Los Pazos de Ulloa Capítulo 27: La Desesperación de Nucha y el Plan de Huida
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Capítulo XXVII: La Confesión y el Plan de Fuga
El decaimiento de Nucha y la impotencia de Julián
A quien más afectó la derrota fue a Nucha, en quien aumentó el decaimiento físico y moral. Apenas salía de su cuarto, dedicándose exclusivamente al cuidado de su niña. El capellán Julián, preocupado por ella, habló con el marqués para que avisase al médico, pero este se negó, ya que el doctor Juncal había hecho campaña contra él. Poco después, Julián se encontró con el médico y, al hablar de la señorita Marcelina (Nucha), el doctor le comentó que lo que le ocurría podía ser grave. El capellán se turbó aún más al no poder ayudarla, pues ya ni siquiera se confesaba con él. De todas formas, la idea de ver desnuda la hermosa alma de Nucha turbaba y confundía al capellán.
Temía no saber guiarla a causa de su juventud, su inexperiencia y su poca sabiduría. También se consideraba falto de la virtud necesaria para ello, pues dudaba de la bondad de Dios al ver los sufrimientos de la mujer, no teniendo en cuenta que Él podía enviárselos a modo de prueba, para mayor gloria de la mujer en el otro mundo. Julián pensó que tenía que cambiar su actitud. Si Nucha le pedía ayuda, él debía enseñarla a abrazar amorosamente la cruz que tenía que soportar, pues a través de ella llegaría a la verdadera y única felicidad después de la muerte. Para ello, Julián contaba con la ayuda del grabado del libro Imitación de Cristo, el cual siempre tenía a mano. En él estaba dibujado el sendero hacia el Calvario y la subida de Jesús con la cruz a cuestas, mientras miraba, en la lejanía, cómo un fraile se echaba otra cruz a cuestas.
La confesión desesperada en la capilla
Un día, al dar la misa diaria en la capilla, el capellán vio a Nucha de pie, con el dedo índice puesto en los labios. Julián mandó a Perucho, quien le ayudaba en misa, que saliese. El niño así lo hizo, aunque a desgana.
Una vez a solas, Nucha pidió al capellán que la ayudase a marchar de los Pazos: quería regresar, junto con su hija, a casa de su padre. Temía que si alguien se enterase de ello, la encerrarían e incluso matarían a su hija. El sacerdote pensó que desvariaba, que había perdido sus facultades mentales. Julián, instándola a sentarse en un banco, le recomendaba paciencia y prudencia. Nucha le contestó que estaba harta de tener calma y que ya no aguantaba más. Había dejado que pasasen las elecciones pensando que, si su marido ganaba, se irían de aquella casa en la que tanto terror pasaba.
Los motivos de Nucha: Miedo y desengaño
Nucha le pidió que lo hiciese por su hija, pues temía morir, dada la fragilidad de su salud, y que la niña, al estorbar a Sabel y a Primitivo, fuese asesinada por estos. La mujer preguntó al capellán si, al igual que a él, no le parecía que su matrimonio tenía que salir mal, puesto que el marqués tenía pensado casarse con su hermana Rita en lugar de con ella, lo cual, a su pesar, provocó el enojo de la hermana mayor, que dejó de hablarla. Le dijo que ella no quería casarse y que fue su padre el que la convenció para ello. A ella le bastaba con cuidar de su hermano y de su padre y, en todo caso, de no haber recibido la proposición de su primo, haberse metido a monja carmelita, como su tía Dolores. El capellán exclamó:
—¡Ojalá!
El capellán dijo que sabía todo por lo que estaba pasando, especialmente desde el día en que vio aquellos moratones en sus muñecas. Nucha le dijo que su marido le había echado en cara su pobreza cuando su padre se negó a prestarle dinero para su candidatura como diputado, y también al enterarse de que su madrina iba a dejar su herencia a Rita en lugar de a ella. Aun así, confesó al capellán que lo que más le dolió fue que don Pedro (el marqués) dijese que por su culpa la casa de Moscoso quedaría sin sucesión. Ella pensó en su hija, la cual era la heredera legítima. Sollozando, dijo a Julián que a ella no le importaba sufrir todos los desprecios, incluso que la criada, Sabel, ocupase su lugar, pero que temía por su hija y que por eso le pedía que la acompañase en su huida. Le decía que no estaba loca, aunque sí nerviosa.
El plan de huida
Julián y Nucha, en la capilla, comenzaron a planear la fuga. Se irían al amanecer, caminando hasta Cebre, bien abrigadas madre e hija. Él portaría a la pequeña. Una vez en Cebre, irían en berlina hasta la ciudad.