La crítica nietzscheana al cristianismo: Resentimiento, moral y decadencia

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El fuego eterno y la negación de la existencia

El resentimiento y el odio cristiano se manifiestan en los tres enemigos del alma:

1. Odio al mundo

El cristianismo ha hecho de la Tierra una terrible morada. La vida en este plano, marcada por el sudor y las lágrimas, se presenta solo como un tránsito hacia la otra vida. El más allá se nos ofrece como un antimundo deseable y apetecible, pero solo alcanzable renunciando a vivir con plenitud. Se finge un trasmundo donde se encuentra la recompensa de los que han despreciado y negado el mundo, y otro para castigar a quienes se han negado a la renuncia.

2. Odio a la vida

El cristianismo propone como virtud reprimir la vitalidad y anular, si fuera posible, los instintos, deseos y pasiones. El instinto natural se ha convertido en un engendro peligroso que debilita las fuerzas vitales. El libre albedrío es ahora indispensable para justificar el castigo al pecador: Dios nos hace libres para ser sus esclavos. Se nos otorga libertad y se nos castiga cuando la ejercemos.

3. Odio al cuerpo

El cristianismo aumentó la devaluación del cuerpo iniciada por Platón, convirtiéndola en aversión y fobia, ya que el cuerpo humano es el poseedor de los instintos vitales. Todo lo que emana del cuerpo es sospechoso de pecado; el cuerpo es impuro y merece nuestro desprecio. El cristiano castiga físicamente su cuerpo y lo esclaviza por razones religiosas: un dolor gratuito que sirve para manifestar el odio hacia la propia naturaleza. El arquetipo cristiano es el ángel, un ser sin cuerpo, sin deseos, que no conoce los instintos ni las pasiones.

El papel del sacerdote y la gestión de la enfermedad

El papel fundamental del cristianismo recae en el sacerdote, quien sitúa su felicidad en el dominio sobre los enfermos. Es un enfermo que cuida de otros enfermos, lo que le permite entenderlos y obtener su confianza. Para ello, se otorga el cargo de intermediario legítimo entre Dios y los hombres. Organiza a los pacientes y les permite convivir de forma pacífica, pero este sistema, en última instancia, enferma más al paciente. La idea de estar en deuda con Dios se convierte en el instrumento de tortura definitivo.

La democracia como cristianismo secularizado

La democracia es un cristianismo sin Dios. Mantiene los mismos valores secularizados, sin necesidad de justificarlos en la idea de una divinidad. Sigue creyendo en reglas morales universales, crea nuevos ídolos que reemplazan al viejo Dios y persiste como una moral de débiles que aumenta el odio a lo superior. Nivelan todo lo humano y, en su proceso, nivelan siempre a la baja.