La dualidad entre ser y parecer en la filosofía de Rousseau
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La esencia humana frente a la máscara social
El afán de riqueza, reputación y poder prende de forma definitiva en el espíritu humano, algo que todavía no ha tenido lugar en el estado de naturaleza. Por ello, el hombre natural no puede parecer una cosa y ser otra distinta, sino que tiene que ser exactamente lo que parece; quien carece de racionalidad, ambiciones y bienes que defender no puede pretender ser otra cosa que la que es.
Para entender bien a Rousseau, hemos de considerar su descripción del estado de naturaleza no tanto como una exaltación de esa vida irracional y cercana a la animalidad, sino como un recurso que provoca un efecto de contraste. Este nos lleva a cuestionar ciertos aspectos de la civilización, la moral convencional y la cultura tal y como la entendemos.
La civilización nos hace hipócritas y miserables, además de engendrar desigualdades entre los hombres que el estado de naturaleza no permitía. Estas desigualdades se fundan en instituciones políticas o socioeconómicas y encuentran su expresión más extrema en la relación tiránica entre el amo y el esclavo, todo ello porque el ser ha sido sustituido por el parecer en cuanto a las preferencias de los hombres.
Ser y parecer: Amor de sí, amor propio y armonía
La distinción entre ser y parecer —donde debemos entender por parecer algo muy similar a aparentar, es decir, manifestar o dar a entender que se es lo que no se es o que se tiene lo que no se tiene— es fundamental para comprender algunos aspectos de la filosofía de Rousseau.
La distinción en el estado de naturaleza
Esta dicotomía sirve para establecer las diferencias más importantes entre el estado de naturaleza y la sociedad civil:
- En el estado de naturaleza: No puede darse semejante distinción, ya que el ser humano apenas interactúa con sus semejantes y carece de luces o afán competitivo.
- Ausencia de fingimiento: El hombre natural ignora la diferencia entre ser y parecer, pues carece de toda noción que pueda equipararse a la de aparentar o fingir con la intención de engañar a otros.
Para que tal distinción tenga lugar, es necesario que la ambición, la codicia y el afán de riqueza, reputación y poder prendan de forma definitiva en el espíritu humano.