Ética y Antropología: San Agustín y Tomás de Aquino

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La Antropología Agustiniana

La antropología agustiniana tiene raíces platónicas, aunque con matices distintivos. Al igual que Platón, San Agustín considera que el ser humano está compuesto por dos sustancias diferentes: una espiritual y otra material. Sin embargo, San Agustín enfatiza la espiritualidad humana, definiendo al hombre como “un animal racional que se sirve de un cuerpo mortal”. A diferencia de Platón, no minusvalora el cuerpo, al considerarlo una obra creada por Dios, dotada de majestad y dignidad.

Respecto a las capacidades cognoscitivas del alma, San Agustín distingue entre la razón inferior y la razón superior. La razón inferior se ocupa de la ciencia, mientras que la razón superior se enfoca en la sabiduría. Esta última conduce a la iluminación divina. En contraste con la doctrina platónica, San Agustín rechaza la teoría de la transmigración de las almas y su preexistencia antes de habitar un cuerpo, debido a las exigencias del cristianismo. Para resolver el problema de la transmisión del pecado original, propone el traducianismo, doctrina según la cual las almas de los hijos provienen de las de los padres.

Para San Agustín, la voluntad tiende a la felicidad, que identifica con Dios. El ser humano, libre de elegir entre el bien y el mal, a veces se engaña con bienes mutables en lugar de aspirar al único bien inmutable, alejándose así de la verdadera felicidad. Afirma que el mal no es algo real, sino la ausencia del bien. Al no ser algo positivo, no puede atribuirse a Dios ni a una causa o principio del mal. El mal es una carencia, carente de entidad.

La Ética de Tomás de Aquino

La filosofía moral de Tomás de Aquino sostiene que las acciones humanas están orientadas hacia un fin considerado bueno, y que estas acciones tienen su origen en la razón y la voluntad del hombre. Tomás de Aquino establece una jerarquía de fines, que culmina en el fin último y perfecto: la felicidad. Esta se alcanza cuando el hombre, ejercitando su intelecto, se eleva a la contemplación del ser eterno, sumo bien y verdad absoluta, es decir, a Dios.

Dotado de razón y voluntad, el hombre es un ser libre y responsable de sus actos, pudiendo dirigir sus acciones hacia la consecución de la virtud. La virtud se adquiere cuando el hombre desempeña la actividad racional que le es propia por naturaleza, expresándose tanto en las virtudes intelectuales como en las virtudes morales.

El concepto central de la ética tomista es el de ley natural, principio moral que juega el mismo papel en la razón práctica que los primeros principios de la demostración en la razón teórica. El primer precepto de la ley natural establece que <>. Las leyes positivas no pueden contradecir la ley natural. Esta ley enlaza directamente con la ley divina, es decir, los preceptos que Dios ha transmitido a los hombres mediante la Revelación. Además, coincide con las inclinaciones o impulsos naturales que Dios ha introducido en todos los seres creados, como el impulso a preservarse, a reproducirse y, en el caso del hombre, la inclinación natural a conocer la verdad y a vivir en sociedad.

La Sociedad según Tomás de Aquino

La facultad racional del hombre solo puede desarrollarse en sociedad, ya que, para Santo Tomás, el hombre es un ser social por naturaleza. Los preceptos de la ley natural son demasiado generales y deben ser concretados mediante la ley positiva, es decir, las leyes que rigen una sociedad concreta. Las leyes positivas son convencionales y deben ser una prolongación de la ley natural, respetándola. De lo contrario, serán injustas y existirá el derecho a desobedecerlas. La búsqueda de la justicia es el punto de unión entre la moral y el derecho. Para Santo Tomás, las mejores formas de gobierno son la Monarquía, la Aristocracia y la Democracia, siempre que respeten la ley natural al elaborar sus leyes positivas.