La Crisis de 1640 y el Ocaso del Imperio Español en Europa
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La crisis de 1640
Las reformas del conde-duque de Olivares, válido de Felipe IV, pretendían reforzar la autoridad real y alcanzar una mayor unidad entre los diversos reinos. Para ello, se aumentó la presión fiscal y, con el fin de mantener un gran ejército que consolidase la hegemonía española en Europa, se planteó la Unión de armas, que pretendía que todos los reinos de la monarquía (y no sólo Castilla, como hasta entonces) contribuyesen con hombres y dinero al esfuerzo militar, lo que provocó una fuerte oposición, especialmente en la corona de Aragón.
En 1640, el malestar ante la política del conde-duque estalló en dos rebeliones abiertas, las de Cataluña y Portugal. La rebelión de Cataluña se origina por el cansancio de los catalanes ante la larga guerra con Francia, que obligó a reclutamientos forzosos y a la presencia de tropas castellanas en Cataluña, causando grandes molestias a la población local; el malestar estalló en el llamado Corpus de Sangre de Barcelona en 1640, en el que fue asesinado el virrey. Los catalanes solicitaron ayuda militar al rey de Francia, cuya soberanía reconocieron, iniciándose una guerra con las tropas de Felipe IV que duró hasta 1652, en que se llegó a una paz negociada.
La sublevación de Portugal estalló por la exigencia de que tropas portuguesas luchasen en Cataluña, si bien tenía causas más profundas: descontento ante la presión fiscal y la ineficacia española en la defensa del comercio y las colonias portuguesas. La imposibilidad de la monarquía de sostener dos guerras simultáneas hizo que se optase por sofocar la rebelión catalana, lo que permitió a los portugueses proclamar su independencia y nombrar rey al duque de Braganza; finalmente, en 1668 se reconoció la independencia de Portugal. La crisis de 1640, que amenazó con desmembrar la monarquía, provocó la caída del conde-duque.
El ocaso del Imperio Español en Europa
(durante el siglo XVII) Bajo Felipe II, España fue la potencia hegemónica en Europa, si bien el esfuerzo militar había conducido a la bancarrota a la Hacienda real. Felipe III llevó a cabo una política pacifista, al firmar tratados de paz con Francia e Inglaterra y una tregua con Holanda. La subida al trono de Felipe IV en 1621 marca de nuevo el inicio de la guerra de Flandes y la intervención española en la Guerra de los 30 años (1618-48), conflicto generalizado que afectó a toda Europa y de carácter muy complejo, al mezclarse motivos dinásticos (supremacía de los Habsburgo, españoles y austriacos) y religiosos (católicos contra protestantes).
España fue aliada del Imperio frente a una amplia coalición formada por estados alemanes, Holanda, Suecia y, finalmente, Francia. En la primera etapa de la guerra, las tropas españolas obtuvieron grandes victorias en Flandes (conquista de Breda), Alemania e Italia, aunque ello obligó a un gran esfuerzo económico que generó malestar en España (crisis de 1640). Pero la intervención de Francia, aliada de Suecia y Holanda, cambió la situación: España sufrió graves derrotas (Batalla de Rocroi) que le obligaron a firmar las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659), por las que España reconocía la independencia de Holanda y los Habsburgo perdían definitivamente la hegemonía en Europa, papel que pasaba a desempeñar los Borbones.
Durante el reinado de Carlos II, aunque los Austrias ya han perdido su prestigio internacional y España está sumida en una grave crisis, todavía se producirán varias guerras con Francia, en las que se pierden diversos territorios en Flandes.