Transformación de la Arquitectura en el Siglo XIX y el Auge del Hierro

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La arquitectura en la encrucijada

Superadas las primeras décadas del siglo XIX, la arquitectura, hasta entonces centrada en el debate entre neoclasicistas y neogoticistas, se encuentra ante retos para los que no tiene fácil respuesta.

El problema fundamental consiste en tratar de dar satisfacción a las nuevas necesidades constructivas planteadas por la sociedad industrial. Surgen tipologías como las grandes fábricas, las estaciones de ferrocarril o los recintos para las muestras comerciales, para los que no hay precedentes históricos.

La arquitectura del hierro

Aunque utilizado a lo largo de buena parte de la historia de la arquitectura, el hierro nunca había pasado de ser un material de carácter auxiliar. La Revolución Industrial hizo posible su fabricación masiva y económica, así como su transporte hasta cualquier punto geográfico, abriendo unas inmensas posibilidades de empleo en la edificación.

Los inicios fueron tímidos, empleando el hierro casi como si se hubiera tratado de piedra. Sin embargo, pronto se plantean soluciones más arriesgadas y se construyen puentes como el de Coalbrookdale en el Reino Unido, en el que se prescinde totalmente de la mampostería.

En las décadas siguientes se generaliza el uso del hierro en las obras de ingeniería, extendiéndose su utilización a los países del continente europeo. Resulta lógico que fuera también en Gran Bretaña donde se llevaran a cabo los primeros intentos de empleo del hierro en la arquitectura propiamente dicha. Entre todos ellos sobresale por su belleza el Pabellón Real, construido en 1818 por John Nash en Brighton, en el que combina las formas orientales con una estructura completamente realizada en hierro fundido, material en el que se ejecutan, además, el conjunto de los elementos ornamentales.

El éxito del Pabellón Real impulsó a muchos arquitectos, ahora ya unidos en el uso del hierro a los ingenieros, a utilizar este material en una línea similar a la marcada por John Nash; es decir, emplearlo concibiendo sus obras según planteamientos formales y estilísticos tradicionales. Así lo hizo Henri Labrouste en la Biblioteca de Santa Genoveva de París.

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