Historia y Evolución del Movimiento Obrero en España: De los Orígenes a la Restauración
Inicios del Movimiento Obrero
La evolución de las organizaciones obreras estuvo marcada por la lucha por el derecho de asociación y de huelga, así como por la reducción de la jornada de trabajo y la disminución de la fiscalidad indirecta. Su formación se produjo de forma tardía en comparación con el resto de Europa.
Las primeras protestas surgieron cuando grupos de trabajadores asaltaron las instalaciones de la fábrica barcelonesa de Bonaplata y destruyeron sus máquinas de vapor, episodio encuadrado en el movimiento ludita. Posteriormente, surgió la Sociedad de Tejedores, considerada la primera organización obrera conocida. Aunque el asociacionismo obrero fue ilegal, esto no impidió la llegada de las influencias del socialismo utópico.
En la fundación de la I Internacional (1864) no hubo presencia española oficial, si bien existían organizaciones clandestinas de obreros. Más adelante, la corriente marxista fue introducida por Paul Lafargue. La represión del internacionalismo, respaldada por la mayoría parlamentaria, debilitó el incipiente movimiento obrero y limitó su representación en el congreso de la federación regional.
Ideología Obrera y la AIT
Se produjo una notable renovación del pensamiento obrero a través de la elaboración de una nueva doctrina social y política: el socialismo científico. De forma paralela, el anarquismo se desarrolló como ideología político-social. A partir de la idea radical de libertad, Mijaíl Bakunin proponía la abolición de cualquier autoridad y la desaparición del Estado mediante la revolución de los campesinos.
Durante el histórico mitin de Saint Martin's Hall, se formuló la necesidad de coordinar la lucha proletaria más allá de las fronteras nacionales para hacer frente al capitalismo, dando lugar a la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o Primera Internacional. Con este fin, se crearon federaciones nacionales que agrupaban a organizaciones y sociedades de trabajadores de cada país. Como hito destacado de esta etapa, la Comuna de París proclamó medidas revolucionarias como la libertad de prensa, la enseñanza gratuita y la requisa de talleres y viviendas vacantes.
El Movimiento Obrero en la Restauración
Durante la Restauración se fraguó la separación definitiva del movimiento obrero español en las dos corrientes mayoritarias a escala mundial: el anarquismo y el socialismo. La actividad sindical recibió un nuevo impulso gracias al clima de tolerancia y legalidad propiciado por el gobierno de Sagasta, el cual autorizó nuevamente las organizaciones obreras.
El Movimiento Anarquista
La Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE) acometió su organización en Barcelona y celebró un multitudinario congreso en Sevilla que congregó a más de 57.000 trabajadores. Sin embargo, pronto tuvieron lugar los siniestros episodios atribuidos a La Mano Negra, una supuesta organización secreta anarquista instrumentalizada por los terratenientes andaluces para restar crédito a la corriente bakuninista, desencadenando una grave crisis interna.
El anarquismo se dividió entre un movimiento reivindicativo de carácter sindical —en sintonía con la evolución vivida en Francia— y sectores partidarios de la acción directa mediante atentados, como el perpetrado en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona. La respuesta gubernamental frente a estas acciones violentas consistió en la promulgación de severas leyes antiterroristas que contemplaban la pena de muerte.
El Movimiento Socialista
En este periodo se fundó el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el cual adoptó un programa de actuación inmediata orientado a la consecución de:
- Libertades políticas plenas.
- Prohibición del trabajo infantil para menores de nueve años.
- Creación de comisiones de vigilancia en minas y fábricas.
- Justicia gratuita.
- Servicio militar obligatorio y universal.
- Reforma de la legislación social.
Dichas reformas servían como paso previo para sus objetivos fundamentales: la toma del poder político por parte de la clase trabajadora, la abolición de la propiedad privada y el establecimiento de una sociedad sin clases. Asimismo, se fundó en Barcelona la Unión General de Trabajadores (UGT), sindicato que trasladó prontamente su sede a Madrid al no hallar un contexto propicio en Cataluña ante la hegemonía anarquista. Aunque en sus orígenes su crecimiento fue reducido, el socialismo consolidó su dimensión internacional con la creación de la Segunda Internacional.
Sindicalismo Cristiano
Impulsado por el sacerdote Antonio Vicent, el sindicalismo católico se enmarcó dentro de la nueva orientación social de la Iglesia. Influenciado por el cristianismo social alemán, Vicent desarrolló una intensa labor organizativa mediante la creación de los Círculos Católicos Obreros, proyecto que cristalizó a nivel estatal en un congreso con la representación de noventa y ocho círculos. Esta vertiente se afianzó a comienzos del siglo XX, alcanzando una presencia notable en las zonas agrícolas dominadas por la mediana propiedad.