Transformaciones Políticas en Europa: De la Revolución Francesa a las Unificaciones Nacionales
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La Revolución Francesa y el Fin del Antiguo Régimen
Francia era el corazón de Europa; cualquier cambio en ella tendría una gran influencia en el resto del continente. La situación en los años previos a la Revolución Francesa era de completo desastre, lo que preparó el camino para el estallido revolucionario:
- Crisis económica: Tras varias guerras, el Estado está arruinado y la economía sumida en una profunda crisis.
- Crisis agrícola: En los años previos a 1789, se suceden varios periodos de malas cosechas que generan hambre y descontento social.
- Crisis ideológica: La Ilustración, que choca frontalmente con el sistema político absolutista, es la ideología predominante en toda la sociedad francesa.
El Concepto de Nacionalismo
Dentro del contexto de transformación política, es fundamental definir dos conceptos clave:
- Estado: Organización territorial totalmente independiente diseñada para regular la vida de sus habitantes.
- Nación: Conjunto de seres humanos que, por unas determinadas características comunes, se sienten diferentes al resto de la humanidad.
Las Oleadas Revolucionarias del Siglo XIX
La Oleada de 1820
Surge en España y se extiende por toda Europa. El Congreso de Viena es todavía demasiado reciente y el movimiento es liquidado en el continente; para ello, tienen que intervenir las grandes potencias con el fin de pacificar las zonas más rebeldes. Solo tiene éxito en Grecia, que logra independizarse del Imperio Turco.
La Oleada de 1830
Surge en Francia, donde se derroca a Carlos X (por su intento de retornar al absolutismo) y es sustituido por una monarquía parlamentaria que otorga el poder a la burguesía bajo el reinado de Luis Felipe de Orleans. La revolución se extiende por toda Europa y, salvo en Bélgica (que logra la independencia de Holanda), acaba siendo controlada por las autoridades.
La Oleada de 1848
Es la oleada más fuerte y posee un carácter más democrático, con demandas sociales para las clases populares y un marcado nacionalismo en cada territorio. De nuevo surge en Francia con el derrocamiento de Luis Felipe y su sustitución por una República. De ahí se extiende por toda Europa. Aunque con grandes dificultades los movimientos acaban siendo sofocados, tras ellos queda consolidado en toda Europa el liberalismo como sistema de gobierno, otorgando definitivamente el poder a la burguesía. El ejemplo claro es Francia, donde tras una breve República, se instaurará el Segundo Imperio en la persona de Napoleón III.
Nacionalismo Disgregador e Imperios Plurinacionales
En Europa existían grandes estados plurinacionales, entre los que destacan el Imperio Ruso, el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano. Estos estaban compuestos por multitud de naciones que, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, adquirirán conciencia política y reclamarán su independencia, lo que generará numerosos conflictos y problemas durante los siglos XIX y XX que finalmente acabarán logrando sus objetivos. En menor medida, este mismo proceso se advierte en Europa Occidental donde, sin la violencia de Europa Oriental, surgen en cada país nacionalismos disgregadores: España (con Euskadi, Cataluña y Galicia), Francia (con Bretaña y Córcega) y Gran Bretaña (con Escocia, Gales e Irlanda). Estos conflictos no desembocarán en un proceso de secesión por el momento.
Nacionalismo Unificador: Los Casos de Italia y Alemania
En Europa había dos grandes naciones que estaban divididas en multitud de pequeños estados y que sufrieron un proceso unificador hasta convertirse en un único Estado: Italia y Alemania. Sus casos son opuestos: en Italia, el Estado que podía liderar la unificación era demasiado débil para hacerlo por sí solo; en el caso de Alemania, existían dos potencias que podrían encabezar la unificación por cuenta propia.