Ética Aristotélica: La Felicidad en la Virtud y el Conocimiento
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Ética Aristotélica
La ética como saber práctico
La ética es un saber práctico que investiga, desde un punto de vista filosófico, la bondad de las acciones humanas. La ética aristotélica es eudemonista y teleológica. Es teleológica porque Aristóteles considera que el bien es el fin último al que tiende un ser, que es alcanzar la perfección de su forma. Esto significa que hay una pluralidad de bienes en función del ser que se trate (el bien para una planta será nutrirse y crecer adecuadamente). En el caso del ser humano, el bien es la felicidad, por eso es ética eudemonista, y consiste, igual que para el resto de seres, en la plena realización de su forma.
La felicidad como realización de la forma humana
La forma de los seres vivos coincide con el alma y, en el ser humano, el alma tiene, además de la sensitiva y la vegetativa, una función racional que le es exclusiva. Por lo que, en lo más propio, la característica principal del ser humano es la razón. De manera que la perfección de su forma, y por tanto el bien y la felicidad, consiste en el ejercicio del conocimiento, en pensar, en saber.
La sabiduría como virtud suprema
La sabiduría es la virtud suprema que puede tener el ser humano. Consiste en la realización plena de su forma racional y es contemplación y pensamiento. Se trata de una virtud del entendimiento, intelectual o dianoética.
La prudencia como guía de la voluntad
Pero Aristóteles no olvida que el alma humana tiene también una función vegetativa y sensitiva, por lo que el hombre está sujeto a necesidades más básicas, deseos y apetitos que deben ser regulados y satisfechos de un modo también racional. Será otra virtud del entendimiento (dianoética), la prudencia, la que deberá guiar a la voluntad en las elecciones para que estas sean virtuosas. La prudencia es la reflexión que nos permite encontrar el término medio entre dos extremos.
Las virtudes éticas y el hábito
En ese término medio se encontrarán ya las diferentes virtudes éticas, virtudes no ya del entendimiento, sino de la voluntad, que regulan el comportamiento. Las virtudes éticas son hábitos voluntarios que se forman por la repetición de actos prudentes (ajustados a ese término medio), que terminan por convertirse en una disposición a obrar en el sentido de ese hábito, lográndose así perfeccionar el carácter. En resumen, aunque el entendimiento es punto de partida para la virtud, puesto que la virtud suprema es la sabiduría y también porque es la prudencia la que nos guía acerca de las acciones humanas, identificando el término medio, al conocimiento sigue la elección y el realizar y mantenerse en esa elección, por lo que es fundamental tener una voluntad fuerte y un carácter virtuoso.