Luis y que supuso la pacificación definitiva de la isla.

Martín I murió sin sucesión directa, y sólo contando con un nieto bastardo Fadrique. Esta situación provocó un interregno de dos años en el que la lucha por la ascensión al trono aragonés se saldó con la entronización de Fernando de Trastámara como nuevo rey de Aragón.

TEMA 15: EL COMPROMISO DE CASPE: LOS TRASTAMARA EN ARAGÓN.

- El Compromiso de Caspe y la entronización de los Trastámara.

- Alfonso V.

- Las guerras civiles y las intervenciones castellanas.

- El gobierno de Juan II.

- El Compromiso de Caspe y la entronización de los Trastámara.

El heredero de la Corona, Martín el Joven, rey de Sicilia, y único hijo superviviente de los que había tenido , moría en 1409 sin descendencia legítima que pudiera sucederle, por lo que su padre, constituido en heredero de su propio hijo, incorporó Sicilia a su soberanía. De hecho, Martín el Joven dejaba un hijo ilegítimo, Fadrique, que el rey de Aragón acogió en su corte pero no se atrevió a legitimar de inmediato, para no contravenir las costumbres sucesorias imperantes. Entonces, buscando la necesaria descendencia, el rey Martín, de cincuenta y un años, y viudo de , contrajo segundas nupcias con Margarita de Prades (1409), una joven de veintiún años, que no le daría el hijo esperado. Los pretendientes a la Corona, sobre todo Luis de Calabria (nieto por línea femenina de ), de la Casa de Anjou, y Jaime de Urgel (biznieto por línea masculina de ) empezaron entonces a mostrar sus aspiraciones; pero Martín el Humano no dio ningún paso decisivo, sin duda porque quería ganar tiempo para encumbrar gradualmente a su nieto, el bastardo Fadrique, operación que nunca contó con el respaldo de las Cortes y los . En estas circunstancias se produjo la enfermedad y muerte del rey que, al parecer, en la agonía alcanzó a responder afirmativamente a la pregunta de si quería que la sucesión recayese en justicia a quien debía corresponder.
Al morir el rey (1410), los únicos candidatos aparentemente con posibilidades, es decir, con partidarios en todos los reinos de la Corona, eran Luis de Calabria y Jaime de Urgel. En Valencia y Aragón, las hostilidades de la época de se convirtieron entonces en facciones que dieron su apoyo a uno u otro candidato, pero sus rivalidades impidieron la convocatoria de parlamentos unitarios. No así en Cataluña, donde un Parlamento único pudo recibir a los embajadores de los mencionados candidatos y de dos nuevos pretendientes, Alfonso de Gandía (nieto por línea masculina de ) y (nieto por línea femenina de ), cuyas posibilidades parecían remotas.
De momento, Fernando de Antequera, que era y poseía una inmensa fortuna familiar, no jugó a fondo sus bazas, simplemente se aproximó a las facciones antiurgelistas de Aragón y Valencia, y estableció fuerzas en las fronteras. Pero el regente de Castilla, pasado un tiempo, puso abiertamente en juego sus posibilidades, económicas y militares, y habilidades diplomáticas, que le permitieron ganarse el apoyo del papa , a quien prometió la obediencia de toda la Península.
En 1411, el temor a una guerra civil estaba justificado, puesto que los poderosos de los reinos se hallaban divididos en urgelistas y trastamaristas, al punto que formaban Parlamentos de signo opuesto en Aragón y en Valencia, donde llegaron a combatirse con las armas, y si en Cataluña se mantuvo la unidad de un solo Parlamento, las divisiones internas lo hicieron, de hecho, irresoluto.
La fuerza decisiva pasó entonces a Aragón, donde la excomunión, lanzada por Benedicto XIII contra los urgelistas, legitimó a los trastamaristas, que recibieron del pontífice el encargo de trabajar para buscar una solución al conflicto sucesorio sobre la base de encomendar la elección del nuevo rey a un grupo de nueve compromisarios, tres de cada reino, que, reunidos en Caspe, examinaran los derechos de los candidatos y eligieran un soberano por mayoría de votos. Mientras los parlamentarios catalanes aceptaban la propuesta (concordia de Alcañiz, 1412), tropas aragonesas y castellanas ayudaban a los trastamaristas de Valencia a derrotar a sus adversarios.
A partir de este momento la situación ya era muy claramente favorable a .
Los nueve compromisarios, reunidos en Caspe, examinaron las pretensiones de siete candidatos (Jaime de Urgel, Luis de Calabria, Fernando de Aragón (el nieto no legitimado del rey I), Alfonso de Gandía, su hijo Alfonso, y Juan de Prades, hermano de Alfonso de Gandía) y eligieron rey de la Corona de Aragón, como cabía esperar, a Fernando de Antequera (1412).

Tras la sentencia del compromiso de Caspe, el 28 de junio de 1412, un año más tarde, Fernando I, aun hubo de vencer una revuelta fomentada por Jaime de Urgel. La oligarquía catalana le obligó en varias ocasiones a firmar acuerdos que limitaban el poder de la monarquía, como en los años 1412 y 1413, ante las Cortes de . Como les ocurrió a sus predecesores, los asuntos mediterráneos ocuparon gran parte de las preocupaciones de su mandato: logró pacificar Cerdeña mediante tratados con el vizconde de Narbona y con Génova, intervino en Sicilia en apoyo de la reina viuda Blanca y en contra de Fadrique de Luna, hijo ilegítimo de Martín el Joven; también nombró a su segundo hijo Juan virrey de Sicilia, Cerdeña y Mallorca; y en 1414, estableció acuerdos con el sultán de Egipto y el rey de Fez.
Apoyó a Benedicto XIII durante el Cisma de Occidente, si bien le retiró su ayuda tras ser depuesto en el Concilio de Constanza (1416).

- Alfonso V.

El reinado de Fernando I había sido corto, pero había tenido el tiempo justo para tomar contacto con la realidad de la Corona. El de su hijo y sucesor (1416-1458) sería largo y difícil, al menos en lo tocante a sus relaciones con los . Jefe del clan Trastámara aragonés, Alfonso tendría que dividir sus esfuerzos entre sus Estados peninsulares, donde siglos de pactismo reducían su capacidad de acción; el Mediterráneo, donde debía defender las posiciones de la Corona y veía posibilidades de desarrollar una acción política propia, y Castilla, donde la familia tenía sólidas posiciones, susceptibles de llevarle a un cierto control del conjunto peninsular.
El Magnánimo comenzó su reinado convocando Cortes en (1416), donde esperaba obtener subsidios para seguir la lucha contra Génova, pero los nobles, descontentos porque la monarquía proseguía su política de recuperación patrimonial y porque se rodeaba de consejeros castellanos, rehusaron contribuir y, en cambio, reclamaron contra esta política y plantearon un conjunto de reformas constitucionales que el monarca desoyó. Se trasladó entonces a , donde sus demandas de ayuda para la política mediterránea iban a encontrar mejor respuesta. Dispuesto a partir para Italia, volvió a tener Cortes con los catalanes en Sant Cugat y Tortosa (1419-20), donde, necesitado de dinero para la expedición, cedió a reivindicaciones de la Iglesia, frenó la política de recuperación patrimonial y prometió resolver determinados agravios, a cambio de lo cual recibió un donativo.
En ausencia del Magnánimo, ocupó la lugartenencia su esposa, la reina María, que quiso reimpulsar la política de recuperación patrimonial autorizando las asambleas campesinas, encargadas de recoger el dinero necesario. La alarma que esta iniciativa reformadora ocasionó entre los estamentos, temerosos de la ruptura del statu quo jurisdiccional y agrario, incidió en las Cortes de Tortosa-Barcelona, de 1421-23, reunidas por la reina para obtener subsidios con los que ayudar a la . Los estamentos le ofrecieron, efectivamente, ayuda, pero le obligaron a frenar la política reformadora, transigir en todas las reivindicaciones pendientes desde el reinado anterior, y aceptar que la Generalitat se convirtiera en defensora y guardiana de las leyes de la tierra contra cualquier extralimitación del rey y sus oficiales. Cuando las Cortes fueron clausuradas, la autoridad real había perdido posiciones irrecuperables y el cisma nobiliario amenazaba con una .

- Las guerras civiles y las intervenciones castellanas.

Cuando en 1436 V se enzarzó plenamente en la lucha por , y desistió definitivamente de volver a la Península, nombró a su hermano lugarteniente de Aragón y Valencia, y le encomendó la dirección de los . La ocasión de volver a intervenir en la la propició la política autoritaria del condestable , que alarmó a los “Grandes”, quienes formaron una Liga (1439) y amenazaron con llevar el país a la guerra civil. Llamados a jugar un papel arbitral en el conflicto, los infantes de Aragón acabaron adhiriéndose a la Liga y pactaron una alianza con su hermana, María de Aragón, mujer de , contra el condestable (1440). Aunque el monarca apoyó a Álvaro de Luna, incluso con las armas, los coaligados asediaron al rey en Medina del Campo y le obligaron a desterrar al condestable (1441).
Durante casi tres años Juan de Navarra gobernó Castilla mientras se abría un nuevo frente de lucha en Navarra, donde la muerte y sucesión de la reina (1441) entre los partidarios de su hijo y heredero, el príncipe , a quien correspondía la sucesión (beamonteses), y los partidarios de su padre, Juan de Navarra, que deseaba retener el poder en sus manos (agramonteses).
En 1443 Álvaro de Luna volvió a la escena con intrigas palaciegas que buscaban enfrentar al príncipe , heredero de Castilla, con Juan de Navarra, el cual, sintiendo crecer la conspiración a su alrededor, detuvo a funcionarios y al propio rey (golpe de Estado de Rámaga, 1443). Fue una decisión fatal que el condestable no dejó de aprovechar para presentar a como enemigo del reino y ganar para su causa a una destacada parte de los grandes. Juntos derrotaron a los infantes de Aragón en Olmedo (1445), donde fue herido de muerte, y obligaron a Juan de Navarra a abandonar Castilla. Comenzó entonces una nueva guerra entre Castilla y Navarra-Aragón (1445-54), que se alargó a causa de las rivalidades que pronto surgieron en el campo vencedor, dividido entre los partidarios del condestable y los seguidores de Enrique, príncipe heredero de Castilla. Se trató de una guerra fronteriza durante la cual y aprovecharon la división de Navarra para aliarse con Carlos de Viana y encender la (1451). En los años siguientes, obligado a dividir sus fuerzas en Navarra y en la frontera aragonesa con Castilla, Juan de Navarra luchó a la defensiva hasta que, por las paces de Ágreda y Almazán (1454), hubo de aceptar su alejamiento de la política castellana y la pérdida de sus bienes patrimoniales en Castilla.
Entre tanto, , nombrado lugarteniente general de Cataluña, presidía en las sesiones de las Cortes de 1454-58, que, como se ha explicado, habrían de resultar dramáticas, auténtico de , a causa de los enfrentamientos que en ellas se produjeron entre la monarquía, representada por el lugarteniente y apoyada por los síndicos barceloneses de la Busca, y la oligarquía pactista ferozmente opuesta a la reforma del de Barcelona, la política de recuperación patrimonial y las disposiciones del rey favorables a las reivindicaciones remensas. Mientras fallecía en Nápoles Alfonso V (1458). Su sucesor, Juan de Navarra, ahora Juan II de Aragón (1458-79), heredó la política de debilitar a la oligarquía catalana y con ella el ambiente crispado que sus errores contribuirían a convertir en guerra civil cuatro años después.

- El gobierno de Juan II.

Inicialmente Juan II tuvo problemas con Castilla donde el , , se resistía a satisfacerle unas cantidades acordadas en las paces de Agreda y Almazán. Pero el frente mediterráneo presentaba dificultades más graves: inesperadamente, los barones napolitanos se sublevaron contra de Nápoles, hijo y sucesor de Alfonso V, y ofrecieron la corona a Renato I de Provenza, que envió un ejército a la Italia meridional. Alarmado, Juan II reunió en Cortes a aragoneses, catalanes y valencianos (1460-61), a los que pensaba pedir ayuda para parar la ofensiva angevina, pero en sus proyectos nuevamente interfirió , su hijo. El príncipe fugitivo, que residía en la corte de Nápoles cuando falleció Alfonso V, había pasado a Sicilia donde los estamentos, que aspiraban a una mayor independencia, reclamaron para él la lugartenencia y la designación de heredero de la Corona. comprendió entonces que su estancia en la isla podía dar aliento a los independentistas, y por ello dispuso su retorno. Padre e hijo firmaron entonces la concordia de (1460) por la que Carlos recuperaba rentas y posesiones pero se le negaba la residencia en Navarra y Sicilia, y no se le reconocía la primogenitura que reclamaba.

Las negociaciones entre Enrique IV y Carlos de Viana hicieron sospechar a Juan II, que encarceló a su hijo, provocando las protestas del gobierno catalán, la Generalitat, que amenazó con levantarse en armas contra el rey. El príncipe de Viana fue puesto en libertad y comenzaron negociaciones entre el monarca, representado por su esposa, , y una delegación catalana, que concluyeron con la firma de la Capitulación de Vilafranca del Penedés (1461): el rey no podría entrar en el Principado sin la autorización de sus corporaciones representativas, tendría que delegar todas sus funciones administrativas y el poder ejecutivo en un lugarteniente perpetuo e irrevocable ( y, en su defecto, el infante , hijo de Juana Enríquez y Juan II), y los oficiales y funcionarios nombrados por el rey tenían que ser aprobados por la Generalidad, el Consejo de Ciento y el Consejo del Principado.


El desarrollo del nuevo régimen constitucional tropezó con un escollo inesperado, la muerte prematura de Carlos de Viana (1461), que obligó a encomendar la lugartenencia, de hecho, a la reina Juana Enríquez, ya que el príncipe Fernando entonces era un niño de pocos años. Los meses cruciales de finales de 1461 y comienzos de 1462 la reina trabajó en para rehacer las fuerzas realistas, lo que le enemistó con las autoridades, que creyeron urdía un golpe de Estado. Esto provocó que los miembros de la Generalitat se adelantasen a Juan II: el gobierno de Barcelona expulsó de su seno a los consejeros de la Busca, la Generalitat decidió someter a juicio a los presuntos traidores y el Consejo del Principado reclutó un ejército con el pretexto de combatir a los remensas de las comarcas gerundenses que se habían levantado en armas contra la reacción señorial (1462).
La tensión creció hasta tal punto que Juana Enríquez, temiendo por su vida y la de su hijo, huyó a Gerona, donde creía estar más segura. Para los enemigos de Juan II era la prueba manifiesta de su traición. La represión se abatió entonces sobre los realistas y dirigentes de la Busca en Barcelona, mientras el ejército, levantado por el Consejo del Principado y dirigido por el conde de Pallars, se lanzaba sobre Gerona en pos de la reina y su hijo, a quienes los remensas dieron ayuda. Mientras, Juan II hipotecó sus derechos sobre el Rosellón y la Cerdaña en provecho de de Francia a cambio de ayuda militar. Y fueron, en efecto, las tropas de Luis XI las que forzaron el levantamiento del asedio de Gerona. Paralelamente, , considerado un traidor por haber entregado tierra catalana a Francia, entraba con tropas en Cataluña, lo que constituía una violación de los términos de la Capitulación de Vilafranca, y por ello era declarado enemigo público y desposeído de la corona. En aquellos momentos los radicales de uno y otro bando se habían hecho dueños de la situación y ya se había extendido por toda Cataluña.

Las posiciones y oposiciones aparecían con nitidez: a un lado estaba constitucionalista, integrada por los barones y caballeros feudales, los grandes y el patriciado pactista, representado por la Biga, que querían deshacerse de la dinastía real; y en el lado opuesto, junto a la monarquía y los barones de la corte, los de la Busca, los artesanos y los campesinos, más o menos partidarios del autoritarismo monárquico, un principio que no era patrimonio exclusivo de los Trastámaras, sino que lo habían defendido monarcas de la dinastía originaria tan importantes como y , y que, en estos momentos, inspiraba a la mayor parte de las monarquías europeas.
Durante el primer período de la guerra (1462-63), las fuerzas realistas consiguieron una importante victoria en Rubinat, asediaron con la ayuda de los franceses y tomaron Tarragona y Perpiñán, mientras un Parlamento reunido en Barcelona ofrecía la corona a de Castilla (1462), que la como un medio de debilitar al partido aragonesista de su propio reino. Pero Juan II, que era diestro en la maniobra, alentó la guerra civil en Castilla y, con la ayuda del monarca francés, consiguió que Enrique IV se retirara del pleito catalán (1463).
Durante la segunda fase del conflicto (1463-66), las instituciones catalanas ofrecieron la corona al condestable Pedro de Portugal (1463-66), que no consiguió los éxitos militares que de él se esperaban, y no obtuvo tampoco el necesario apoyo internacional. En cambio, las circunstancias internacionales adquirían un sesgo favorable a Juan II: Enrique IV de Castilla se encontraba en pleno enfrentamiento con su nobleza y , que de aliado se había convertido en rival, veía cómo una formidable coalición nobiliaria se levantaba frente a él. Sin peligro a sus espaldas, el rey de Aragón pudo ocupar Lérida (1464) y Tortosa (1466), mientras sus huestes obtenían una victoria muy importante en Calaf (1465). Las deserciones en el bando antirrealista empezaban a ser importantes, estimuladas, además, por la actitud del rey, que había jurado respetar las constituciones y dictar un perdón general. En estas circunstancias, la inesperada muerte de Pedro de Portugal (1466) podría haber puesto punto final a la lucha si no fuera porque la minoría radical antirrealista, liberada de los moderados que habían hecho deserción, rechazó la paz propuesta por y ofreció la corona a Renato I de Provenza (1466).
Al comienzo de la tercera y última fase del conflicto (1466-72), la llegada a Cataluña de Juan de Lorena, hijo y lugarteniente de Renato I, con tropas francesas y napolitanas, reequilibró las fuerzas. Los antijuanistas obtuvieron una victoria en Viladamat (1467) y la capitulación de Gerona (1469); pero no desanimaron a Juan II que era capaz de batirse en todos los frentes, y ahora contaba además con la eficaz ayuda de su hijo , más tarde llamado el Católico. En política exterior consiguió el matrimonio de su hijo con , hermanastra de de Castilla y una alianza con Inglaterra y Borgoña que aislaba a Francia. En política interior obtuvo la ayuda financiera de aragoneses y valencianos.
Muerto Juan de Lorena (1470), su hijo Juan de Calabria dirigió las fuerzas de la Generalitat en los años finales del conflicto, cuando las promesas efectuadas por Juan II de respetar las constituciones y el cansancio hacían mella en sus filas. Las huestes reales recuperaron entonces Gerona y numerosas villas del Ampurdán, El Vallés y El Maresme (1471), y pusieron sitio a , que se entregó en 1472 (Capitulación de Pedralbes).
Era el fin de una guerra tan desastrosa que el vencedor no pudo ser vengativo: se puso en libertad a los prisioneros, se sobreseyeron las causas judiciales pendientes, se anularon las sentencias relacionadas con la guerra, se restituyeron los bienes confiscados, se fusionó la Generalitat antijuanista con la juanista, el monarca juró de nuevo las constituciones, etc.

intentó resolver algunas cuestiones, como la recuperación por las armas del Rosellón y la Cerdaña (1473-75), donde fracasó, pero en general se manifestó irresoluto. No afrontó la solución del conflicto remensa, la reforma del gobierno municipal de Barcelona y los problemas constitucionales pendientes, a los que tendría que dar respuesta su hijo .

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