La Unificación de Alemania e Italia: Historia y Proceso de Formación

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La unificación alemana

El reino de Prusia fue el protagonista político del proceso de unificación de Alemania. Era el Estado más grande, con un mayor desarrollo económico y el ejército más potente del conjunto de los Estados alemanes, siendo capaz de liderar un movimiento nacionalista surgido durante los años de la ocupación de las tropas napoleónicas.

El primer paso llegó en el año 1834 con la Unión Aduanera (Zollverein), que permitía la libre circulación de bienes y personas y estrechaba las relaciones entre los distintos Estados de la Confederación Germánica. El segundo, en 1848, cuando se formó el Parlamento de Fráncfort. Prusia se negó a apoyar la vía democrática abierta por los revolucionarios e impuso su proyecto político, mucho más conservador. El artífice de ese proceso fue Otto von Bismarck, canciller de Prusia desde 1862.

Se aprovecharon los éxitos militares obtenidos en conflictos sucesivos para lograr la integración de todos los territorios alemanes:

  • 1864: Guerra declarada a Dinamarca para conseguir la posesión de los ducados en disputa (Schleswig y Holstein).
  • 1866: Rápida victoria de los ejércitos prusianos sobre los austriacos en la batalla de Sadowa. Austria quedaba al margen del proceso de unificación y todos los Estados alemanes del norte pasaban a la órbita de Prusia.
  • 1870: Guerra librada contra el imperio francés de Napoleón III. La victoria de Sedán abrió a los ejércitos prusianos las puertas de París y permitió el dominio de los Estados alemanes del sur, el reino de Baviera, y la ocupación de Alsacia y Lorena, regiones fronterizas con Francia que fueron siempre objetivo de disputa entre los dos Estados.
  • 1871: El palacio de Versalles fue el lugar elegido para proclamar a Guillermo I emperador del II Reich. Alemania se configuraba como una gran potencia continental, impulsada por su creciente industrialización, con una estructura confederal y una política autoritaria y militarista.

La formación de Italia

El proceso de unificación italiana tuvo lugar en los mismos años que en Alemania. La iniciativa política le correspondió al reino de Piamonte-Cerdeña, la región de mayor desarrollo económico e industrial, una monarquía constitucional encabezada desde 1849 por el rey Víctor Manuel II y dirigida desde 1852 por su primer ministro, el conde de Cavour.

Los orígenes del nacionalismo se encuentran en la época de la invasión francesa. En la década de 1820, las aspiraciones soberanistas se extendieron a través del Risorgimento, que difundía las ideas democráticas de la “Joven Italia” de Giuseppe Mazzini. El proyecto de creación de una república popular quedó frustrado después del fracaso de las movilizaciones revolucionarias de 1848.

En 1858, con el apoyo militar de Francia, el ejército de Piamonte derrotó a tropas austriacas en las batallas de Magenta y Solferino. Milán y Lombardía se unieron al reino de Piamonte. Lo mismo hicieron Parma, Módena y Toscana en 1860, después de un referéndum; se culminaba así la unificación del norte de Italia.

La incorporación del sur a la península itálica se consiguió gracias al protagonismo de Giuseppe Garibaldi. En 1860 desembarcó en Nápoles al frente de un ejército denominado los “camisas rojas” y consiguió el apoyo popular necesario para derribar a la monarquía borbónica del reino de las Dos Sicilias. En 1861, Víctor Manuel II era proclamado rey de Italia por un nuevo parlamento reunido en Turín.

La última fase del proceso de unificación comenzó en 1866. La derrota de Austria frente a Prusia permitió la incorporación de Venecia. En 1870, las tropas italianas ocupaban Roma para convertirla en la capital del nuevo Estado. El papa Pío IX inició un conflicto, la “cuestión romana”, que no se solucionó hasta la firma de los Tratados de Letrán (1929) entre el papado y el Gobierno fascista, que permitieron la creación del Estado del Vaticano dentro de la misma ciudad de Roma.

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